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miércoles, 21 de octubre de 2015

QUE LA TIERRA TE SEA LIGERA
(Sit tibi terra levis)

     Así reza una repetida inscripción en numerosas lápidas de las tumbas desperdigadas por las necrópolis del Imperio. Los romanos, como ocurría con el resto de las civilizaciones de la antigüedad, cultivaban un acendrado respeto por los antepasados, a los que honraban con escritos epigráficos sobre las placas de mármol del enterramiento. Nosotros, como en tantos detalles de nuestra cultura, vida cotidiana, costumbres y lengua, los hemos heredado en esa dedicación, o más, si cabe: basta con acudir a un cementerio y observar las lápidas, donde aparecen el nombre del fallecido, sus fechas vitales, alguna efigie religiosa, incluso alguna frase dedicada al finado. Esta costumbre, insisto, nos viene de nuestros antepasados latinos, y como muestra muy cercana esta inscripción hallada en la necrópolis de Vega del Mar, de San Pedro de Alcántara y hoy en el Museo Arqueológico Nacional, con esta bellísima dedicatoria a una niña llamada Firmana, que se fue con tan sólo dos años:

FIRMANA
IN PAX ANIMA
DVLCIS VIXIT IN BONIS
ANNIS DVOBUSMENSES
OCTO RECOLLECTA EST IN
PACE SEPTIMV KALEN
DAS FEBRVARI DIES SA
TVRNI

(Firmana,
de carácter dulce,
vivió entre los justos
dos años y ocho meses,
fue recogida en paz
el día siete de las kalendas
de febrero, día sábado)


Cuando yo era un niño la Fiesta de Todos los Santos se celebraba, como hoy, justo antes del Día de los Difuntos. El cementerio era algo más pequeño, más humilde, y mucho peor equipado. Las lápidas eran igualmente más simples, incluso no las había en muchos nichos, tapados con ladrillo y una somera capa de mezcla pintada con cal. En el peor de los casos los muertos iban a tierra, con un simple crucifijo de madera:la muerte, que nos iguala a todos, no podía sin embargo evitar el exorno de los más potentados, que en este pueblo, todo hay que decirlo, eran escasos. Velas,apenas; flores, escasas, aunque cada familia, dentro de las penurias de la época, se esforzaba en colocar una lamparilla de aceite, y lo que se podía recolectar de las propias macetas o del campo en los comienzos del otoño.
       Los zagales solíamos ir por la noche al camino del castañar, para desde allí ver el cementerio tenue e inusualmente iluminado, con luces casi fantasmagóricas que destacaban de la entonces oscura silueta del pueblo. Aquella sugerente imagen ayudaba a que los más mayores comenzaran a contar inquietantes historias de apariciones, de seres extraños, de hechos que nos erizaban la piel bajo la temerosa oscuridad de la noche, acrecentada bajo los sombríos castaños, aún no despojados por el invierno. Entre aquellos escalofríos, el colofón era el anuncio de la llegada del temible “alicante”, una especie de “bicha voladora” que te podía matar de un picotazo: “si la víbora viera y el alicante oyera/ no habría hombre que al campo saliera”, nos explicaba alguno de aquellos mozos, que de vez en cuando nos advertía de un zumbido en el aire, es decir, un alicante que atacaba y que nos obligaba a echar cuerpo a tierra. Lo malo de todo aquello es que, además de tanto mal rato y pavor, llegabas a casa llenito de barro, cosa que nos procuraba más de un grito o pescozón.
     Se llenaba el cementerio de gente, igual que hoy, aunque sin vecinos de fuera, sólo los del lugar, reunidos piadosamente delante de sus respectivas tumbas, rezando el rosario o simplemente mostrando el más profundo de los respetos. Las noches aquellas, como las de hoy, podían ser lluviosas, siempre frescas tirando ya a frías, y el pueblo mostraba, tras el rito en el camposanto, un hálito de profunda tristeza y melancolía, tal vez muestra de una gran catarsis que había procurado la suma de todos los pesares, de todas las ausencias, de todas las lágrimas.
    Sin embargo, al levantarme por la mañana yo veía como el sol estaba ya en lo más alto de aquellos azules nítidos, brillantes y profundos que adornaban los cielos de nuestra infancia. Los alrededores del pueblo se significaban con las tímidas hierbas de los prados otoñales, en los pocos retazos hurtados al chaparral o al bosque de castaños, que comenzaba ya a urdiren sus yunques los bronces del incipiente noviembre. Esas mañanas, a veces tapizadas de nubes plúmbeas e ingrávidas que solían traer más de un chaparrón, nos hacían olvidar los terrores de la noche de magia oscura, muertos que no descansan y pavorosas historias narradas desde el fondo de los tiempos.Y recuerdo que el familiar olor a castañas asadas dominaba por doquier cuando el velo sombrío de la tarde se desplegaba sobre el valle. Por las chimeneas, con el humo de los primeros fuegos de encina u olivo, se decantaban los efluvios de la piel requemada del fruto, y en las casas, el sonido del crepitar y las repetidas vueltas al elemental perol con agujeros. Las manos ennegrecidas, quebrando el achicharrado pellejo, y al fin, como una dádiva de dulzores y aromas delicados, el limpio y pálido mondón, caliente aún, exquisito manjar que llevaba consigo todos los sabores, todos los sonidos, todos los olores y toda la misteriosa alquimia del viejo castañar.
 Así de sencillo y entrañable era en nuestra tierra el rito de los difuntos, y también en el resto de España, aunque con matices, claro. En la ciudad, los cementerios se convertían en súbitos jardines llenos de luminarias, donde el jarrón se adornaba con las flores más hermosas, y en los teatros los actores de moda interpretaban magistralmente el sempiterno drama de don Juan Tenorio y la monja doña Inés.
Puedo afirmar que hoy casi todo sigue siendo igual, o casi. Y digo casi porque de tierras anglosajonas nos llega, en mala hora, ese bodrio estúpido, esa moda horrenda, esa fiesta esnob a la que llaman Halloween, que de manera rápida y sorpresiva se ha colado en nuestra cultura, con brujas de opereta, disfraces ridículos y calabazas huecas (como las cabezas de algunos compatriotas). Mala cosa es que un país entierre sus tradiciones de una manera tan absurda, tan injustificada, cambiando la piadosa costumbre de honrar a nuestros antepasados por una suerte de carnaval hortera, sólo porque venga del país más poderoso de la tierra: es como si sustituyéramos la fiesta de los toros por el rodeo, nuestro exquisito fútbol por el beisbol, y nuestra variada y excelente cocina por la infame hamburguesa y el fastfood. En el imperio del mal gusto nunca hubo un caso de desculturización más dramático, impulsado incluso desde las instituciones, y hablo, desgraciadamente entre otras, de la escuela.
    Por eso, este cronista os pide que prosigáis con los viejos usos de estos días, que aunque haya que innovar y mirar las cosas según nos vayan dictando los tiempos, hay actitudes que no debieran cambiar. El cuerpo muere y se desintegra para volver a la arena (…Somos el río que inventaste, Heráclito, somos el tiempo…,escribió Borges)y el alma, que es de cristal invisible, tal vez vague por las altas alamedas azules y blancas de los cielos, o quizá se transmute en alguna criatura, como piensan otros, o tal vez sea sólo memoria. Da igual;ambos son nostalgia y recuerdo que nos deben llevar cada año a dedicar unos minutos ante quienes fueron parte de nuestra vida: honrándolos estamos asegurando los retazos de la propia existencia. Porque sin ese recuerdo, nuestro transcurrir se rompería en  desgarrados jirones de tiempo.
    Para eso están los cementerios, y por ese recuerdo perviven en pueblos y ciudades de todo el mundo, en cualquier época, en cualquier civilización, como nos retrató magistralmente el poeta Luis Cernuda.. En esos lugares

Donde habite el olvido,
en los vastos jardines sin aurora;
donde yo solo sea
memoria de una piedra sepultada entre ortigas
sobre la cual el viento escapa a sus insomnios.
Donde mi nombre deje
al cuerpo que designa en brazos de los siglos,
donde el deseo no exista.
En esa gran región donde el amor, ángel terrible,
no esconda como acero
en mi pecho su ala,
sonriendo lleno de gracia aérea mientras crece el tormento.
Allá donde termine ese afán que exige un dueño a imagen suya,
sometiendo a otra vida su vida,
sin más horizonte que otros ojos frente a frente.
Donde penas y dichas no sean más que nombres,
cielo y tierra nativos en torno de un recuerdo;
donde al fin quede libre sin saberlo yo mismo,
disuelto en niebla, ausencia,
ausencia leve como carne de niño.
Allá, allá lejos;
donde habite el olvido.



De vuestro cronista, José Antonio Castillo,

Benalauría,  a fines de Octubre de 2015