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lunes, 14 de marzo de 2016

PRIMAVERA EN EL GUADIARO

PRIMAVERA EN EL GUADIARO

       ¡Ya es primavera en el Valle del Guadiaro!, o en el “Campo” como decimos en Benalauría, tal vez porque en el Genal sólo se atisban precipicios y arboledas. Bajo desde el Puerto hacia La Cancha acompañado de un espléndido encinar sobre areniscas y calizas. El bosque mediterráneo luce aquí en toda su rotunda y sobria belleza: tras los abusos del pasado, en forma de carboneo y excesiva carga ganadera, la serie de la encina con peonías crece y prolifera entre el roquedo con una más que exuberante masa forestal de majoletos, aulagas y ardiviejas. Las venerables encinas que sobrevivieron a aquellos desmanes de antaño se alzan hoy impávidas, solemnes, fuertes, donando su sombra protectora al resto de la enramada, creando vida, mostrando expectativas de supervivencia, significando robustez y rocoso existir. Fluyen algunos arroyos de aguas limpias y arriba, tan cerca del cielo, blanquean sus siluetas los peñones del Poyato. El paisaje, en esta tarde entretejida de bruma y brisa apacible, se colma de luz en los invisibles cristales que pueblan el aire y en las flores, como copos, de los frutales. Canta algún pajarillo, liban las abejas sobre los cantuesos, y murmura el ramaje: tal es la ceremonia de la vida en la montaña, siempre renacida así que el sol comience a calentar la humildad de esta sierra, elemental y brava.

     Tras el encinar y los roquedos salvajes, el monte se toma un respiro en su vocación de abismo. Bajamos levemente por un escalón semiplano donde medran prados, sembradíos y pequeños cortijos que destellan sus blancores al sol de poniente. Allí el bello caserón de Panrique, modelo del cortijo serrano que hoy muestra su abandono sobre el pastizal: es todo un ejemplo de plenitud antigua, casi destruida hoy tras la crisis de la cultura de las vertientes. Vedlo ahora, aún erguido en su indigencia, solitario y triste, desprovisto de su vestimenta de cal, a merced de los vientos, las lluvias y las heladas.  Frente a él, el cortijo de la Fuensanta y el copioso manantial que surge del contacto de las calizas con las arcillas, entre chopos, zarzas y mastrantos, conformando un pequeño cauce que baja raudo hacia las honduras del valle.

     Mientras contemplaba la magnífica generosidad del nacimiento, Francisca Álvarez y sus hijas habían dispuesto un copioso refrigerio para mí y mis acompañantes: tazas de yerbaluisa, esa infusión que lleva consigo todos los aromas posibles del bosque, un bote de zurrapas, es decir mucho lomo y poca manteca, madalenas, queso y, oh milagro, una hogaza recién horneada que más que a pan parecía oler al conjunto de todas las dádivas del cielo y de la tierra. La vieja hospitalidad de las gentes del Campo se hacía patente entre risas inocentes y la charla amenísima de aquella sabia mujer que nos mostró todo el buen hacer, todo el trabajo rudo y honrado, y todo el trato exquisito que estos campesinos suelen otorgar desde siempre al caminante.

     Transcurre ahora la senda por entre los pastizales jalonados por la dispersión que constituyen cortijos y casas aisladas. El cortijo de sierra no luce como los opulentos de la campiña: es un edificio, dos a lo sumo, con patio emparrado a la entrada, “casa”, cuartos y “cámara”, además de un pajar, el “andén” o establo, y el horno y cocina. Esa estricta sencillez es el referente de una vida difícil y austera, aunque no menos honorable. La dispersión alcanza hacia el sur los pagos de Salitre y Puerto de las Eras, casas-jazmines por entre los verdores de pastos y  sembradíos, hasta más allá del Panderón, a cuyo pie se adivinan Las Buitreras,titánica herida en la entraña misma del mundo. Tierras de riego, las aguas de los manantiales se repartían, años alternos para  los pueblos, en turnos y tandas, y un Alcalde del Agua (Al Qaid Al-Maa) mediaba en el buen orden de los repartos. Eran los tiempos de los maiceros, cuando el forraje alimentaba a miles de cabezas de ganado. Incluso me apunta Pedro Sierra, mi amigo profesor e investigador de Benadalid: en un tiempo se sembraba arroz en Las Vegas, a tenor de un documento que prueba robos de este cereal a fines del siglo XIX.

     Tras estos espacios abiertos alcanzamos el poblado de Siete Pilas o Pilas de Calabrina, sobre una pequeña explanada, bajo el manantial y albercas que le dan nombre. Unas pocas casas se agrupan alrededor de la ermita-escuela, rodeadas por encinas centenarias y con un fondo donde las Sierras de Líbar ocupan casi todo el horizonte. Aquella mole calcárea se alza inmensa ante nuestra vista, dejando apenas lugar a un cielo cada vez más desdibujado por la delicada luz del crepúsculo. Los altos picachos, devastados y desnudos, dan paso a unas poderosas barranqueras que dibujan el desarrollo creciente de los encinares y carrascales, con entrantes sombríos y roquedales en escorzo, hasta que las laderas se suavizan para dejar paso al mosaico del olivar y el encinar, ya en la tierra de Cortes, que extiende como un pañuelo horizontal su alba silueta, una pincelada de cal bajo los pedregales, el encinar y los pardos matorrales que sobreviven sobre las capas rojas del Cretácico.

     Más abajo de Las Pilas, de nuevo el bosque de encinas, ahora acompañadas de los recios quejigos (Quercusfaginea, subps.broteroi) que impulsan ya los nuevos verdores sobre las yemas de las hojas marcescentes. Pespuntan sauces y chopos en las quebradas que bajan hacia el río y, entre la pertinaz arboleda, surgen de nuevo las casitas y cortijillos de labor, las cercas de piedra o alambres, los pegujales de huerto, algún mínimo olivar. Ya se intuye el paso del padre Guadiaro lamiendo las casas de La Estación, o Cañada Real, dicen que de un oculto tesoro tal vez cercano al columbario romano del Cortijo del Moro. La montaña se amansa por fin en Las Vegas, otro caserío que crece al albur de los nuevos manejos, ahora industriales, donde la alameda hace patente su vertical elegancia de chopos y fresnos, ángeles custodios del generoso fluir de las aguas que bajan contagiadas de sauces, adelfas y juncos.

     La primavera ha llegado de nuevo a nuestra tierra del Guadiaro. El paisaje revive en mañanas de soles inciertos, en mágicas lunas, en brisas de oro. Las gentes se aprestan al campo, y el tren, en paralelo al fluir eterno del río, pasa, silba y galopa por la hermosa y discreta estación que es tránsito hacia Ronda y las tierras del Estrecho.

Feliz Pascua de Resurrección a todos.

Benalauría, Marzo de 2016.

De vuestro cronista José A. Castillo.