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martes, 11 de agosto de 2015

HIJOS DEL AGOBIO

HIJOS DEL AGOBIO
          Un año ya, desde que la Fiesta Mayor de este pueblo echara el telón. Un largo año, aunque no sabemos si al final fue realmente tan largo. Llegó el otoño con su lánguida neblina de hojas que se engastan en el cobre del sol, las tardes acortadas de azules que se diluyen con rapidez entre rotundas nubes de plomo, y las noches inasequibles a descifrar su misterio. Lluvias cayeron pocas, ano ser las de noviembre y, antes de que nos diéramos cuenta, la Feria de Artesanía y los primeros compases de villancicos, la compra de turrones y la cena del día 24, cada vez menos nacimiento de Dios, recato y austeridad, y cada vez más dislate, despilfarro y vacuidad.
Llegó luego enero con su estremecimiento y su pesada capa de nostalgias, y más tarde el invierno se hizo patente con fríos intensos, no vistos desde hacía décadas, y con esa ausencia de luz que en el Genal se traduce en sombras y umbrías evocadoras, en arroyos recrecidos, y en el despojo de los castañares, indigentes y grises, como implorando al cielo un poco de verdor, ellos, que son siempre fresca opulencia de ramajes protectores, y ásperos nidos donde habitanlas dulces violas de su fruto. Primavera trajo consigo el retorno acristalado de un aire fresco y alegre, que acunaba en sus ráfagas suaves la llegada de las primeras yemas y brotes, de las asteráceas, genistas o brezales, de los prados apacibles, y de las liturgias del renacer del Cosmos que, en la religión Cristiana, tan hija de los mitos clásicos, significa la muerte y la resurrección del Dios redentor, generoso en vida y esperanza, artífice de los dones de la Madre Tierra quien, ahora abierta en su seno, nos muestra su generosa prestancia a ser de nuevo fecundada para generar los frutos que habrán de recoger más tarde las criaturas y los hombres.
La primavera fue muy seca, sin embargo. Tanto, que la tierra se agostó un mes antes de lo usual, menguaron los veneros, arroyos y ríos y, sin apenas tregua, el verano se presentó de golpe, airado, enfebrecido, exageradamente cálido, hasta el punto de batir todos los registros desde los últimos treinta años. Aun así, este cronista os dice que no hay que asustarse; olas de calor han sido incluso más largas y penosas que ésta, al menos tres en el pasado siglo, porque el tiempo, el clima, tiene memoria, y de vez en vez, recurre a sus extremos, dependiendo como depende de múltiples factores cósmicos, de fuerzas, elementos y factores atmosféricos que el hombre, afortunadamente, no puede dominar. Dicen que vamos a un calentamiento global…, puede ser, pero, en fin, estudios hay también en sentido contrario. Y aunque parece que la temperatura media del planeta se ha acrecentado en los últimos doscientos años, bien estará que aprendamos que oscilaciones similares han existido durante toda la historia de la humanidad, con frecuentes glaciaciones en el pasado remoto, que sepultaron en hielo a países hoy ricos de Europa y América del Norte, y calentamientos brutales que originaron desiertos, como el del Sáhara, que antes de esos días era una gigantesca pradera o sabana, plena de vida, e incluso, más cerca de nuestros días, una denominada Little ice age, una “Pequeña edad del hielo”, desde finales del siglo XVII hasta bien entrado el XVIII, que ha quedado plasmada en cuadros y grabados de la época, donde podemos ver a los niños jugando con trineos en los helados lechos del Támesis o del Rhin. Digo todo esto, amigos, para que no cunda la alarma, y que las aguas, nunca mejor dicho, volverán a su cauce, aunque es bien cierto que hemos de evitar coadyuvar a ese posible cambio climático, dejando de consumir de una vez por todas esos sucios y peligrosos combustibles fósiles, que han de ser sustituidos por las energías limpias que cada vez, con el permiso de los gobiernos y de los poderosos grupos de presión que los dominan, se hacen más necesarios, pero esa es otra cuestión.
Decía que ha pasado un año. Durante él nos han dejado algunos vecinos; no los nombraré pues están en el ánimo de todos, y su ausencia se hace bien patente entre nosotros, dejando tras su sombra un hálito, una imagen etérea y amable de su paso por la vida. El resto hemos sobrevivido de momento, a pesar de la que dicen crisis, que también afirman otros ya ha pasado, no sé, cada cual mirará su bolsillo y verá si le han sobrado algunos billetes para alegrarse la vida tras cubrir su necesidades básicas y las de sus allegados.Quiera Dios que las cosas se arreglen en España, que cesen esas tragedias anónimas de la pérdida de la vivienda, de la penuria en el frigorífico, de la miseria que amenaza a los más débiles, comenzando por esos niños que aún no han comenzado casi a vivir. De esto, en nuestro pueblo, apenas hay, pero lugares son donde la escasez ha sido una constante en estos terribles años.
       Hoy tenemos un nuevo gobierno municipal, aunque siga al timón el mismo partido, la Agrupación de Electores, y el mismo alcalde, Eugenio Márquez, con el Partido Socialista en la oposición, y mi amigo Domingo Almagro al frente. Es el turno de la normalidad democrática, sin aspavientos, ni rencores. En un pueblo pequeño, bueno será que remen ambos en la misma dirección, con tal de paliar o solucionar las graves carencias que la villa tiene. A ver si de una vez por todas se soluciona el problema del acceso al pueblo y un aparcamiento que ya se hace imprescindible si queremos seguir avanzando. Es, sencillamente, una cuestión de supervivencia.
Y en fin, vuelvo a la Fiesta Mayor de este año.En las noches del sábado y el domingo, tras los festejos diurnos, pudimos oír algunosla magnífica interpretación de la orquesta (deberíamos redimensionar la fiesta al tamaño de la localidad, como dice Antonio Viñas. No por más elementos y sonido se toca mejor o se está más cómodo en la Plaza, sino todo lo contrario. El volumen excesivo nos expulsa de la fiesta: la feria ha de ser para todos, y no sólo para los que gustan del ruido). Decía que, en un homenaje al desaparecido grupo Triana, la banda nos retrotrajo a muchos de nosotros a aquellos días de los finales setenta cuando, en el patio de la destartalada y entrañable “Carbonería” sevillana, este cronista vio tocar a un grupo de mozalbetes, quienes, tocados por la varita mágica de la siempre presente genialidad andaluza, dieron en fusionar sones de músicas aflamencadas, quejíos de soleares y animosas trazas de bulerías, con los instrumentos y aires del Rock, y quien sabe si del Blueso incluso del Soul: una amalgama felicísima que resonaba en teclados, bajos, cuerda eléctrica y percusión, atemperados por la poderosa y fresca voz de Jesús de la Rosa, alma del grupo y conductor de tanto gesto airado y tanto lamento y tanta amorosa confesión. Y en esas noches senos hicieron patentes los “Sentimientos de amor” que inventara aquel grupo, una composición que no era sino un desesperado grito, que se elevaba entre sones que parecían por momentos efluvios de noches plateadas a la sombra de alguna torre o algún palacio, porque “me llevó de ti una ilusión”, esa que iba navegando su nostalgia e imposibilidadcon el éter del agua del Guadalquivir, cálidaen lunas y en susurros de oro. Al fin, como una parábola de lo porvenir, siempre repetido y siempre acechante, “Hijos del agobio”, nos decían,  cuán frágil puede llegar a ser nuestro bienestar, nuestra felicidad. “Hijos del agobio y del dolor”, cantaban, pero también “quiero sentir algo que me huela a vida”,pues somos supervivientes, a fuerza de ilusión o de ser ilusos, a tanta emboscada con que la vida nos atenaza.
Sobrevivimos amigas yamigos, un año más, bajo las luces nocturnas de la Plaza, con los sones de esta magnífica orquesta que nos llevó en volandas a los más veteranos a tiempos y amores que ya no volverán, cuánta nostalgia, cuánto acompasado dolor por lo perdido,  y con los refrigerios y tapas y vinos, al pie de los orgullosos pendonescon que la brisa serrana juega y enreda, bajo los que nuestra Fiesta de Moros y Cristianos nos acoge cada agosto, para indicarnos que, a pesar de tanto agobio y desesperanza,y de tanto amor desperdiciado, seguimos disfrutando de nuestra vida, plena de limpia y honrada cal, del breve jardín de la maceta, de los riscos salvajes, de las inmensas lunas bermejas, y de arboledas sin fin.


De vuestro cronista, en Benalauría, a 7 de agosto de 2015. 

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