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jueves, 3 de diciembre de 2015

EL PEQUEÑO DESAHUCIADO (1964-2015)

EL PEQUEÑO DESAHUCIADO (1964-2015)

Llovía a mares. Cómo llovía en aquellas navidades. Un día, y el siguiente, y el otro, con apenas retazos de sol cuando escampaba, justo el momento para abandonar la protección del balcón del Ayuntamiento y seguir jugando al fútbol, o a algo parecido, en la Plaza, nuestro único patio posible. Eso sin contar con que Carrillo el municipal podía acudir y suspender el partido, o si pasaba la Maestra, niños, que os vais a cargar la farola (la farola era la única luz verdaderamente eficaz que había en la plaza, es decir, en todo el pueblo). Al poco, la tarde-noche cernía casi de golpe su penumbra y escenificaba una imagen bella e inolvidable: la delicada luminiscencia de las escasas bombillas de las esquinas penetraba en la niebla que envolvía las calles, las casas y los tejados de verdín, creando sugerentes espacios de acogedora soledad y abrumado silencio. El familiar olor al humo de las chimeneas disipaba en parte aquella sensación de frío, y los únicos sonidos posibles eran el de alguna inquietante ráfaga de viento, los chorros de la fuente, el golpeo del dominó y el tintineo de los vasos en el café.

En nuestra pobre Iglesia de cal y losas gastadas ya estaba el Belén montado, con sus corchos que imitaban ásperas montañas, surcadas de veredas, entre lentiscos y macetas de hierba, con pegujales de huerto y un río, a veces de papel plata de envoltorios de chocolate, otras con agua de verdad, según la pericia del montador. Y las casitas iluminadas que fabricó el Maestro, y los pastores y las ovejas sustentadas milagrosamente en aquellos barrancos de mentirijillas. También los Reyes, ah, los Reyes, majestuosos y elegantes, a caballo bajo aquel cielo de tela azul acribillada de resplandores de estrellas. Y la cueva donde estaba el Niño. Con el buey y la mula, y sus padres, desproporcionadamente bellos, en un pesebre, el lugar más humilde, pues aquella familia, forzosamente salida de su lugar de origen, no encontró acomodo, y la Madre, a punto de alumbrar, hubo de hacerlo entre pacas de alfalfa y heno, con el aliento de los nobles animales, el ánimo de José, la compañía de los rústicos y asombrados pastores,bajo el pálido reflejo de una luna aterida. Un desahucio para un recién nacido que habría de cambiar el destino de la humanidad.

Dicen que fue Francisco de Asís, el santo más santo de todos, quien ideó esa ingenuidad en la ermita de Greccio (Rieti, Italia), cuando en la misa de Nochebuena de 1223 colocó en un pesebre un niño Jesús esculpido por él mismo. El “poverello” (pobrecito), el amigo de los animales y las cosas, que pronunciara en su Cántico de las Criaturas aquello de “Laudato sie mi Signore, cum tucte le tue creature” (Alabado seas, Señor, con toda tu creación), donde incluye al hermano sol, la hermana luna y sus estrellas,y da las gracias por el agua humilde, preciosa y casta…por el hermano fuego…por la madre tierra …por los diversos frutos e hierbas…Es decir, Dios creador en medio de su obra, panteísmo puro, Dios-todo, universo-Dios, del que todos participamos de una manera cósmica y totalizadora. Desde San Francisco, el Belén se extendió por Italia (los de Nápoles, verdaderas obras de arte), y más tarde a Alemania, Bohemia, Eslovenia, Austria,Polonia, Hungría,Francia, España y Portugal, desde donde los frailes franciscanos lo llevan a toda la América Hispana.

Ahora se oyen voces sobre si sería menester retirar cualquier símbolo religioso de los lugares públicos. Bien puede aceptarse que ninguna creencia pueda supeditar el poder soberano del pueblo. Esto pertenece al pasado y en las sociedades democráticas es notoria la necesidad de que lo religioso pertenezca al ámbito privado. Sin embargo, esas sociedades, nuestras sociedades, son producto de una historia de la que emanan muchas de las ideologías que han propiciado las libertades que disfrutamos: la democracia es hija tanto de la tradición clásica greco-romana, como de los pensadores ilustrados racionalistas que idearon un gobierno del pueblo para el pueblo, lejos de las tiranías y fanatismos del pasado. Parte de esa tradición se debe también al Humanismo, es decir, a la idea de la supremacía del ser humano, y de la consagración de su dignidad y su libertad. Pero ese humanismo posee también una honda raíz que viene del cristianismo, y entiéndase bien, no de la Iglesia como institución, sino de la ética que emana de la Escritura: paz, amor, libertad, perdón, misericordia, ayuda al necesitado, igualdad entre los hombres…, es decir, lo que habría de predicar años más tarde ese Niño nacido entre estiércol y paja, palabras y hechos que le costaron la vida.                                                                                                                                                                            
Y hoy, en virtud de ciertas ideologías que desprecian esa memoria, parece que quieren acabar con la tradición del Belén. Primero lo relegan o trasladan, finalmente lo suprimirán. En el fondo, este mal entendido laicismo no es más que un reflejo del narcicismo y hedonismo de una sociedad opulenta y acomodada hasta el más inclemente de los egoísmos. Un mundo que sucumbe a las luminarias, al consumo desenfrenado, a las comilonas sin fin, al despilfarro en el vestir y en el actuar, tan lejanos al espíritu de esa navidad que propugnara el pobre de Asís. Ahítos de prosperidad, imponemos un estricto laicismo como si con ello fuesen a solucionarse los problemas que nos aquejan, pero apenas si miramos hacia los pobres y los parados sin futuro, hacia los jóvenes sin perspectivas, hacia los millares de refugiados, con sus hijos, que tiritan de frío, de hambre y desesperanza, y que mueren en las playas o en los bosques, esos nuevos pesebres que ahora se montan a lo largo delas fronteras de Europa. ¿Dónde están todos esos liberticidas de la memoria a la hora de cuidar a los viejitos como hacen las Hermanas de la Caridad en todas partes, los Médicos sin Fronteras en Siria, los misioneros en África, Cáritas en los comedores sociales, los voluntarios de Cruz Roja en el lugar de cada tragedia, los de Manos Unidas abriendo pozos en el desierto, los de Unicef salvando a los niños de la ignorancia, la enfermedad y la muerte? ¿Dónde están, que nunca los vemos fuera de su autosuficiencia y vana palabrería de moqueta recién pisada por zapatillas de marca y camiseta con mensaje?

Llueve sobre la plaza, aunque no tanto como hace cincuenta años, y como lloverá tal vez dentro de otros cincuenta. Ahora no hay zagales bajo el balcón esperando que escampe, pues están en sus casas con la videoconsola y el DVD. Pero las nubes, ligeras y puras,elevan su ingravidez desde el fondo del valle, dejando su dádiva de fertilidad sobre las laderas y el castañar despojado. Brilla el chaparral con algún hálito de sol que se escapa por las rendijas azules del cielo, acuna un viento amable las acículas de los pinos, y en el lejano horizonte las altas sierras se tocan de nieve. Todo sigue casi igual en el pueblo, tanto, que en la iglesia se ha montado de nuevo el Belén junto al altar. Con sus corchos y sus barrancos, con sus caminos y su río, pastores, ovejitas, casas iluminadas y Reyes Magos. En la cueva, bajo la mirada de sus padres, el olor a estiércol de la mula y el baheo del buey, duerme el Niño pobre de aquellos días, que ahora busca acomodo ante el nuevo desahucio que le imponen en otros lugares. El mismo que padecen millares de seres humanos, atrapados por la desigualdad, la injusticia, la guerra, el hambre y el frío.


De vuestro cronista, José Antonio Castillo.

Feliz y austera Navidad para todos.

miércoles, 21 de octubre de 2015

QUE LA TIERRA TE SEA LIGERA
(Sit tibi terra levis)

     Así reza una repetida inscripción en numerosas lápidas de las tumbas desperdigadas por las necrópolis del Imperio. Los romanos, como ocurría con el resto de las civilizaciones de la antigüedad, cultivaban un acendrado respeto por los antepasados, a los que honraban con escritos epigráficos sobre las placas de mármol del enterramiento. Nosotros, como en tantos detalles de nuestra cultura, vida cotidiana, costumbres y lengua, los hemos heredado en esa dedicación, o más, si cabe: basta con acudir a un cementerio y observar las lápidas, donde aparecen el nombre del fallecido, sus fechas vitales, alguna efigie religiosa, incluso alguna frase dedicada al finado. Esta costumbre, insisto, nos viene de nuestros antepasados latinos, y como muestra muy cercana esta inscripción hallada en la necrópolis de Vega del Mar, de San Pedro de Alcántara y hoy en el Museo Arqueológico Nacional, con esta bellísima dedicatoria a una niña llamada Firmana, que se fue con tan sólo dos años:

FIRMANA
IN PAX ANIMA
DVLCIS VIXIT IN BONIS
ANNIS DVOBUSMENSES
OCTO RECOLLECTA EST IN
PACE SEPTIMV KALEN
DAS FEBRVARI DIES SA
TVRNI

(Firmana,
de carácter dulce,
vivió entre los justos
dos años y ocho meses,
fue recogida en paz
el día siete de las kalendas
de febrero, día sábado)


Cuando yo era un niño la Fiesta de Todos los Santos se celebraba, como hoy, justo antes del Día de los Difuntos. El cementerio era algo más pequeño, más humilde, y mucho peor equipado. Las lápidas eran igualmente más simples, incluso no las había en muchos nichos, tapados con ladrillo y una somera capa de mezcla pintada con cal. En el peor de los casos los muertos iban a tierra, con un simple crucifijo de madera:la muerte, que nos iguala a todos, no podía sin embargo evitar el exorno de los más potentados, que en este pueblo, todo hay que decirlo, eran escasos. Velas,apenas; flores, escasas, aunque cada familia, dentro de las penurias de la época, se esforzaba en colocar una lamparilla de aceite, y lo que se podía recolectar de las propias macetas o del campo en los comienzos del otoño.
       Los zagales solíamos ir por la noche al camino del castañar, para desde allí ver el cementerio tenue e inusualmente iluminado, con luces casi fantasmagóricas que destacaban de la entonces oscura silueta del pueblo. Aquella sugerente imagen ayudaba a que los más mayores comenzaran a contar inquietantes historias de apariciones, de seres extraños, de hechos que nos erizaban la piel bajo la temerosa oscuridad de la noche, acrecentada bajo los sombríos castaños, aún no despojados por el invierno. Entre aquellos escalofríos, el colofón era el anuncio de la llegada del temible “alicante”, una especie de “bicha voladora” que te podía matar de un picotazo: “si la víbora viera y el alicante oyera/ no habría hombre que al campo saliera”, nos explicaba alguno de aquellos mozos, que de vez en cuando nos advertía de un zumbido en el aire, es decir, un alicante que atacaba y que nos obligaba a echar cuerpo a tierra. Lo malo de todo aquello es que, además de tanto mal rato y pavor, llegabas a casa llenito de barro, cosa que nos procuraba más de un grito o pescozón.
     Se llenaba el cementerio de gente, igual que hoy, aunque sin vecinos de fuera, sólo los del lugar, reunidos piadosamente delante de sus respectivas tumbas, rezando el rosario o simplemente mostrando el más profundo de los respetos. Las noches aquellas, como las de hoy, podían ser lluviosas, siempre frescas tirando ya a frías, y el pueblo mostraba, tras el rito en el camposanto, un hálito de profunda tristeza y melancolía, tal vez muestra de una gran catarsis que había procurado la suma de todos los pesares, de todas las ausencias, de todas las lágrimas.
    Sin embargo, al levantarme por la mañana yo veía como el sol estaba ya en lo más alto de aquellos azules nítidos, brillantes y profundos que adornaban los cielos de nuestra infancia. Los alrededores del pueblo se significaban con las tímidas hierbas de los prados otoñales, en los pocos retazos hurtados al chaparral o al bosque de castaños, que comenzaba ya a urdiren sus yunques los bronces del incipiente noviembre. Esas mañanas, a veces tapizadas de nubes plúmbeas e ingrávidas que solían traer más de un chaparrón, nos hacían olvidar los terrores de la noche de magia oscura, muertos que no descansan y pavorosas historias narradas desde el fondo de los tiempos.Y recuerdo que el familiar olor a castañas asadas dominaba por doquier cuando el velo sombrío de la tarde se desplegaba sobre el valle. Por las chimeneas, con el humo de los primeros fuegos de encina u olivo, se decantaban los efluvios de la piel requemada del fruto, y en las casas, el sonido del crepitar y las repetidas vueltas al elemental perol con agujeros. Las manos ennegrecidas, quebrando el achicharrado pellejo, y al fin, como una dádiva de dulzores y aromas delicados, el limpio y pálido mondón, caliente aún, exquisito manjar que llevaba consigo todos los sabores, todos los sonidos, todos los olores y toda la misteriosa alquimia del viejo castañar.
 Así de sencillo y entrañable era en nuestra tierra el rito de los difuntos, y también en el resto de España, aunque con matices, claro. En la ciudad, los cementerios se convertían en súbitos jardines llenos de luminarias, donde el jarrón se adornaba con las flores más hermosas, y en los teatros los actores de moda interpretaban magistralmente el sempiterno drama de don Juan Tenorio y la monja doña Inés.
Puedo afirmar que hoy casi todo sigue siendo igual, o casi. Y digo casi porque de tierras anglosajonas nos llega, en mala hora, ese bodrio estúpido, esa moda horrenda, esa fiesta esnob a la que llaman Halloween, que de manera rápida y sorpresiva se ha colado en nuestra cultura, con brujas de opereta, disfraces ridículos y calabazas huecas (como las cabezas de algunos compatriotas). Mala cosa es que un país entierre sus tradiciones de una manera tan absurda, tan injustificada, cambiando la piadosa costumbre de honrar a nuestros antepasados por una suerte de carnaval hortera, sólo porque venga del país más poderoso de la tierra: es como si sustituyéramos la fiesta de los toros por el rodeo, nuestro exquisito fútbol por el beisbol, y nuestra variada y excelente cocina por la infame hamburguesa y el fastfood. En el imperio del mal gusto nunca hubo un caso de desculturización más dramático, impulsado incluso desde las instituciones, y hablo, desgraciadamente entre otras, de la escuela.
    Por eso, este cronista os pide que prosigáis con los viejos usos de estos días, que aunque haya que innovar y mirar las cosas según nos vayan dictando los tiempos, hay actitudes que no debieran cambiar. El cuerpo muere y se desintegra para volver a la arena (…Somos el río que inventaste, Heráclito, somos el tiempo…,escribió Borges)y el alma, que es de cristal invisible, tal vez vague por las altas alamedas azules y blancas de los cielos, o quizá se transmute en alguna criatura, como piensan otros, o tal vez sea sólo memoria. Da igual;ambos son nostalgia y recuerdo que nos deben llevar cada año a dedicar unos minutos ante quienes fueron parte de nuestra vida: honrándolos estamos asegurando los retazos de la propia existencia. Porque sin ese recuerdo, nuestro transcurrir se rompería en  desgarrados jirones de tiempo.
    Para eso están los cementerios, y por ese recuerdo perviven en pueblos y ciudades de todo el mundo, en cualquier época, en cualquier civilización, como nos retrató magistralmente el poeta Luis Cernuda.. En esos lugares

Donde habite el olvido,
en los vastos jardines sin aurora;
donde yo solo sea
memoria de una piedra sepultada entre ortigas
sobre la cual el viento escapa a sus insomnios.
Donde mi nombre deje
al cuerpo que designa en brazos de los siglos,
donde el deseo no exista.
En esa gran región donde el amor, ángel terrible,
no esconda como acero
en mi pecho su ala,
sonriendo lleno de gracia aérea mientras crece el tormento.
Allá donde termine ese afán que exige un dueño a imagen suya,
sometiendo a otra vida su vida,
sin más horizonte que otros ojos frente a frente.
Donde penas y dichas no sean más que nombres,
cielo y tierra nativos en torno de un recuerdo;
donde al fin quede libre sin saberlo yo mismo,
disuelto en niebla, ausencia,
ausencia leve como carne de niño.
Allá, allá lejos;
donde habite el olvido.



De vuestro cronista, José Antonio Castillo,

Benalauría,  a fines de Octubre de 2015

viernes, 21 de agosto de 2015

GUILLERMO, AMIGO (In memoriam)

GUILLERMO, AMIGO
(In memoriam)

Palacio, buen amigo,
¿está la primavera
vistiendo ya las ramas de los chopos
del río y los caminos? En la estepa
del alto Duero, Primavera tarda,
¡pero es tan bella y dulce cuando llega!...

(Antonio Machado. A José Mª Palacio)

Guillermo, amigo ¿están ya los castaños
ahítos en verdor, y están los huertos
en la sazón estiva de sus frutos?
¿Viene el aire del día con sus densos
herrajes de chicharras, y las noches
pálidas con sus astros y luceros?
¿Florecen las hortensias en tu patio,
no se han regado aún los vericuetos
del alcorque que pueblan los rosales,
colmado el arriate, y el pequeño
pinsapo las ojivas reverdece
con su elevado afán hacia lo eterno?
¿Quedó saciada ya la sed cuadrada
de tu alberca, y el chorro lastimero
almacena caudales del arroyo
por regar los dorados limoneros,
las lunas del naranjo, los manzanos,
las gráciles ciruelas y cerezos?
¿Acaso está el bancal triste y marchito,
la casa en cal honrada con el hueco
terrible de tu falta y de tu ausencia,
esta vez para siempre y sin remedio?
¿Suena aún el arroyo en sus someras
aguas bajo la adelfa y bajo el tiemblo
verdiplata de sauces y choperas,
y la copiosa sombra de los fresnos?
¿Te has bañado en el claro contrapunto
de aguas puras y brisas y reflejos
del Charco de la Fuente?, ¿abre el aliso
los tenues tornasoles de sus vuelos?
¿No has visitado hoy la fértil tierra
De Monarda, o subido al alto sexmo
Del Estercal, que cubre la bermeja
tierra con sus chaparros soñolientos?
¿Sigue enhiesta la cumbre del Poyato,
y trepa a los azules el tremendo
Tajo que delimita el caos de sierras
Del Genal y sus verdes opulentos,
con el padre apacible Guadiaro
y las Sierras de Líbar y sus cerros?
¿Ves los breves jazmines de Salitre,
Del Opayar, Las Pilas y los Puertos?
¿No ves tendido al sol de las laderas
rojiblancas a Cortes, con sus predios
y parcos pegujales con olivos
de plata entre majanos y entre almendros?
¿Ha pasado ya el tren?, ¿suenan los silbos
y su galope en brillos y en hierro
por la Estación, dejando atrás las huertas
y los caces y azudes molineros?
¿No te asomas al alto acantilado
de Las Buitreras, vértigo y ensueño
de una sierpe que repta en los abismos,
sacra y oscura roca, como un templo?
¿Has traspasado acaso las alturas
de las recias Majadas y el Berrueco,
sumergiéndote en el mar de los quejigos
y del alcornocal pardo e inmenso?
¿No te has puesto al volante y has subido
hasta el viejo camino que el roquedo
de la cancha cobija hasta Atajate,
y hacia Jarastepar se eleva, y luego
baja hacia Ronda? Alta en su atalaya,
¿te acoge en su gentío mañanero
y en su trajín, que un puente colosal
salva en piedra tallada sobre el viento?
¿Has paseado las calles venerables
de los ricos palacios y conventos?
¿No has alzado la vista a los cipreses
y a las bizarras torres de los templos?
¿No has oído el bramido de los toros
sobre los nobles arcos y en el ruedo,
cuando baja la brisa de la encina
que vive encaramada en el roquedo,
y del aura violeta, añil y rosa,
tras la muerte y la sangre y el silencio?

***
Guillermo, amigo, pálidas montañas
son ahora tu hogar, y los veneros
y fuentes serán albos igualmente,
como el aire y las rocas , como el fuego.
Lo que dejaste aquí, aquí se queda
con el mismo color y el mismo aspecto.
Vendrá el otoño de oro y el estío
será pintado en verde por el céfiro,
por la lluvia tenaz, las densas nieblas,
el súbito relámpago y el trueno.
Tu alberca colmará en leve verdina
su fondo, y la hojarasca un lastimero
manto de podredumbre ha conformado;
fresca hierba un tapiz irá tejiendo
junto a la casa. El sol, dorados haces
filtrará entre los árboles someros,
y el arroyo que habita en la vaguada
sus aguas mostrará, breve y discreto.
Guillermo, amigo, el mundo quedará
como tú lo dejaste, y un jilguero
cantará en la mañana luminosa
que por levante viene, o por el cielo
dibujarán traviesas golondrinas
la sonrisa final de tu recuerdo.







De tu amigo, don Pablos. Benalauría, 17 de agosto de 2015.

martes, 11 de agosto de 2015

HIJOS DEL AGOBIO

HIJOS DEL AGOBIO
          Un año ya, desde que la Fiesta Mayor de este pueblo echara el telón. Un largo año, aunque no sabemos si al final fue realmente tan largo. Llegó el otoño con su lánguida neblina de hojas que se engastan en el cobre del sol, las tardes acortadas de azules que se diluyen con rapidez entre rotundas nubes de plomo, y las noches inasequibles a descifrar su misterio. Lluvias cayeron pocas, ano ser las de noviembre y, antes de que nos diéramos cuenta, la Feria de Artesanía y los primeros compases de villancicos, la compra de turrones y la cena del día 24, cada vez menos nacimiento de Dios, recato y austeridad, y cada vez más dislate, despilfarro y vacuidad.
Llegó luego enero con su estremecimiento y su pesada capa de nostalgias, y más tarde el invierno se hizo patente con fríos intensos, no vistos desde hacía décadas, y con esa ausencia de luz que en el Genal se traduce en sombras y umbrías evocadoras, en arroyos recrecidos, y en el despojo de los castañares, indigentes y grises, como implorando al cielo un poco de verdor, ellos, que son siempre fresca opulencia de ramajes protectores, y ásperos nidos donde habitanlas dulces violas de su fruto. Primavera trajo consigo el retorno acristalado de un aire fresco y alegre, que acunaba en sus ráfagas suaves la llegada de las primeras yemas y brotes, de las asteráceas, genistas o brezales, de los prados apacibles, y de las liturgias del renacer del Cosmos que, en la religión Cristiana, tan hija de los mitos clásicos, significa la muerte y la resurrección del Dios redentor, generoso en vida y esperanza, artífice de los dones de la Madre Tierra quien, ahora abierta en su seno, nos muestra su generosa prestancia a ser de nuevo fecundada para generar los frutos que habrán de recoger más tarde las criaturas y los hombres.
La primavera fue muy seca, sin embargo. Tanto, que la tierra se agostó un mes antes de lo usual, menguaron los veneros, arroyos y ríos y, sin apenas tregua, el verano se presentó de golpe, airado, enfebrecido, exageradamente cálido, hasta el punto de batir todos los registros desde los últimos treinta años. Aun así, este cronista os dice que no hay que asustarse; olas de calor han sido incluso más largas y penosas que ésta, al menos tres en el pasado siglo, porque el tiempo, el clima, tiene memoria, y de vez en vez, recurre a sus extremos, dependiendo como depende de múltiples factores cósmicos, de fuerzas, elementos y factores atmosféricos que el hombre, afortunadamente, no puede dominar. Dicen que vamos a un calentamiento global…, puede ser, pero, en fin, estudios hay también en sentido contrario. Y aunque parece que la temperatura media del planeta se ha acrecentado en los últimos doscientos años, bien estará que aprendamos que oscilaciones similares han existido durante toda la historia de la humanidad, con frecuentes glaciaciones en el pasado remoto, que sepultaron en hielo a países hoy ricos de Europa y América del Norte, y calentamientos brutales que originaron desiertos, como el del Sáhara, que antes de esos días era una gigantesca pradera o sabana, plena de vida, e incluso, más cerca de nuestros días, una denominada Little ice age, una “Pequeña edad del hielo”, desde finales del siglo XVII hasta bien entrado el XVIII, que ha quedado plasmada en cuadros y grabados de la época, donde podemos ver a los niños jugando con trineos en los helados lechos del Támesis o del Rhin. Digo todo esto, amigos, para que no cunda la alarma, y que las aguas, nunca mejor dicho, volverán a su cauce, aunque es bien cierto que hemos de evitar coadyuvar a ese posible cambio climático, dejando de consumir de una vez por todas esos sucios y peligrosos combustibles fósiles, que han de ser sustituidos por las energías limpias que cada vez, con el permiso de los gobiernos y de los poderosos grupos de presión que los dominan, se hacen más necesarios, pero esa es otra cuestión.
Decía que ha pasado un año. Durante él nos han dejado algunos vecinos; no los nombraré pues están en el ánimo de todos, y su ausencia se hace bien patente entre nosotros, dejando tras su sombra un hálito, una imagen etérea y amable de su paso por la vida. El resto hemos sobrevivido de momento, a pesar de la que dicen crisis, que también afirman otros ya ha pasado, no sé, cada cual mirará su bolsillo y verá si le han sobrado algunos billetes para alegrarse la vida tras cubrir su necesidades básicas y las de sus allegados.Quiera Dios que las cosas se arreglen en España, que cesen esas tragedias anónimas de la pérdida de la vivienda, de la penuria en el frigorífico, de la miseria que amenaza a los más débiles, comenzando por esos niños que aún no han comenzado casi a vivir. De esto, en nuestro pueblo, apenas hay, pero lugares son donde la escasez ha sido una constante en estos terribles años.
       Hoy tenemos un nuevo gobierno municipal, aunque siga al timón el mismo partido, la Agrupación de Electores, y el mismo alcalde, Eugenio Márquez, con el Partido Socialista en la oposición, y mi amigo Domingo Almagro al frente. Es el turno de la normalidad democrática, sin aspavientos, ni rencores. En un pueblo pequeño, bueno será que remen ambos en la misma dirección, con tal de paliar o solucionar las graves carencias que la villa tiene. A ver si de una vez por todas se soluciona el problema del acceso al pueblo y un aparcamiento que ya se hace imprescindible si queremos seguir avanzando. Es, sencillamente, una cuestión de supervivencia.
Y en fin, vuelvo a la Fiesta Mayor de este año.En las noches del sábado y el domingo, tras los festejos diurnos, pudimos oír algunosla magnífica interpretación de la orquesta (deberíamos redimensionar la fiesta al tamaño de la localidad, como dice Antonio Viñas. No por más elementos y sonido se toca mejor o se está más cómodo en la Plaza, sino todo lo contrario. El volumen excesivo nos expulsa de la fiesta: la feria ha de ser para todos, y no sólo para los que gustan del ruido). Decía que, en un homenaje al desaparecido grupo Triana, la banda nos retrotrajo a muchos de nosotros a aquellos días de los finales setenta cuando, en el patio de la destartalada y entrañable “Carbonería” sevillana, este cronista vio tocar a un grupo de mozalbetes, quienes, tocados por la varita mágica de la siempre presente genialidad andaluza, dieron en fusionar sones de músicas aflamencadas, quejíos de soleares y animosas trazas de bulerías, con los instrumentos y aires del Rock, y quien sabe si del Blueso incluso del Soul: una amalgama felicísima que resonaba en teclados, bajos, cuerda eléctrica y percusión, atemperados por la poderosa y fresca voz de Jesús de la Rosa, alma del grupo y conductor de tanto gesto airado y tanto lamento y tanta amorosa confesión. Y en esas noches senos hicieron patentes los “Sentimientos de amor” que inventara aquel grupo, una composición que no era sino un desesperado grito, que se elevaba entre sones que parecían por momentos efluvios de noches plateadas a la sombra de alguna torre o algún palacio, porque “me llevó de ti una ilusión”, esa que iba navegando su nostalgia e imposibilidadcon el éter del agua del Guadalquivir, cálidaen lunas y en susurros de oro. Al fin, como una parábola de lo porvenir, siempre repetido y siempre acechante, “Hijos del agobio”, nos decían,  cuán frágil puede llegar a ser nuestro bienestar, nuestra felicidad. “Hijos del agobio y del dolor”, cantaban, pero también “quiero sentir algo que me huela a vida”,pues somos supervivientes, a fuerza de ilusión o de ser ilusos, a tanta emboscada con que la vida nos atenaza.
Sobrevivimos amigas yamigos, un año más, bajo las luces nocturnas de la Plaza, con los sones de esta magnífica orquesta que nos llevó en volandas a los más veteranos a tiempos y amores que ya no volverán, cuánta nostalgia, cuánto acompasado dolor por lo perdido,  y con los refrigerios y tapas y vinos, al pie de los orgullosos pendonescon que la brisa serrana juega y enreda, bajo los que nuestra Fiesta de Moros y Cristianos nos acoge cada agosto, para indicarnos que, a pesar de tanto agobio y desesperanza,y de tanto amor desperdiciado, seguimos disfrutando de nuestra vida, plena de limpia y honrada cal, del breve jardín de la maceta, de los riscos salvajes, de las inmensas lunas bermejas, y de arboledas sin fin.


De vuestro cronista, en Benalauría, a 7 de agosto de 2015. 

lunes, 18 de mayo de 2015

LA GRAN FIESTA DE LA DEMOCRACIA

LA GRAN FIESTA DE LA DEMOCRACIA

Democracia: en griego, gobierno del pueblo. Cinco siglos antes de Cristo, en la  ciudad-estado de Atenas, Clístenes y Pericles fueron artífices,sucesivamente, de una gran revolución que habría de dignificar, aún más si cabe, todo lo que el genio griego había aportado a la humanidad. Si la Filosofía, las bellas artes, las letras y las ciencias habían recibido desde Grecia el mayor impulso de toda la Historia, he aquí que, a partir del acendrado humanismo con que la cultura griega se impregnaba, el género humano alcanzaba las más altas cotas de dignidad y grandeza, desde el momento en que, en pública asamblea, podía votar y decidir en gran medida sobre el destino de su patria. Roma, la primitiva Roma republicana, consigue alargar en el tiempo todos estos logros, gobernándose a partir de un Senado, y con el poder dual de los cónsules, elegidos cada año, como poder ejecutivo. Claro está que en estos sistemas de la Antigüedad nuestra actual democracia no encontraría parangón, ya que las garantías de hoy nada tienen que ver con los despóticos poderes de aquellos días, pero piénsese que, en los tiempos de las tiranías asiáticas, de la barbarie del centro y norte de Europa, del atraso secular de África y del desconocimiento de América, donde los indígenas nunca crearon formas similares de gobierno, el intento de griegos y romanos de dignificar el poder y la administración de sus gentes constituye un logro impresionante, que se plasmará finalmente en el desarrollo del Derecho y la eficaz gobernación de un Imperio, en el caso de Roma, que durará casi mil años, y cuyo legadoes hoy parte de todo el mundo occidental, y aún del oriental.

Tras los siglos de plomo de la Edad Media, y de la lenta resurrección de aquella vieja herencia clásica durante el Renacimiento y las centurias sucesivas, es a partir del siglo XVIII cuando resurge la idea de que los hombres han de ser considerados libres e iguales ante la ley, con derechos individuales inalienables, y con capacidad para, mediante su voto, decidir sobre su propio destino. Estas ideas, propiciadas por los llamados filósofos ilustrados (Locke, Montesquieu, Voltaire, D’Allembert, B. Franklin, Rousseau…), se abrirán paso a partir de la Revolución Norteamericana, que trajo consigo la independencia de las Trece Colonias británicas, y un nuevo estado con una forma de gobierno que no contemplaba el poder monárquico, sino un sistema bicameral, un presidente elegido cada cuatro años, y un Tribunal de Justicia independiente; se consagraba así el viejo anhelo de los ilustrados, de que el poder fuese fragmentado en tres ámbitos independientes: el Legislativo, relativo a las cámaras de los representantes del pueblo, el Ejecutivo, es decir el gobierno efectivo de la nación, que emana de aquellas votaciones, y el Judicial, en manos de los jueces y de un Tribunal Supremo. La Revolución Francesa de 1789 trasladará a Europa estos logros, y tras no pocas resistencias por parte de los monarcas absolutos y de las clases más privilegiadas, revoluciones sucesivas consagrarán definitivamente el sistema democrático en Europa, Norteamérica, incluso en algunos países de Hispanoamérica y Asia.
Esta democracia de corte occidental y con raíz hondamente burguesa evolucionará hacia formas más populares, hasta alcanzar las cotas de libertad y garantías de lasque hoy disfrutamos. Muy largo ha sido el camino. Numerosos los intentos de acabar con este sistema, y, a partir de las sucesivas crisis sociales y las cíclicas del capitalismo, poderosos intereses económicos e ideologías de corte autoritario y xenófobo se coaligan para crear el fascismo, y su secuela plasmada el horror del nazismo, y, desde el otro extremo, esa otra barbarie del comunismo totalitario. En estos regímenes, el hombre pasa a ser una mera pieza de una maquinaria que se centra en el Estado, una maquinaria que no permite el individualismo, la libertad, el pensamiento propio, y que elimina drásticamente cualquier disidencia en campos de exterminio o infames prisiones. Por fortuna, ambos movimientos casi han desaparecido de la faz de la tierra, y la democracia, aún con sus enormes limitaciones y defectos, se abre paso inexorablemente en todos los ámbitos, a pesar de las nuevas amenazas de los populismos que pretenden revivir aquellos horrores, y de los nacionalismose integrismos terroristas. Un dato puede resumir las infinitas ventajas de vivir bajo un régimen democrático: de los países más prósperos del mundo, y con mayor calidad de vida, no hay uno solo, salvo excepciones coyunturales, que no viva bajo el manto protector de la democracia.

Ahora se acercan las elecciones municipales. Algunos dicen que es la forma de participación más directa, pues se elige a una persona generalmente muy próxima a los intereses de cada cual. Y así es, efectivamente; nada hay tan directo como ejercitar el voto con vistas a elegir a esa persona que va a velar en los próximos cuatro años por la seguridad, la limpieza, la salud, la educación y la cultura, la distribución y el comercio, la ayuda urgente, la diversión y el ocio, en suma, por el bienestar de los ciudadanos. Es esta la ocasión propicia para que nuestros anhelos e intereses queden reflejados en ese equipo que habrá de tomar las riendas del pueblo o la ciudad, por eso, como cronista de Benalauría, os impelo a votar, y a que, en conciencia y con la lógica aspiración de los propios intereses y de los del bien común, escojáis aquella opción que más acerque a vuestra forma de sentir, de hacer y conseguir, respetando, a partir del día siguiente de la propia votación, el dictamen de las urnas. En eso consiste la democracia. En eso consiste nuestro bienestar. En eso consiste nuestro futuro.


De vuestro Cronista Oficial, 7 de mayo, de 2015.

domingo, 1 de marzo de 2015

CHRONICA DEL SERRANO BURLÓN

CHRONICA DEL SERRANO BURLÓN
Érase una vez un hombre altivo y bien encarado, criado en la villa de Jubrique ,cuyos lugareños poseen un habla cantarina que algunas veces recuerda al de Canarias, y cuyo topónimo curiosamente rima con “alambique”, lo que no es ninguna casualidad, dada la afición por el aguardiente de la mayoría de sus hijos.  Desde aquel seno familiar, vino en darse cobijo nuestro hombre al pueblo de Casarabonela, blanco y rico en huertos y vergeles al pie de la Sierra de Caparaín. Allí terminara su crianza, a cargo de su afamado tío Antonio Carmona, que le enseñó a cuidar cuerpo y heredades, en lo que adquirió notorio aprovechamiento, a no ser porque un día de fiestas de guardaréste lo hallara en la puerta de la iglesia, con los zapatos rajados y el traje manchado aposta, pidiendo limosna para comprar tabaco a los hombres de bien y caritativas damas que del templo salían. De la sonora bofetada que su tío le propinara sacó Guillermo, que tal es el nombre de nuestro héroe, la clara conclusión de que nunca había que hacer bellaquerías en sitios conocidos, y sí aprovechar la condición de anonimato para perpetrar negocios que le sirvieran de provecho.
Pasó de la escuela al Instituto de Málaga, donde enseñaran entre otros el implacable catedrático Rodejas, y el no menos estricto y un tanto excesivo don Santiago Pogonowsky, de estirpe polaco-teutona, de quien Guillermo ponderaba su perfecto y afectado castellano, con aquella frase celebérrima del colofón de un fornicio en casa de mala nota “…basta, basta, la naturaleza ha obrado”. Y de allí a Magisterio, y de la Escuela Normal a ejercer de maestro en pueblos varios.
Hízose  hombre al fin, y llegara a Benalauría, donde conoció a su mujer, Ana, hija de Encarna y Mariano, con la que al poco se casó y vivió hasta los días en que esto se escribe. Le nacieron cuatro hijos, el mayor Guillermito, una especie de músico que es capaz de tocar cualquier clase de instrumento que en el mundo hubiera, pertinaz tuno hasta que el cuerpo aguante, casado con otra Encarna, boticaria de oficio, y padre de dos hijos, todos ellos avencindados en la vega granadina. Le sigue Encarnita, de nuevo el recurrente nombre familiar, moza garrida y de grande belleza, que desposara con José, profesor y madrileño castizo de Atocha, socio importantísimo del “Equipo de Dios, oyes…”, madre de Óscar y Almudena; luego Ana Belén, amante de gatos y criaturas, empresaria de cosas verdes del campo, compañera de Jaime, cortesano del Guadiaro transformado en AbúYaqub al Kurtisí por mor de una Fiesta de Moros, que él engalana con su voz y su arte inigualable, y por fin, Mariano, cocinero de alta escuela que regenta “La Molienda”, casado con Gema y padre de un hijo, Ruicillo puro, según dicen. Lástima que al padre, tan buen cocinero, hombres perversos lo encaminaran a ese equipo del nordeste, de nombre impronunciable por respeto a los oyentes, no sé qué de “Farsa”.
Pero volvamos a nuestro hombre. Si alguien requiere a persona que nunca tenga otra cosa que buen humor, búsquese bien y hallará a este ejemplar de la naturaleza, magnífico escanciador y mejor bebedor, en el buen uso de la palabra, gran degustador de tapas y manjares, tanto, que aun después de engullir cuantos yantares de mayor o menor acierto le ofreciesen en mesones, albergues y figones, no eximía a su paladar de un buen caldo de ave con limón, y una tortilla a la manera francesa que Ana siempre le dispusiera. En cuanto al vino, pues Fino si es menester, aunque prefiere de entre ellos el denominado Tío Pepe, que se dice en Ronda que ya es casi el único que lo solicita, pues al tinto se ha pasado casi todo el personal, y también él, a condición de que éste sea de buena crianza. Sólo un vino detesta, la fresca y dúctil Manzanilla, tan ligera según él, que en una ocasión dijo preferir beber agua antes que tan endeble vino.
Decíamos de su buen humor…pues recuérdense sus anecdotarios, chascarrillos, cuentos, recitaciones y demás artilugios de ingenio con los que ha deleitado y deleita a varias generaciones de parroquianos. ¿Cómo no recordar sus in números cuentos sobre gatos y gatas, a los que imita genialmente con gesto y facción? A ese respecto, atiéndase a lo que sigue:

“De lo que aconteció a una gata de angora
con un joven gato sin posibles,
al solicitarle éste sus servicios.”

SONETO

Como reina en su trono del tejado
una gata de angora, incontinente,
de suave pelambrera y sexo ardiente
ronronea en cortejo desbocado.

Acertó un gato joven y atigrado
a subir y le pide, diligente,
que es luna de verano y le es urgente
ser por ella en amores consolado.

Dijo el minino: no tengo trabajo,
escaso es mi peculio, parco, austero,
mas preciso calmar a mi badajo.

Hizo un mohín la gata, lastimero,
su pelambre agitó, y con desparpajo,
“fiau, fiau”, maulló, “fiau, sin dinero”.

Ode mujeres hartas de marido que se iban a tirar al tren, por desesperación, y terminaban tirándose al maquinista, los de San Apapurcio en el desierto, feliz recreación sicalíptica de aquellos eremitas de vida apartada, de los curas consoladores de viudas necesitadas, de los machos cabríos de los Bienes de Propios, que no montan a las cabras pues devienen en funcionarios, de los que acuden al padre a pedir no la mano sino el más preciado tesoro de su hija, del perdido en el desierto que hallara al genio de la lámpara y este le concediese como tercer deseo, en vez del instrumento insaciable con nombre de ave femenina de corral que le pidiera, una gallina que devoraba todo lo que se le ponía por delante…Cómo no recordar su intuición sobre el actual matrimonio gay, con su fino chiste de “mister John y mister Carter…”, oal desesperado peticionario que entrara en el bar de tapas rimando con vino, “de lo mismo me das a mí, y de tapa codorniz…”
Si fuera por las anécdotas…casi todas en Benalauría, con el gorrino al destete de Pepe Ricardo en referencia al afamado Mauricio y su gran y tremendacosa que llegó a superar el mostrador de Almagro, o cuando sostenían al Pirujo pisándole los pies de borracho que iba, y del tremendo costalazo de éste al soltarle la presión, o el aceite virgen que trajera Francisco el Mirlo para unas tostadas, tan virgen que si por poco fenecen allí mismo los comensales, pues no era tal sino aceite del velón de La Virgen, y menos mal que Luis, su compadre, ofreciera el ingenio de beber mucho vino para que, flotando, el aceite asesino saliese por la boca…o la famosa excursión a Jerez para ir por vino, y cómo las garrafas llegaron vacías al pueblo a causa de un cánula por la que escanciaban por riguroso turno el contenido, y las de Farruco, con los americanos a los que no cobró porque nunca volverían por allí, o cuando tras ingeniar una estratagema para que pagase un médico gorrón, el bueno de Farruco acabarapagando todo al fin, y en paz.Las de “Salvaorito”, uno de los tipos más ingeniosos que en pueblo nacieron, con los civiles acudiendo al prohibido juego de Las Chapas en La Ladera, y la contraseña que debía gritar si estos llegaban por sorpresa, “barreno, barreno…y ardiendo…”, o el día en que amarraron a su colchón a Carlos Barragán, que intentó defender heroicamente un jamón de bellota que colgaba, que el infelizreservaba para las Pascuas…En fin, en Benadalid, de donde hubo de salir a todo gas en moto al prender fuego a la traca en pleno baile…Sus veladas interminables en Algatocín, con Matías bailando como un zombi, o Talabarte y su dedo juguetón, con Palomo que, naturalmente, respondía a su llamada, “voy volandooo”, en Jubrique con Antonio Ríos, y con sus inolvidables hermanos Pepe y Antonio, o sus andanzas con Eugenio y Paco en Málaga. Gaucín, donde los parroquianos huían despavoridos al ver acercarse a los Ruíces, o en Ronda, donde tras recorrer los mesones, se iba al cine, sin importarle sala o programa, pues aquella era su siesta placentera. Sus paseos al Guadiaro, con ocasión de hacer un pozo en el cortijo, y a la Estación con su colono Domingo…Bares de Luisa y Manolo el Alcalde, éste tan feo que el propio Almagro rezumaba moral desde que conociera al susodicho, y más tarde con el Piquín y su figón, donde tras una sopa de ajo, su hermano Germán cayera redondo de espaldas con un síncope al escuchar uno de sus inefables chistes…Y en Cortes, con el gran Sevilla, que dicen las malas lenguas que cuando perdía el Madrid se encerraba a llorar sin desconsuelo, y con su amigo Cristóbal Núñez, un caballero en cuya tarjeta de visita se dibujaba una bandera de España y la leyenda: “español y de Cortes de la Frontera”, o con el no menos caballero Modesto, antifranquista hasta el tuétano, o con Diego el de Victoriano, y tantos y tantos amigos de aquella hermosa y hospitalaria población a pesar de la mala fama que le dicta la copla, paisaje y hospitalidad de los que guarda emocionado recuerdo este cronista.
Pues y los versos y las representaciones…mirad su rostro cuando recita, “Luego un can, luego nadie, nada, nada”, “el nabo no hay que dudar/ está muy bien colocado/ la que lo ha puesto es probado/ que lo sabe manejar…”, “Sacristán que vendes cera/ y no tienes colmenar/ raspavelas, raspavelas/ raspavelas del altar…” Y sus canciones, “Ana, asómate a la reja…”, “Ay va, ay va, ay Babilonio qué mareo…”, “En casa de un carbonero…”, “Maximiliano…”, y su infalible “Tres horas llevo aquí/ y he venido aquí con el aparato…”. Y por fin, después de cientos de chistes, canciones, chascarrillos y anécdotas, surgía un cohete, siendo éste colofón de tanto ingenio, siseando sobre la mano abierta, golpeando las piernas, aplaudiendo bien fuere de uno, dos y hasta tres traquidos, y explosionando pum, pum, pum, cosa que él aderezaba con el doble sentido de un satisfactorio fornicio, o bien de lágrimas, que eran un ¡¡ahhhh!! de gozosa concordia entre los asistentes.
Guillermo, que era algo afortunado en bienes, nunca soslayó junteras con cualquiera, aunque fuese de humilde condición, que tuviese ganas de un rato de charla, risa fácil y pocos deseos de discusión o disgusto, asuntos de los que siempre huía. Díganlo Pepe Ricardo o sus compadres Farruco y Luis, que eran pobres de solemnidad, y a quienes apadrinó hijos e hijas. Pero también era capaz de divertirse con los más pudientes, como Pepe Martín, a quien acompañó en múltiples desventuras y negocios, casi todos fallidos, a bordo de aquel destartalado LandRover, siempre averiado hasta que llegaba Juan Aguilar, quien, tras misteriosas manipulaciones, con un martillo en ristre golpeaba el cárter y decía, “arranca, Guillermo”, y el viejísimo coche ronroneaba milagrosamente dispuesto a seguir caminando. Correrías con Paco Viñas y su hermano Miguel, de tan grato recuerdo a todos. Y ya más en nuestros días, acertó a juntarse con unos jovenzuelos desenfadados que, guitarra en ristre, iban en peregrinación por ferias y saraos, los “Palmeros de Benalauría”. Con ellos,interminables tardes en la Venta de San Juan, con Manolo y sus dos hermosas hijas, los dos Castillos, Domingo Javier y Antonio el Civil, y Pepe Loras y el Niño de Paca. Salidascon su yerno el castizo, en busca del pescaíto y la luz salada de la mar malagueña, y también con Tomás, que ríe con él a cambio de hacerle la declaración de renta, algo truculenta como es natural, y con Francisquín, al que nunca convenció de que el pinsapar de los Reales quedaba a la derecha de la carretera, y finalmente con el añorado Juanito García, a quien profesó una honda amistad hasta su muerte.
Queridos amigos, querida familia. Aquí nos encontramos reunidos junto a este patriarca del buen humor. Brindemos por él, pero también por la alegría que siempre tuvo a bien transmitirnos. Nunca podremos agradecerle su impagable tributo a nuestra concordia y nuestra diversión, sana, amable y tantas veces  celebrada. Guillermo es irrepetible, por eso, los que hemos tenido la suerte de conocerlo le decimos: vive mucho tiempo, y sigue concediéndonos la dádiva de tu ingenio y buen humor.


    Como en la mejor tradición clásica, y abundando en sus virtudes, ofrezco este ovillejo al personaje:

¿Quién nunca triste y enfermo?
Guillermo.
¿Quién, de tapa, codorniz?
Ruíz.
¿Quién dicta al humor sus leyes?
Reyes.
Versos, cabras, gatas muelles,
viudas, frailes, bujarrones:
chascarrillos y canciones
de Guillermo Ruíz Reyes.
Amigo Guillermo, te rogamos encarecidamente que acabes esta perorata con un gran cohete, al menos de tres traquidos, que todos nosotros lanzaremos al cielo, con la segura confianza de que lo oirán los que han sido nombrados y ya no están, los que están y han sido aludidos, y otros que estando, y por olvido, no he acertado a nombrar.


De tu pariente y amigo, don Pablos.
Benalauría, a tres de enero de dos mil quince.






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De orden de la Autoridad Eclesiástica y el Santo Oficio, este escrito ha de ser recusado por contener graves insinuaciones a las buenas costumbres y la moral.
No se da permiso para imprimir, antes bien, se recomienda su destrucción en la hoguera,
y mandar a los corchetes a detener de inmediato
al autor de semejante libelo.
Fray Diego de la Buytrera, O.P.