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jueves, 13 de octubre de 2016

EL SARCOMA

EL SARCOMA

De vuestro cronista, José A. Castillo Rodríguez. Otoño de 2016.

   La inocencia es el atributo esencial de casi todos los que ejercen de niños. A veces, bajo ese rostro que no ha sido contaminado aún por el mal, se esconde una tragedia. Adrián lo sabe bien. Tiene su cuerpo herido gravemente por el asta de un toro que le corroe por dentro. A él, que hubiera querido exponerse ante ese noble animal que va de verdad, a muerte, intentando defender con la fiereza de su instinto su propia vida.
A ese niño inocente y enfermo, a ese chiquillo de ojos grandes y puros, algunos toreros le han ofrecido un homenaje, por recaudar fondos para esa infancia que sufre. Adrián padece en su cuerpo la sombra de un sarcoma contra el que lucha a diario. Algunos, desde la más absoluta de las maldades, le han deseado la muerte porque el chiquillo pretende ser torero cuando sea mayor. He aquí ese otro sarcoma de la intolerancia, del totalitarismo, del más miserable de los sentimientos que, en pro de defender a un animal, propone acabar con la vida de un pequeño inocente e ingenuo. En sus excrecencias y exabruptos que les permiten las redes sociales (a veces cloacas insociales) se señala nítido el mal que les corroe, éste sin posible alivio, pues la maldad no se cura. Tampoco la cobardía, y mucho menos la estupidez.
 En estos tiempos, otros sarcomas sacuden el solar de la vieja España. Socaban la piel de nuestro país, despreciando el espíritu de la reconciliación que los españoles nos dimos tras el fin de la dictadura, y retornando a los sectarismos que nos llevaron a la tragedia incivil. Ahora acusa formas de intolerancia hacia un pasado histórico que, como en cualquier otra nación, tendrá a buen seguro luces y sombras. España celebra el descubrimiento de América a la par que casi todos los países de aquel continente, incluidos los anglosajones, como homenaje a la gesta de Colón. Instituida ya la democracia, es desde entonces nuestra Fiesta Nacional, y eso parece repeler a algunos, que hablan incluso de recuerdo de un genocidio: aun respetando toda opinión, pienso que acusan desconocimiento de la Historia, y como la desconocen, yerran. Simplifican las atrocidades de toda colonización, conózcase a Fray Bartolomé de las Casas, el primero en denunciar las malas prácticas de los colonizadores, léase a Sánchez Ferlosio, fustigador tanto de los abusos como de los falsos indigenistas,pero, aun admitiéndolas, el Occidente grecolatino fijó allí bien sus raíces en las universidades, en las catedrales, en las Reducciones, en la explotación de recursos, en el comercio, enriqueciéndose ambos continentes con intercambios sin los que hoy nuestro mundo no sería posible. Porque para genocidio atroz, este apunte: Hernán Cortés conquistó el Imperio Azteca con un puñado de hombres y varias piezas de artillería, pero sobre todo con la ayuda de los indígenas que odiaban a ese imperio, que los sojuzgaba y los asesinaba en bárbaros rituales en las pirámides o Teocalli, para saciar a sus sanguinarios dioses. Esos indígenas sí que sabían de genocidios.
  No pretendo dictar una clase de historia ni convencer a nadie. Nunca  he sido amante de tauromaquias, pero me indigna tanta maldad hacia la inocencia de un niño enfermo. En cuanto al resto, el sarcoma de la intolerancia y el sectarismo va parejo al de la ignorancia más supina. Pobre España si alguno de éstos alcanzara a gobernar algún día.


lunes, 1 de agosto de 2016

LA PISCINA Y LAS CHICHARRAS

LA PISCINA Y LAS CHICHARRAS
(Crónica del verano. José A. Castillo. 2016)

Aquella mañana de finales de julio el sol había salido potente y cegador por las sierras de levante. Los altos riscos desdibujaban sus sombras entre neblinas y el valle entero se impregnaba de la luz abrumadora del estío, con las inmensas arboledas como mullidas alfombras verdiazuladas, las cumbres de Bermeja con algunos retazos de nubes posadas entre los pinares, y las del Poyato blancas, purísimas en sus destellos de piedra con el telón de fondo de un cielo azul, puro como el agua de una alberca.

 La noche anterior, la Plaza bullía en gentes, vinos y raciones. Había en el ambiente como un deseo de recuperar el tiempo perdido, de salir de casa en busca de la conversación que nos concede la paz del vino, que es costumbre vieja y amable. Los tres bares del pueblo se afanaban en servir, cada cual según su estilo, y ahora con la innovación que nos traen Joaquín y su esposa. Y es que han sido años muy duros en los que el noble pueblo español, ese que nunca grita ni sale a destrozar lo que es de todos, ha soportado estoicamente la carestía, los recortes presupuestarios, el paro, los desahucios, la desesperación de los hijos. ¿Estamos ya recuperándonos a tenor de esa alegría que se atisba en las calles? Este cronista sabe poco de macroeconomía, terrible palabra, pero se esperanza en esa cierta alegría que ve en las buenas gentes, en los honorables padres y madres que salen a tomar el aire de la noche con el suave pellizco de la cerveza frígida, en los jóvenes que ahora comienzan a ver una pequeña luz en el túnel, aunque esa luz sea tan sólo una pizca de lo que sería necesario. Eso si nuestros políticos no se empeñan en destruir, por su ceguera e incapacidad, lo que a todas luces suena a recuperación más o menos consolidada. ¡Qué decepción si fuésemos a unas terceras elecciones! ¡Qué horrendo fracaso de nuestra democracia y qué indignación entonces la de ese honrado pueblo de España, sufrido, paciente y sabio!


Al eso del medio día, mucha gente subió a la piscina. Las incansables cigarras, como los políticos antes citados, hurgaban el aire de oro del estío con su impertinente y continua cacharrería de sones, que convivían tozudamente con la brisa que se posaba entre las ramas de los chaparros, castaños y encinas. Esas chicharras, que son como el termómetro de la arboleda: silentes en invierno, charlatanas en el estío. Allí arriba, el viento amable barre cualquier atisbo de calor, mientras al frente se recrece en encinar bajos los poderosos riscos de la Dorsal. ¡Qué bellísima profundidad de campo! ¡Qué limpieza en los perfiles aguerridos de las altas calizas! ¡Qué gozosas tonalidades del mundo desperdigado por montes y hondonadas! En aquellas alturas, Salva y Begoña nos ofrecen la calidad de sus carnes y sus vinos, mientras parte del pueblo, que tal vez debería mirar más hacia lo suyo y no buscar fuera lo que en casa tiene de sobra, se refrescaba en las aguas azules donde los niños chapoteaban bajo el ahora tenue sol de la tarde y la sombra protectora de la montaña pura en encinas, vuelos y brisas. Cuando bajó por fin la gran mariposa de la tarde con sus élitros de sombra, todo quedó allí en calma, a la espera de la luna y su trémulo despliegue de estrellas.

miércoles, 1 de junio de 2016

ALONDRA EN EL CORPUS

ALONDRA EN EL CORPUS

     Alondra, la gata huérfana, suele pasear su figura de pequeña tigresa por las calles y plazas. Ahora que llega el buen tiempo su silueta aparece por doquier, como si fuese ubicua, meneando su cola y destellando al sol su pelambrera entre naranja y amarilla, mientras te mira si la llamas con sus ojos tristes y ya algo cansados.

      Refulge el pueblo en este mayo tardío con tantos pétalos como colores puedan imaginarse. Las calles y los rincones, aún pintados de verdín por las lluvias persistentes de la primavera, son jardines pequeños, ya lineales y ajustados a cada fachada, ya en caótico grupo, sin respetar gradación alguna, o tal vez pendiendo de los balcones, como cascadas multicolores: nada es casual, todo responde a una lógica natural y todo es la consecuencia de querer recrear un estricto edén en cada tiesto, cuya suma alcanzará a otro jardín mayor, y éstos al conjunto en que se ha convertido, por el amor inacabable de sus mujeres al campo, Benalauría.

   La procesión del Corpus avanzaba lenta por las calles. Nunca Dios pudo caminar con más orgullo por entre su obra: cada flor era un ofrenda, cada ramo un don, cada mirada hacia la inmensa montaña una señal de infinitud. Dios entre su obra, custodiado por sus fieles que, aun con sus imperfecciones y a pesar de todas sus contradicciones, se agrupan ese día, construyen altares que son como mínimos templos, ingenuos y efímeros, entre flores de nuevo, con alguna imagen rescatada de la cómoda o el aparador, manteles de fino bordado, colchas y mantones en las ventanas y, como mejor alfombra, ese pavimento de helechos, con su característico olor a húmeda abundancia traída directamente desde la umbría del castaño. Nunca podré olvidar ese olor a niñez, aquella que nos aconteció cuando, boquiabierto y sin comprenderlo del todo, se me decía que en aquella custodia dorada moraba el amor de Cristo, ahora fuera del sagrario, para estar al lado de los suyos, de los más pobres, de los más doloridos, de los que ya no tienen esperanza.

   Corría un vientecillo suave y algo fresco que paliaba cualquier atisbo de fatiga en los más ancianos, y el olor a incienso perfumaba el aire entretejido de cristales en brillos. Esplendía la limpia y honrada cal de las casas bajo el Olivo, ahora verde esmeralda, con un alto horizonte de azules purísimos, rotundos, totalizadores, por el que apenas navegaba sin rumbo algún retazo de nubes. Los cantos y salmodias nos llevaban a otras épocas y a otros rituales, tan viejos como el hombre: tal es la eterna necesidad de trascendencia en un mundo casi siempre cruel, injusto y despiadado, la búsqueda de lo espiritual como remedio a la infelicidad y al dolor, o la acción de gracias, a pesar de todo, por la dádiva de cada mañana en jilgueros y cada tarde de oro y de grana.

   Alondra estaba sentada junto a la puerta de Ana Mari, con sus ojos hermosos tristes y cansados, y miraba un tanto indiferente la comitiva que avanzaba entre el humo, el perfume, los cantos y las flores. Es posible que Dios, desde su pequeño y dorado habitáculo de cristal, además de bendecir cada espacio y de consolar a los que acudían a Él con el alma abierta en canal, contemplara siquiera un segundo a aquella gata, apacible y noble, vagabunda y solitaria, pero aún hermosa en su pose de animal elegante y selvático, y en su pelambre de tigresa amansada, que en ese momento me sugirió la impecable perfección y el estricto equilibrio de todas las criaturas del mundo.


Benalauría, Mayo de 2016. De vuestro cronista, José Antonio Castillo Rodríguez. 

lunes, 14 de marzo de 2016

PRIMAVERA EN EL GUADIARO

PRIMAVERA EN EL GUADIARO

       ¡Ya es primavera en el Valle del Guadiaro!, o en el “Campo” como decimos en Benalauría, tal vez porque en el Genal sólo se atisban precipicios y arboledas. Bajo desde el Puerto hacia La Cancha acompañado de un espléndido encinar sobre areniscas y calizas. El bosque mediterráneo luce aquí en toda su rotunda y sobria belleza: tras los abusos del pasado, en forma de carboneo y excesiva carga ganadera, la serie de la encina con peonías crece y prolifera entre el roquedo con una más que exuberante masa forestal de majoletos, aulagas y ardiviejas. Las venerables encinas que sobrevivieron a aquellos desmanes de antaño se alzan hoy impávidas, solemnes, fuertes, donando su sombra protectora al resto de la enramada, creando vida, mostrando expectativas de supervivencia, significando robustez y rocoso existir. Fluyen algunos arroyos de aguas limpias y arriba, tan cerca del cielo, blanquean sus siluetas los peñones del Poyato. El paisaje, en esta tarde entretejida de bruma y brisa apacible, se colma de luz en los invisibles cristales que pueblan el aire y en las flores, como copos, de los frutales. Canta algún pajarillo, liban las abejas sobre los cantuesos, y murmura el ramaje: tal es la ceremonia de la vida en la montaña, siempre renacida así que el sol comience a calentar la humildad de esta sierra, elemental y brava.

     Tras el encinar y los roquedos salvajes, el monte se toma un respiro en su vocación de abismo. Bajamos levemente por un escalón semiplano donde medran prados, sembradíos y pequeños cortijos que destellan sus blancores al sol de poniente. Allí el bello caserón de Panrique, modelo del cortijo serrano que hoy muestra su abandono sobre el pastizal: es todo un ejemplo de plenitud antigua, casi destruida hoy tras la crisis de la cultura de las vertientes. Vedlo ahora, aún erguido en su indigencia, solitario y triste, desprovisto de su vestimenta de cal, a merced de los vientos, las lluvias y las heladas.  Frente a él, el cortijo de la Fuensanta y el copioso manantial que surge del contacto de las calizas con las arcillas, entre chopos, zarzas y mastrantos, conformando un pequeño cauce que baja raudo hacia las honduras del valle.

     Mientras contemplaba la magnífica generosidad del nacimiento, Francisca Álvarez y sus hijas habían dispuesto un copioso refrigerio para mí y mis acompañantes: tazas de yerbaluisa, esa infusión que lleva consigo todos los aromas posibles del bosque, un bote de zurrapas, es decir mucho lomo y poca manteca, madalenas, queso y, oh milagro, una hogaza recién horneada que más que a pan parecía oler al conjunto de todas las dádivas del cielo y de la tierra. La vieja hospitalidad de las gentes del Campo se hacía patente entre risas inocentes y la charla amenísima de aquella sabia mujer que nos mostró todo el buen hacer, todo el trabajo rudo y honrado, y todo el trato exquisito que estos campesinos suelen otorgar desde siempre al caminante.

     Transcurre ahora la senda por entre los pastizales jalonados por la dispersión que constituyen cortijos y casas aisladas. El cortijo de sierra no luce como los opulentos de la campiña: es un edificio, dos a lo sumo, con patio emparrado a la entrada, “casa”, cuartos y “cámara”, además de un pajar, el “andén” o establo, y el horno y cocina. Esa estricta sencillez es el referente de una vida difícil y austera, aunque no menos honorable. La dispersión alcanza hacia el sur los pagos de Salitre y Puerto de las Eras, casas-jazmines por entre los verdores de pastos y  sembradíos, hasta más allá del Panderón, a cuyo pie se adivinan Las Buitreras,titánica herida en la entraña misma del mundo. Tierras de riego, las aguas de los manantiales se repartían, años alternos para  los pueblos, en turnos y tandas, y un Alcalde del Agua (Al Qaid Al-Maa) mediaba en el buen orden de los repartos. Eran los tiempos de los maiceros, cuando el forraje alimentaba a miles de cabezas de ganado. Incluso me apunta Pedro Sierra, mi amigo profesor e investigador de Benadalid: en un tiempo se sembraba arroz en Las Vegas, a tenor de un documento que prueba robos de este cereal a fines del siglo XIX.

     Tras estos espacios abiertos alcanzamos el poblado de Siete Pilas o Pilas de Calabrina, sobre una pequeña explanada, bajo el manantial y albercas que le dan nombre. Unas pocas casas se agrupan alrededor de la ermita-escuela, rodeadas por encinas centenarias y con un fondo donde las Sierras de Líbar ocupan casi todo el horizonte. Aquella mole calcárea se alza inmensa ante nuestra vista, dejando apenas lugar a un cielo cada vez más desdibujado por la delicada luz del crepúsculo. Los altos picachos, devastados y desnudos, dan paso a unas poderosas barranqueras que dibujan el desarrollo creciente de los encinares y carrascales, con entrantes sombríos y roquedales en escorzo, hasta que las laderas se suavizan para dejar paso al mosaico del olivar y el encinar, ya en la tierra de Cortes, que extiende como un pañuelo horizontal su alba silueta, una pincelada de cal bajo los pedregales, el encinar y los pardos matorrales que sobreviven sobre las capas rojas del Cretácico.

     Más abajo de Las Pilas, de nuevo el bosque de encinas, ahora acompañadas de los recios quejigos (Quercusfaginea, subps.broteroi) que impulsan ya los nuevos verdores sobre las yemas de las hojas marcescentes. Pespuntan sauces y chopos en las quebradas que bajan hacia el río y, entre la pertinaz arboleda, surgen de nuevo las casitas y cortijillos de labor, las cercas de piedra o alambres, los pegujales de huerto, algún mínimo olivar. Ya se intuye el paso del padre Guadiaro lamiendo las casas de La Estación, o Cañada Real, dicen que de un oculto tesoro tal vez cercano al columbario romano del Cortijo del Moro. La montaña se amansa por fin en Las Vegas, otro caserío que crece al albur de los nuevos manejos, ahora industriales, donde la alameda hace patente su vertical elegancia de chopos y fresnos, ángeles custodios del generoso fluir de las aguas que bajan contagiadas de sauces, adelfas y juncos.

     La primavera ha llegado de nuevo a nuestra tierra del Guadiaro. El paisaje revive en mañanas de soles inciertos, en mágicas lunas, en brisas de oro. Las gentes se aprestan al campo, y el tren, en paralelo al fluir eterno del río, pasa, silba y galopa por la hermosa y discreta estación que es tránsito hacia Ronda y las tierras del Estrecho.

Feliz Pascua de Resurrección a todos.

Benalauría, Marzo de 2016.

De vuestro cronista José A. Castillo.

jueves, 14 de enero de 2016

GENAL DELENDUS EST

GENAL DELENDUS EST 
(El Genal debe ser destruido)

         Catón de Útica (Siglo II AC) clamaba una y otra vez en el Senado romano pidiendo la aniquilación definitiva de la patria de Aníbal Barca con una frase recurrente que hizo historia:   “Carthago delenda est”. En ese mismo sentido, cada cierto tiempo, sobre todo si es época de pertinaz sequía, frase emblemática, la clase política y sus técnicos más allegados se empeñanen anunciar y proponer presas y trasvases desde lo que ellos llaman cuencas excedentarias a las deficitarias, concepto que vende muy bien y que cala en una opinión pública angustiada ante una posible falta de agua.
        Lo malo de todo esto es que se olvida algo evidente: el agua no es infinitay por tanto, una vez utilizados todos los recursos disponibles, es imposible aumentar caudal para una demanda en teoría siempre creciente. Tal es el caso de nuestra Costa del Sol, hipertrofiada a día de hoy, con la práctica totalidad de la línea de costa ocupada por una de las conurbaciones lineales más importantes del Mediterráneo, y con un modelo de turismo de masas más ladrillo a todas luces agotado.
       Y así, leemos hace poco sobre la necesidad de un trasvase del Alto Genal al sistema de abastecimiento de la Costa Occidental, como si los caudales de los ríos de Sierra Bermeja y Nieves (Guadalmansa, Guadalmina, Guadaiza y Verde), que aportan unos 150 Hm3/año, no estuviesen ya interconectados, tanto que en época de fuertes precipitaciones se hace preciso desaguar el embalse de La Concepción. Tras la puesta en funcionamiento de estas infraestructuras se ha demostrado que el abastecimiento a la población está asegurado, y en todo caso existe una desaladora en Marbella capaz de paliar los posibles déficits.
      ¿Para qué entonces este nuevo trasvase? ¿Para seguir creciendo de manera casi exponencial en un territorio al borde ya de la saturación? ¿No sería más idóneo aumentar la calidad de la oferta, mejorar los servicios e infraestructuras (¡para cuando el tren litoral!), y diversificar los usos en este espacio para generar un empleo de calidad que absorbiese al que fue expulsado tras el estallido de la burbuja inmobiliaria?
       Por el contrario, el Valle del Genal es el territorio humanizado con más calidad ambiental de la provincia, y uno de los espacios más singulares, si hablamos de conservación de paisajes y biodiversidad, de todo el Mediterráneo. Su variedad litológica (un verdadero catálogo de rocas, desde las intrusivas a las metamórficas de los Mantos y sus orlas de contacto, incluyendo las formaciones carbonatadas, mármoles y dolomías, brechas, conglomerados y areniscas) es solar de numerosos ecosistemas climácicos, como las series del alcornocal, encinar y el quejigal, el pinar serpentinícola,criptoseries como la del robledal, así como los bosques de ribera con saucedas, alisedas, choperas, fresnedas y olmedas,y, por fin, la joya exclusiva del pinsapar sobre las serpentinas del macizo ultramáfico de Sierra Bermeja, ya de por sí una montaña digna de la máxima protección, por la rareza y singularidad del sustrato, y nichode numerosos y valiosos endemismos.
       Aunque faltan estudios para tener un conocimiento más amplio de la  avifauna existen algunos grupos taxonómicos bien estudiados, caso de los vertebrados y algunos órdenes de insectos. Al ser uno de los cursos fluviales en mejor estado de conservación de todo el sur, es explicable la variedad de peces ligada a los cursos de agua, como indicador de la calidad ecológica del río. Además, el buen estado de conservación de los biotopos hace del valle un lugar ideal para las aves, que en la época de las migraciones tienen aquí un lugar excelente  para el descanso y la alimentación. Dentro de los mamíferos, otro indicador de alta calidad ambiental es la nutria, el mejor paradigma faunístico del valor ecológico de un valle de enorme fragilidad y sujeto a permanentes  amenazas. Otros carnívoros característicos serían el meloncillo, el tejón, la jineta, la garduña etc., y dentro de los ungulados, el corzo, la cabra montés y el jabalí.
       A toda esta riqueza deberemos unir los aspectos humanos, por cuanto la ocupación del valle no trajo consigo su alteración sistemática, sino una sabia adaptación al medio. Los quince núcleos urbanos, de sugerentes y eufónicos nombres, herencia sin duda de la colonización beréber, se instalan a media ladera, y allí los campesinos establecieron policultivos arbóreos en mosaicos o bancales a solana, con irrigación por alberca, o en secano en los nortes, donde el árbol rey es el castaño, una exitosa formación plagio climácica (más de 4000 Há), mientras las zonas más abruptas, boscosas o frías se dedicaron a la silvicultura y la ganadería. Así, lejos de empobrecer o destruir los ecosistemas, lo que se forjó desde el siglo VIII de nuestra era no fue sino un paisaje enriquecido y más biodiverso que el que se encontraron los primeros colonizadores, y un acertado manejo del bosque, los montes y el agua.
         Ese paisaje ha pervivido hasta nuestros días, a pesar de la reciente y dramática crisis demográfica que ha supuesto la pérdida de más de dos tercios de la población, y por ende, el envejecimiento progresivo y su corolario de abandono y destrucción de la vieja cultura campesina de las vertientes. Pues bien; a este territorio casi dejado a su suerte, empobrecido y con escaso futuro, se quiere ahora privar de su más preciado bien, es decir, del agua, generadora y eje vital de los ecosistemas y los modelos de aprovechamiento, o sea, de los paisajes, hoy tan apetecidos, que estos hombres han sabido conservar hasta nuestros días: trasvasamos su agua al tiempo que alienamos su porvenir y destruimos su futuro. Arrebatar el agua del Genal sería prostituir ese espacio singular, bellísimo, puro, a dos pasos de esa Costa en fase de ser un espacio insostenible. Una actuación brutal, injusta y despiadada contra aquellos indefensoshabitantes,y de imprevisibles consecuencias ecológicas, en la línea irresponsable y estructuralista de los agresivos planes hidráulicos del pasado.
     No; el Genal no debe ser destruido. Basta de anuncios y proyectos que no sean los dirigidos a articular y conservar el valle más preciado y precioso de nuestra provincia, intentando cortar la sangría migratoria para sostener, como aconsejan las políticas europeas, al hombre en la montaña. Abracemos, por el contrario, la Nueva Cultura del Agua, la que huye del despilfarro y las obras faraónicas y busca la racionalización y sostenibilidad de los recursos. Esa Nueva Cultura que no es sino un reflejo de la que practicaron aquellos campesinos, tan distinta de disparatadas actuaciones desarrollistas que ya no tienen cabida en nuestras sociedades.


José A. Castillo Rodríguez