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miércoles, 6 de agosto de 2014

PREGÓN DE LA FERIA 2014

PREGÓN DE LA FERIA. BENALAURÍA, AGOSTO DE 2014

Sr. Alcalde, Sres. Concejales, autoridades,
amigos, convecinos y paisanos:


Hace exactamente 18 años fui requerido casi con la misma urgencia que hoy por la entonces alcaldesa Begoña para que diera el pregón de la fiesta mayor de Benalauría. No había pregonero, igual que ahora, tal vez porque había sido un año aciago en muertes no esperadas, y, como ahora, hube de confeccionarlo a toda prisa, de modo que, dadas las tristes circunstancias, aquel pregón no constituyó sino una triple elegía dedicada a otros tantos seres muy queridos.
Ninguna muerte excede en dolor a otra, ninguna soporta más caudal de llanto que la precedente o la posterior, ni más dolorida ausencia, ni más triste memoria. La muerte nos hermana a todos, tal vez sea esa su única virtud. Muchos otros han desaparecido desde aquellos días, que a los que ya gozamos de cierta edad se nos escapan a puñados amigos, familiares y vecinos. Sin embargo, si hablo y rememoro aquellas tres es porque en su momento representaban el pasado, el presente y el futuro de nuestra fiesta:
- Francisco Viñas era el viejo capitán, emotivo y convincente, de una tropa de infantería mal equipada, indisciplinada y borrachina, enfrentada a aquellos moros envueltos en tizne y jaiques de estameña. Era el pasado.
-Juan García fue la conciencia del cambio y la renovación de la Fiesta de Moros y Cristianos, con su tozuda insistencia en crear una Asociación para salvaguardarla y mejorarla. Fue el presente.
-David Villanueva, que aún llevaba en su alma la flor de cerezos y azahares, significaba el futuro, como muy bien podemos constatar en los de su generación, hoy pilares básicos de nuestro festejo.
Pasado, presente y futuro. Y esta noche, de nuevo ante ustedes, me pregunto si no es hora de honrar igualmente a los que nos han dejado recientemente, algunos tan dolorosamente cercanos a quienes estamos en este escenario. No los nombraré, con su recuerdo basta.
Honrados los ausentes, vayamos pues al pregón que, en realidad, ya ha comenzado cuando estos esforzados dominicos que tengo aquí delante iniciaron esta tarde la procesión de su patrono. Ellos realizan cada año un silencioso canto, una hermosa oración bajo los arduos hábitos de la Orden de Predicadores, sin faltar ni una sola vez. Vedlos ahí, silenciosos y austeros, sin esperar otra recompensa que la que les proporciona el honor de llevar a su Señor. A ellos, queridos amigos, nuestro primer y más cálido aplauso.

Apuraos, dominicos,
acudid hasta la iglesia,
que Santo Domingo ocupa
sus andas, y está a la espera.
Enfundaros vuestros hábitos,
cíngulo, cogulla y suelas
de esparto o cuero en sandalias,
y el ánima bien dispuesta.
Fervorosos, en el coro,
implorad primas y tercias
en facistoles que vieron
estremecerse las piedras
con el canto gregoriano
de maitines a completas.
Y luego, cuando la luna,
entre amarilla y bermeja,
gata redonda y en celo
en la noche verdinegra,
se pose por los collados
y las cumbres pinariegas,
levantad a nuestro Santo,
llevadlo con manos recias
y los hombros bien curtidos
por las empinadas cuestas.
Llevadlo, mientras sonríe,
con su perro y su bandera
de plata, mientras bendice
cada casa y cada puerta,
cada rincón, cada patio,
por humilde que éstos sean.
Mirad cómo escucha atento
el pregón que se presenta,
y luego, tras la palabra,
llevadlo, que ya regresa
hasta el domingo en que entonen
las músicas su propuesta
y la pólvora se adueñe
del aire, el agua y la tierra,
cuando los moros ataquen
con saña brava y guerrera,
y los cristianos dispongan
sus tropas a la defensa.

Santo Domingo y su familiar iconografía de hábito viejo, gran tonsura, banderita plateada, y con su rosario y su perro. Ah, el perro, compañero inseparable y amigo fiel, ¿cómo queréis que desaparezcan los perros de nuestras calles si el Santo Patrón de la villa no se separa jamás del suyo? Eso sí, es milagroso, como no podía ser de otra forma tratándose de un santo, que ese animal no haya sido sorprendido nunca haciendo lo que no debe por algún rincón.
A ver si vamos tomando ejemplo, que el pueblo está que se sale de bonito: plazuelas, rejas, miradores, macetones, calles como con zapatos nuevos, callejones floridos, ¿habéis visto qué callejones?, incluido el del Sr. Alcalde, y las flores de cada vecina, a millares estallando en colores de todos los tonos, un vasto jardín callejero, con alcorques a retazos, átomos de campo, pizcos de primavera prendidos en rejerías, balcones y puertas: Benalauría viene a ser como un gran patio cordobés en forma de laberinto, o si se quiere, he aquí un gran patio cordobés en el laberinto verticaldeBenalauría, gracias al afán, mimo, cuidado y amor de nuestras mujeres, y cuyo ejemplo más conspicuo, por citar alguno, es ese decorado amoroso en flores que va desde la puerta deAna Mari, ¡qué selva de colores y perfumes nos has compuesto, Narcisa!,hasta la Plazoleta, donde Carmela,Maite, Elena,Isabelina, Anita e Isabel María hacen estallar sus fachadas en hortensias, rosas y bouganvillas. A todas ellas, y a todas las restantes mujeres anónimas que siembran, podan y riegan en sus tiestos de barro y corcho, nuestro aplauso y reconocimiento.
Si es que tenemos de todo… Salón de Actos, Guadalinfo, gimnasio, y hasta piscina, aunque usarla la usamos poco. ¡Quién lo iba a decir!, un pueblo de fundación musulmana, de la civilización que inventó la cultura del agua y los baños públicos que recogieran y perfeccionaran de Roma, reniega hoy del chapuzón, desprecia el frescor y se niega a participar de las bendiciones y la salubridad que proporciona el agua.
Y, últimamente, disponemos incluso de una torre al parecer de vigilancia. Digo yo que, dado el sitio que ocupa en lo más alto de la Copa Ventura, tal vez sirva en el futuro para avisarnos de algún ataque de nuestros apacibles vecinos de Benadalid, tanto,que hace cuatro siglos fueron atacados por los moriscos de este pueblo, destruidos sus archivos y quemada alguna casa, y aún no han respondido: de ahí la torre, no sea que les de por saldar aquella vieja deuda.

¡Cuánto hemos cambiado en tan escaso tiempo, y cuánto ha cambiado nuestro pueblo! Y sin embargo, tengo la sensación de que en estos casi veinte años transcurridos desde aquel pregón del 96, casi todo ha cambiado en apariencia, pero casi nada ha cambiado en realidad. Las madrugadas siguen oliendo al pan recién horneado de los hermanos Guerrero y de Juan Andrés. Las tardes de junio se enjugan con brisas de puro campo y cerezos, y del olor dulzón a tramas de castaño. Los colores del otoño siguen pintando su cuadro de fuego y oro viejo, y el verano conjuga la ceremonia y los aromas del tablar recién regado con el chorrillo amable de una alberca, mientras desde muy temprano se escucha la algarabía vana y tenaz de las chicharras percutiendo con su cacharrería de bronce sobre los chaparros. Prosiguen los aromas del cantueso y el almoradux, siguen amarilleando aulagas, escobones y genistas, vive como siempre el viento en los pinares anidados de trinos, transcurren los arroyos y también nuestros dos ríos, plenos de sombra verde, perfumados de húmedo mastranto, y guardados por los chopos centinelas,armados de mariposas de brisa en tornasol en lugar de hojas. Se repiten los roces del dominó sobre las mesas, y las ajadas cartas en las interminables tardes invernales, el agua de las canales sigue sonando igual,con la benefactora lluvia de las noches y de las tormentas que traen los Ábregos de poniente.
Naturalmente, decimos que antes llovía más, que no revientan los nacimientos, y que hacía más frío, y que ahora hace mucho, mucho calor, tal vez porque es verano, como el próximo invierno hará de nuevo más frío, porque es invierno, y aunque caigan más dos mil litros por metro cuadrado, alguno seguirá diciendo que antes llovía más. Seguiremos hablando del aparcamiento que nos harán la Diputación o la Junta, y del ensanche de la carretera y de la depuradora que nunca llegan, y del centro de salud, que ahora sí. Los perros, como se ha dicho, siguen por las calles, por no incomodar a Santo Domingo, y las bodas, que ya son superiores a las famosas de Caná, en la Plaza, como si fuera un día de feria: propongo al Ayuntamiento que haga coincidir las bodas con nuestra fiesta, que así se ahorraría un pastón. Van las mujeres al toque del rosario: un pequeño grupo de ancianas, que lo aprendieron de la inolvidable doña Carmen,se niegan a que el Señor permanezca solo todo el día, y van como pueden, sacando fuerzas de donde ya no hay, al toque de campanas; ah, las campanas, latido espiritual del alma de los pueblos. Si alguna vez enmudecieran, yo no querría ser testigo de ese inquietante silencio, y si alguna vez se cerrara nuestra iglesia, tampoco desearía ser cómplice de tal infamia.
Las cosas del campo siguen estando igual de mal que siempre, los frutos valiendo igual que siempre, es decir, casi nada, mientras otros se aprovechan, como siempre. Rufina prosigue con sus afanes de recolección de las arboledas y su sabiduría de encinas que no se preparan, y que se van a quemar, que “es menester ver”… Dominguito con su célebre, ¿“las ovejas?, vosotros no sabéis lo mal que están las ovejas”, los Chetes y su gente,descorchando, Pepe Ana Ventura con su saquillo al hombro viniendo de la Alberca a llevarle,asinquezo, a su hermano Antonio unas poquillas de cerezas. Pepe el de la Puerta de la Iglesia con su hablar pausado de almácigas, Antonio el juez y su hermano el Rubio en su vertical jardín del Huerto Pujerra,Domingo Álvarez, caminando sin parar como su abuelo Domingo Álvarez caminaba sin parar, Guillermo consus famosos chascarrillos y anécdotas contados ya a la quinta generación, Tomás transcurre con el río de sus risas, la Albarrácon su tertulia de sabios, Ricardo, Currito, Joaquín. Antonio Tintín a sus huertos, a los que ahora se agregan una caterva de chicos recién jubilados, como Aurelio, Blas, Juan Mena o Paco el Mellizo, que parece, por lo que dicen, van a reventar el mercado de tomates y pimientos. Se fue Antonio, el farma, ese hombre bueno y apacible, pero nos llega Enrique, como van y vienen médicos, curas o maestros.La fuentecilla manando, como la Alberca, los niños jugando con la pelota en la Plaza, como en tiempos de Carrillo, las obras de los “Socorríos”, inacabables, y los bares, ahora numerosísimos, con pizarras llenas de tapas exóticas, y la tienda de Ana Ventura, y las caballerías con su metálico andar por las calles, y llega el pescado con toda clase de pescados, y las hortalizas con toda clase de hortalizas, y los polvorones en navidad, y los santos en las calles por Semana Santa, con la amenaza de lluvia, como siempre, y las ferias y las romerías cercanas, y … ¡Cuántos cambios, pero qué poco hemos cambiado!

Y es que esta es,dijo el poeta Pablo Neruda,

La misma luna que hace blanquear los mismos árboles

Aunque luego añadiera

Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos.

Y, sin embargo, todos veíamos que algo comenzaba a cambiar en los días de aquella década de los noventa. Impulsado por los años de progreso que Europa nos trajo, este pueblo, como otros de la Montaña Mediterránea, vino a realizar una gigantesca reconversión de actitudes que lo sacó del ensueño y la inmovilidad: un nutrido grupo de jóvenes y otros ya no tanto, animados por las inversiones que llegaban de la Unión Europea, arriesgaron su hacienda y su salud por crear un nuevo foco de riqueza, en forma de empresas e iniciativas artesanales, agroindustriales y turísticas, que tuvieron la virtud ponernos en el mapa. Nada fue ya igual en Benalauría tras la creación de La Molienda, como en Benarrabá tras su hotel, como en Benadalid tras sus alojamientos rurales, como en Genalguacil tras sus artistas. La ciudad se acercó hasta este antes incógnito valle que, desde esos días, vio cómo los caminos, los ríos y los pueblos se llenaban de gentes ávidas de paisaje. Pero esa transformación fue sacudida de manera inmisericorde por una crisis injusta y despiadada que ha dado al traste con aquella esperanza. Todo pareció derrumbarse a nuestro alrededor cuando pensábamos que tal vez teníamos el derecho a vivir en la montaña, y no asistir, como en las décadas precedentes, al abandono de la tierra de los padres. Entonces, nos preguntaremos, ¿cómo sobrevivir en estos días?
Os contaré algo: los pueblos de este valle tienen ya a sus espaldas más de mil trescientos años de existencia. Por ellos han transcurrido guerras terribles, como las moriscas, la de la invasión napoleónica, o la horrenda guerra incivil del 36. Han sufrido despoblaciones, epidemias, sequías, hambrunas, miserias y desgracias de todo tipo y condición, y sin embargo han sobrevivido. Han sobrevivido incluso a la gran crisis de finales de los cincuenta y sesenta del pasado siglo, cuando más de dos tercios de la población tuvieron que emigrar, a partir del fin y ruina de la agricultura tradicional de ladera. Pues a pesar de la que fuera más grave crisis demográfica de toda la montaña mediterránea, han sobrevivido. Y lo han hecho porque, a pesar de tanto éxodo, de tanto abandono, han conservado su memoria.
La memoria de los pueblos ¿quién podría destruirla?
Quien os habla, que ama, estudia y recorre la montaña malagueña hasta la extenuación, os anuncia su admiración cuando contempla paisajes incólumes, bosques frondosos, limpios y honrados huertos, tierras productivas, bancales en sazón, pueblos blanquísimos, y todo eso a pesar de la incuria, de la ignorancia y la indiferencia del poder, de todos los poderes y gobiernos, hacia la montaña.
En una ocasión, asomado a un mirador en Sierra Bermeja, donde el mar de los pinos se mueve en oleadas verdes con la furia del Levante, me preguntó alguien:
“¿Y esos pueblecitos que se ven a lo lejos, ¿qué es lo que producen?” Y yo le contesté: “producen aguas, producen arboledas, producen paisaje, producen oxígeno, producen salud para la insostenible ciudad a la que usted pertenece”.
Y esa conservación, y esa tozudezen preservar, y ese afán por aferrarnos a lo nuestro, porque, insisto, no hemos perdido la memoria. Una memoria que va impresa indeleblemente a nuestro paisaje:

De octubre a septiembre el ciclo
transcurre; nacen y pasan
horas, días, meses, años,
que, interminables, señalan
nubes, nieblas, polvo, estrellas
y soles con que acompañan
al campo los esplendores
de la luz mediterránea.
Sobre este paisaje, el hombre
de la Sierra, su morada
construyó con gran trabajo
y con tozuda constancia.
Dispuso pueblos minúsculos
de cal humilde y honrada,
rojos tejados y piedra
con rejas en las ventanas.
Desbrozó los pegujales,
escalonó las terrazas,
en las orillas molinos
de pan o las almazaras
dispuso, y el aparejo
de las azudas y alfagras.
Transformó el monte en dehesa
(que es costumbre antigua y sabia)
para nutrir su ganado,
cerdo, cabra, oveja o vaca.
Respetó las arboledas
que encontró cuando llegara,
acrecentando con otras
su riqueza y abundancia.
Si hizo uso del monte
fue con esparto y con palma,
las colmenas, las caleras,
y con las podas sobradas
el arduo y negro carbón
para el hogar; las brazadas
de leña, las sabias hierbas
que alivian, curan y calman,
y por fin el alcornoque,
con su piel útil y parda.
Y así, en paz con las rocas,
con los vientos y las calmas,
con el cielo y el rocío,
con las lunas nacaradas,
con las calores, los fríos,
con las criaturas y el agua,
su paraíso en la tierra
construyó, y no ambicionaba
otra riqueza o afán
que vivir en consonancia
con su honorable trabajo
y lo que el campo le daba.

Esa es la memoria-paisaje de la que os estoy hablando, hija de los ciclos astrales y de las viejas costumbres que emanan del campo.
Rebelémonos pues, amigos, ante esta situación de abandono y desesperanza y reivindiquemos nuestro lugar en el mundo. Todo no puede estar sujeto a la productividad, a la rentabilidad fácil, sin sospechar que la verdadera riqueza estriba en la concordancia del hombre con su entorno, como muy bien nos enseñaron los antepasados.

Este domingo escucharemos decir al q’aidIbnXamais:

Y aunque el exilio me impongan
a causa de esta condena,
decid, Señor, a los Reyes,
que con memoria certera
siempre mis ojos verán
los puentes y las veredas,
los castañares sombríos
y las rosadas cenefas
que tejen en los arroyos
las flores de las adelfas;
y las oscuras encinas
y el agua de las albercas, etc…

Ibn Xamais no quiso perder su pasado, y se llevó al exilio las luces, las sombras y los afanes de sus padres. Amigos y amigas: Confianza en el futuro, ira contenida contra el abandono, convicciones y razón sobre nuestros valores, dignidad contra las limosnas, son las premisas para afrontar otros mil años de vida serena, de paz con la tierra y con las aguas, y de preservación de los paisajes, nuestra mayor, formidable y única riqueza. Esa ha sido nuestra herencia, y ese deberá ser nuestro legado.Y cuando al fin nos falten las fuerzas y debamos marchar al exilio definitivo, gritaremos al cielo con el citado Al Xamais:

Y en mis sienes plateadas
se quedarán los sudores
que dieron vida y colores
a estas sierras tan amadas:
la tierra de mis mayores.




José Antonio Castillo Rodríguez.