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miércoles, 4 de septiembre de 2013

CRÓNICA DE LA FERIA DE AGOSTO 2013

CHRÓNICA DE LA FIESTA DE AGOSTO (Este cronista cede gustoso y hospitalario al pícaro don Pablos, que nos visitó este año, la descripción de los festejos acaecidos en la villa, por ello hallarán ustedes palabras y expresiones salidas desde cuatro siglos atrás)
Acontece por la montaña media del Genal que en los primeros días del mes de agosto las gentes de Benalauría se echan a la calle para celebrar a su patrono Santo Domingo de Guzmán. En los festejos del presente año de dos mil y trece, primera jornada, destacaron sobremanera las actividades de los niños en el lugar de “Era Cabezas”, donde se ha dispuesto una especie de patio para juegos de pelota, y al lado una como gran charca para baños y abluciones, donde es moda agora ponerse a tostarse al sol, untándose el cuerpo de afeytes las mujeres por no quemarse. Por la noche, los cantos y zambras de extraña factura y condición que unos moços efectuaron en la Plaza del pueblo, dizque con guitarras e vihuelas y laúdes de rara forma, con sonido commo de las canales cuando la lluvia cae, y con unos atambores y cajas que facían un estrépito mayor que los que la morisma tiene a bien hacer sonar cuando se ponen en camino de guerra y combate. El caso es que los moços y las moças disfrutan de esta suerte de músicas, que un antepasado mío acertó a llamar “chichiritúmbica”, intentando con el nombre expresar el ruido que desta se describe. La noche fue, a mi parescer, un éxito de asistencia,con todo tipo de baile e contorsiones que los dichos zagales facencon sus cuerpos, que más parecen equilibristas de circo que creaturas de buen estar. Son los sonidos rotundos e ásperos, aunque extrañamente armónicos, que dicen algunos que los han visto en el África,y que son parescidos a los que los hombres de color efectúan en aquellas selvas e desiertos cuando van a caçar a las fieras. En el segundo día se dijo la Santa Misa a Santo Domingo, y luego se procesionó la imagen por unos frailes dominicos que, con grande recogimiento y no menos fuerza, portaron a su titular hasta la Plaza, donde el Regidor de la villa, a la sazón don Eugenio Márquez, dio por bienvenidas las fiestas, y dixo que a todos conviene la alegría aunque los tiempos no sean buenos por falta de trabaxo, y explicó que el Ayuntamiento y cabildo facen grandes esfuerços por acudir en ayuda de todos, e que las fiestas, si bien cuestan muchos maravedíes, son una oportunidad para que las gentes de toda condiçion y clase salgan de las sus casas y gasten, e que ansí se favorece el comercio y se crea optimismo con vistas a un futuro mejor. Y luego presentó a un juglar joven y enteco, llamado Francisco José Castillo y Gil, que se licencia agora en quinto año de Historia y Letras en la Universidad de Málaga. El muchacho, bien adereçadode traje, jubón y lazo, tuvo a bien fablar de la fiesta y las emociones que ésta conlleva, que son las que él mismo ha vivido a lo largo de su corta vida, y luego fizo un canto a las bellezas del paisaje serrano de esta tierra, sin faltar esa milagrosa sombra verde que domina el fondo de los valles, por donde el Genal y sus tributarios llevan sus aguas interminables hasta la mar. Començó más tarde la fiesta, con una música más serena que la de la noche pasada, sonidos que recordaban el metal y las cuerdas, de sones alegres y sugerentes en una pieça que llaman “pasodoble”, y que las parejas bailaban con garbo y donosura, y cantaban en la orchesta unas zagalas de magnífico porte y voces limpias como la cercana fuente, y tras la elección de reinas, damas y reyes de la fiesta, hubo divertimento hasta el alba.
El tercer día tuvieron lugar acontecimientos a todas las horas, con las gentes en las barras de las tabernas y figones, los de don Cristóbal y don Juan Manuel, y aún el mesón de don Mariano, bebiendo buenos vinos y unos comistrajos breves, a los que llaman “tapas”, que son commo pequeñas porçiones de guisos y comidas que se dan con el vino, e así éste no se sube tanto a la cabeça, y al cabo del tiempo el comensal está ya ahíto y colmado. Y en la Plaza, el puesto de churros y papas de Joaquín, o el magnífico servicio de un mesonero de nombre Reyna. Dábanse allíguisos y bebidas y refrescos, y cerveza de cebada expelida de unos grifos de los que manaban grandes espumas, e que nunca parescían acabarse, que era cosa de grande misterio para el que escribe esta chrónica. En esas, unos músicos bastante ruidosos, con artilugios parescidos al clavicordio, efetuaban sus cantos paras las gentes que, con regocijo extremo y llevados por los efluvios de Baco, facían sus zambras hasta bien entrada tarde. Entre tanto, en el lugar del Bailadero se corrían caballos, cuyos caballeros debían ensartar unos como pinchos en argollas de las que pendían unas cintas de colores: aquel jinete que más cintas truxera serían el afamado campeón de aquel insólito e incruento torneo. La noche de este día es siempre la más larga, y cuando el alba, los zagales y zagalas se ponen sus atavíos de moros y moras, e de christianos, e bailan ya con el sol en la calle una pieça que llaman “Paquito el Chocolatero”, que es música de la tierra de Valencia, alegre y chisposa, que al parescer tocan en aquel Reyno cuando celebran fiestas similares a la que nos ocupa. No es extraño ver en esa algarada a los proprios actores que ese día deben facer sus papeles dramáticos, y el director se empeña siempre en echarlos a dormir porque descansen un poco, sobre todo a los más recalcitrantes, como un tal Tomi, que huye de la cama como el gato del agua, y otros y otras de igual condición, que gustan de juntar el día y la noche sin sueño de por medio, cosas de la edad, dada en non cesar en el jolgorio. Y llega por fin momento de los Moros y Christianos, el más esperado, centro y colofón de estos festejos. Ese día, cuando el sol sale poderoso por las sierras a Levante, el aire parece detenerse en este rincón de la Tierra de Ronda, y como suspendido entre las agrestes laderas donde los castañares y chaparrales se asientan, envuelve cálido y acogedor al entramado blanco de casas que se derraman desde el cerro del Olivo hacia la vaguada de Las Veguetas. El pueblo, silencioso por un momento tras la noche larga de farra y grímpolas, se despereza lentamente (quien se hubiere acostado, que son los menos), cuando la Banda de Algatocín desfila con sus fanfarrias y trompetas y atambores por las empinadas calles. Tocan aires festivos o solemnes, y a veces se interrumpen por tomar una copita de aguardiente que algunos vecinos les sacan, o servidas por losmayordomos de música, Paco del Castillo y Pepe Loras, antes de llegar al lugar de Plazoleta, donde vivía el inolvidable Francisco Guerrero y de las Viñas; entonces se aprestan, sacan partitura y tocan, a petición del vecino al que llaman Antoñito el de Rafaelín, el pasodoble “Nerva”, que sonó aquella mañana con tal pureza, precisión y armonía, que los viejos ladrillos de aquel recinto, y quién sabe si alguna ánima, parescieron conmoverse y llamar a los presentes a un sentido y respetuoso silencio. La mañana de los moros es un caos de organizadas y sincrónicas actitudes, pues el gentío es de tal magnitud, que se hace muy difícil organizar las idas y venidas, los saltos y carreras, los combates y parlamentos, en fin, la grande algarabía de proprios y extraños, y sin embargo, la acción se desarrolla casi improvisada, tal vez porque cada cual saca lo mejor de sí mismo para que todo funcione. Ansí, las limpiadoras, que ponen a punto los espacios de la interpretación, o Pepe y Francisco, responsables una especie de machina con unos auriculares o pinchos de oreja que amplifican los sonidos de tal manera, que non hay rincón en el pueblo donde no se oiga la conversación y las músicas;apréstase, siempre eficaz, el apuntador, Antonio el de las Viñas. Tal es luego la limpia voz de Reme, la chronista, o el garbo de Gaspar, el embajador IbnQusman, acompañado de sus escuderos Antonio Andrés y su jovencísimo hijo, el entusiasta ordenanza Pedro Javier, o las asustadas mujeres, doña Inés y doña Beatriz, la genial arenga de Jaime, el muecín Al Qurtisí, y en fin, de los soldados de la milicia, comandados por Salva, Benjamín, Enrique, Dani, José María, Curro, Manolín y Saúl, entre otros más jóvenes,agora con sus blancas camisas y coloridos chalecos, y las mujeres christianas, que se adornan de bellos trajes recién confeccionados, o la morisma, con esas hermosas mujeres veladas y adereçadas por el “atrezzo” Jesús,que intuyen ojos profundos y nacaradas mejillas, o los moros aguerridos, los llamados en christiano Rafa, Jesús, Aurelio, padre e hijo,Crisanto, Chiquitín, Nene, y tantos otros que son legión y non se pueden enumerar aquí. Tras la primera parte, vuelve el festín a los mesones y la Plaza, agora con los sones de unos músicos de Rute, que non descansan un minuto de sus cantos y pieças hasta que la tarde cae, y con ella también los ánimos y las fuerças de artistas, mesoneros y feriantes.
Por la tarde, con las últimas luces, los organizadores dan los últimos toques a tracas y petardos, a velones y antorchas, a banderolas y doseles. Comienza la acción con la gente en espera, pues el alcaide de la villa, don Sergio Márquez, ha ideado una estratagema para recuperar la iglesia y su imagen. Tendríais que ver la oración del Capitán, don Tomás Rodríguez, la angustia de la madre de los niños, doña Pilar, el gracejo del pastor Pepe “Pisha”, y la batalla del Ayuntamiento, envuelta entre el humo y el tronar de la pólvora. Llega don Miguel, el oidor, con paje la milicia a caballo, Oliver yJavi, soberbios y airosos, y por fin, el inimitable Cristóbal, IbnXamais, con su elegía emocionada, con su despedida sublime, con su serena y a la vez apasionada descripción del paisaje que sus padres le legaron, y que ahora debe abandonar con muchos de los suyos, por no traicionar su tradición y su pasado.
Las buenas gentes que asistían al espectáculo guardaron un piadoso silencio al terminar el Q’aid, y al poco prorrumpieron en aplausos, generosos y sostenidos. Fuesen con la emoción contenida tras el Santo hasta la Iglesia, cuando las luces rosadas de lanoche posaban sus dedos delicados sobre las sierras lejanas. Quedóseen paz el pueblo y dispuesto a apurar los últimos tragos de su fiesta, tranquila La Plaza, rotos los cuerpos, apaciguado el afán, vacíos los bolsillos. Al fin, en los estertores de la noche, surgieron los truenos de la gran tormenta de la traca final, ese microcosmos de estallidos, chispas y humaredas, que parecen querer llevarse todos los felices momentos vividos, todos esos instantes de sensaciones y emociones, en una combinación de efímeras luces y rugidos, tras de los que no quedan ya sino los despojos requemados colgando de los alambres, el cansancio del gentío y la nostalgia de una feria ya acabada, último instante vivido, y primero de un tiempo por venir, a la espera de la gran fiesta de 2014. Don Pablos En Benalauría, a seis de agosto, del año de Nº Sñr de dos mil e trece años Con licencia del Rey y su Gobierno, e no conteniendo cosa alguna contra la fe y buenas costumbres, imprímase Rúbrica: Fray Diego de la Buytrera, O.D.

CRÓNICA DE LOS MOROS Y CRISTIANOS EN RONDA, JUNIO 2013

(En agradecimiento a la acogida y hospitalidad de esa ciudad) Ronda se había preparado para recibir una turbamulta de gentes de la sierra, ataviadas con vestimentas del siglo XIX. Veíanse por doquier los trajes de majo, con calzón, medias y zapatos de hebilla o polainas de cuero, camisa y chaleco o marsellés de solapas y manga abierta, faja de color en la cintura. Cabello recogido en cofia o pañuelo, patillas copiosas, montera o tres picos, y catite, eran el tocado más visto. Otros vestían con la adusta levita y el sombrero de la incipiente burguesía o de las clases altas. Las bellas mujeres iban de polisón, con guardapié de color vivo, media, zapato de hebilla, jubón para el torso con aletas, mangas estrechas, con pegaduras bordadas y abotonadas en plata. Algunas llevan delantal de adorno, y como complemento, basquiñas y mantilla. Los tocados con madroñera, o pañuelo y catite: ¡No hay un traje más bello ni de mayor elegancia en los reinos de España que éste de las mujeres de Ronda! A caballo alguno, con trabuco o pistolón y navaja cabritera en la faja, que no estaban los caminos para ir desprovisto, ni los tiempos eran de paz. Abundaban los uniformes gabachos, con el color azul, blanco y rojo del Imperio, los fusiles con bayoneta, cañones y morteros de bronce. Orgullosos, displicentes, como amos del mundo, mirando de reojo no fuera que un patriota deviniera en guerrillero o bandido, que lo mismo da, y destripara en un pispas al descuidado soldadito en alguna esquina que éste frecuentase en busca de alguna joven rondeña de ojos garzos y corazón caliente. La mañana estallaba en azules. Un cielo furioso expelía resplandores sin cesar, casi violentamente, como si la luz hubiera estado guardada por este largo invierno, a presión en los depósitos celestes, y ahora, con junio abierto de par en par, saliera impetuosa, como el agua de una presa o azuda desventrada, por el río de la mañana que el sol hacía hervir en brillos, golpeando la cal de las casas, y destilando miríadas de verdes sobre las hojas de las arboledas. Cabalgaban las sierras de Ronda hacia sus incógnitos destinos, Libar, Guadiaro abajo, El Pinar en Grazalema, o hacia Jarastepar, en los límites del Genal y Sierra Bermeja, también hasta las altas Nieves, Blanquilla, Hidalga y Los Merinos, o al oeste en los peñones de Mures, y las tablas de Salinas y Las Aguas, antecedentes de la mítica Acinipo. El Tajo, hendido de someras aguas verdes, con la roca incandescente y altiva, el corazón de la ciudad, latiendo belleza, nobleza e historia. El Guadalevín privilegiando el valle, ajedrezado de pegujales de trigos y olivos, entre casitas blancas y los entramados de las modernas plantaciones de uvas tintas. Hervía Ronda en gentes de toda clase, origen y condición. Atraídos por el hálito romántico de esta magnífica fiesta, acudían desde todos los rincones de las serranías de las tres provincias que la ciudad concita desde Gibraltar hasta las campiñas béticas y las llanadas del norte, desde la cercana Costa, y las ciudades andaluzas más próximas, sin olvidar las cohortes de extranjeros que, comandados por guías y cámara en ristre, abrían sus asombrados ojos ante tal despliegue del pasado, y constataban felices que cuánto habían leído sobre la ciudad y su sierra se hacía realidad ante sus ojos: majos, rondeñas, bandoleros, franchutes, contrabandistas, arrieros, caballos, enganches, toreros…Ni Ford, Roberts, Merimèe o Hemingway lo hubieran narrado mejor.
La escalinata de la iglesia conventual de La Merced fue el escenario escogido para interpretar aquella gran representación de la historia. Pasaron por allí batallas, proclamas, emboscadas, atrocidades y tragedias tan propias de aquella guerra cruel contra Napoleón. Se oyeron los estallidos de los cañones y las cargas de fusilería, el entrechocar de bayonetas y sables, los gritos airados de la soldadesca, los lamentos de los heridos, en una contienda sin cuartel. Se rememoraron los infames fusilamientos de Torrijos y sus conjurados por la felonía del rey Fernando VII, se representaron amores imposibles, justas literarias, constituciones fallidas. La piedra escalonada, dos viejas palmeras y la limpia fachada del templo se ennoblecieron con tal despliegue, al tiempo que en la vecina Alameda, tenderetes y tenduchos, chamizos,entoldados, locales tabernarios y bazares, esparcían a modo de estancias mil productos, alimentos y condumios, vinos, aceites, chacinas, quesos, telas y artesanías, humos, colores, sabores y olores; un mercado redivivo y traído a este segundo milenio por artesanos, taberneros y tenderos que parecían haber salido de un grabado de época. La última representación, en un domingo atribulado de sol, fue la que narraba la rebelión y exilio de los mudéjares del Valle del Genal, en 1501. El pueblo de Benalauría llegaba con su harka de moros, ellos con chilaba y turbante, ellas con vestido largo, velo y diademas de cobre, que no eran sino modestos labriegos y pastores, perdidos en el intrincado mundo de las laderas de Wadi Sanar y WadiArus. Trajeron éstos sus banderas multicolores, los cristianos sus pendones, de Santo Domingo de Guzmán y de Castilla y Aragón. Cabalgaron briosos caballos arriados de borlas, sargas y enjalmas de tela de Burgos, con ataharres y jáquimas talabarteados con profusión, monturas de cuero y estribos de bronce. Vestían los moros principales yelmo picudo con cota y turbante, sobrepelliz y zaragüelles, botas altas de cuero y espadas nazaríes. Iba el alcalde cristiano de negro en terciopelo y encaje, llameaba el capitán con su capa roja, ambos tocados con gorra de ala estrecha ladeada, se aprestaban los hombres de la milicia del pueblo con sus pardos calzones, camisas blancas, alpargatas de esparto y chalecos de color, con espadas, horcas y bieldos, circunspectos el oidor, con gorro chaperón de turbante, y el conde de Cifuentes, altivos los caballeros, discretas las mujeres con estameña y velo, rudo el pastor de la sierra, envuelto en lanas y zafiedad, inocentes los hijos del qa’id… Iniciaron sus diálogos, a caballo IbnQusmán, el emisario, con su báculo el santón Al Kurtisí, y así, la heroica resistencia, la lucha airada entre los traquidos y los humos de la pólvora, y después la imposible asimilación, el fin de Al Andalus y el inicio de la nación moderna encarnada en los dos reinos ya unidos por Fernando e Isabel. Sonaba una delicada música de tonalidad oriental, cuando el qa’id Ahmed Ibn Muhammad Al Xamais bajó la escalinata y se dirigió al público narrando con sentimiento y pasión las bellezas de su valle, las arboledas en los nortes y los minúsculos bancales de riego con sus huertos y naranjales, los pastizales y cercados, los molinos y caleras, las alcarias y caminos, los azudes, albercones y acequias, el paraíso en la tierra que sus padres construyeron en tierras pobres, boscosas y ásperas, y su adiós entre lágrimas a la que había sido su tierra, que ya no sería la de sus hijos. Entonces se hizo un respetuoso silencio, y las últimas y doloridas palabras del caudillo mudéjar pusieron un nudo en la garganta entre los espectadores que se agolpaban entre los verdores de la Alameda del Tajo y el adusto paramento del Convento de la Merced. José Antonio Castillo Rodríguez. Cronista oficial de Benalauría.

CRÓNICA DEL FESTIVAL CINEMASCAMPO EN MÁLAGA, ABRIL 2013

EL DÍA EN QUE LA SERRANÍA SE HIZO CINE EN CALLE ALCAZABILLA
Málaga entera hervía en luminarias primaverales que parecían emanar de un mar que encerraba en sí todo el azul del universo. Transida la ciudad en brillos y espejos, las ramas de sus arboledas decantaban verdes intensos en filtros de destello incesante, una luz oblicua de tonos poderosos que irrumpía en las alamedas con trazos puros, fulgores lineales y esplendentes,en un plasma que se dibujaba en ellos con miríadas de moléculas suspendidas sobre la fresca brisa marina. El gentío, diverso y multicolor, se expandía por calles y paseos, por los parques y palmerales, por las plazas diáfanas y abiertas de par en par a un cielo lejano y profundo, celeste e inmarcesible, por las orillas del mar de arenas suavemente cálidas e invadidas de azahares traídos por los vientos, junto al puerto y sus pérgolas, que son como el blanco espinazo de un pez monstruoso, y en sus recintos semiocultos de verdores y fuentes entre edificios de cristal y barcas de pesca, siempre bajo el sol soberano y la mar atrapada, limpia y serena, apacible y verde, esa Mar Chicadel puerto que cantara el gran Manolo Alcántara, que reflejaba en confusas y temblorosas acuarelas las altas cubiertas de los cruceros y los elevados perfiles de los rascacielos, del monte pinariego de Gibralfaro, de las vetustas piedras de la Alcazaba detrás del palio fecundo de las arboledas del Parque, y en fin, de los lejanos montes azules y grises, casi confundidos con ese cielo totalizador y esa luz que impera y esculpe destellos de cada elemento, casa, cosa o criatura, y del agua y del aire, haciéndose en sí misma Málaga luz, luz siempre, y sólo luz, en una transformación paulatina de la urbe hacia una imagen casi etérea: Oh, ciudad, no en el tierra, acertó a definirla Vicente Aleixandre.
Los restaurantes hervían igualmente de gentes expectantes, a la búsqueda de la fría cerveza o el nobilísimo vino, risa del agua que cosquillea narices y labios, o sangre divina de caldos recios que enronquecen gargantas y donan perfumes de bosques a las carnes de leña, y a los guisados entre humos y aromas del monte. Busca el gentío mejillones de roqueo, salmonetes de escamas de cobre, boquerones fritos en alburas y oros, adobo que huele a campo y sabe a mar, la cálida ola del caldillo de pintarroja, la gamba, como el zarcillo de una nereida, tal vez un búsano, extraño ser de exoesqueleto surrealista, o la concha fina, esa mariposa de mar con alma de coral y cuerpo de espuma, y la coquina, lágrima furtiva de una sirena que ha perdido en la noche su amor junto a la playa. La calle Alcazabilla se enmarca hoy entre un teatro nacido de Roma y un Alcázar que escuchó las suras del Libro. La breve colina se disfraza por la tarde de una piel entre siena y pétrea en la que los siglos han dictado su impronta de nobleza. A los destellos casi dolorosos del día, sucede este tenue resplandor de oro viejo y gastado, como si fuese una muda necesaria para acogerse a la noche inevitable. Hay demasiada hermosura en el gran recinto en que se ha convertido la antigua calle, donde uno puede pasear en menos de una hectárea por casi toda la belleza que crearon los hombres: Fenicios y griegos escondidos bajo cristales, Roma de Plauto y de Terencio, los adarves, arcos y celosías del Islam, la exquisita portada gótica del Sagrario, la Catedral medio italiana, pura y estricta, como el mejor Renacimiento, o adornada en curvaturas, excesos y perfiles quebrados, como el mejor de los barrocos, el gran palacio dieciochesco de la Aduana, que habrá de acoger las pinturas del diecinueve y los restos arqueológicos de todas esas culturas, la Plaza de la Merced, el gran ágora diseñado por la Málaga burguesa de la Revolución Industrial, y por fin ese palacio, recatado y a su vez abierto, que acoge al genio del siglo XX, Pablo Picasso, el creador de palomas de sal, azules inocentes, rosas recatados, objetos partidos en cuatro dimensiones, grises de plomo en cuadrados, cilindros o esferas, y retratos imposibles. Entre tanto esplendor, no podía faltar un viejo cinematógrafo, el Cine Albéniz, respetado milagrosamente y salvado a tiempo de esa infame hoguera de la rentabilidad de la que surgieron los horrendos multicines. Con su fachada impoluta y sus balcones de finas rejerías, hoy acoge películas de contrastada calidad, en estrenos, o es filmoteca de historias inmortales. Un galán terrible, burlón y mujeriego, y un director de comedias, adornan con afiches una de sus cristaleras, y junto a ellos, el anuncio de un juego de palabras que es ya una realidad: “Cinemascampo”, es decir, el arte más urbano de toda la Historia, el cine, se hermana, se acerca o se ocupa de los pueblos, aldeas y campos, donde ese espectáculo, de llegar, lo hacía en forma de salas inhóspitas, cuando las hubiera, o locales y patios donde una sábana reflejaba los rayos de alguna antiquísima Kodak, sobre la que quedaban plasmadas, entre cortes y rayones, con músicas trémulas y voces entrecortadas, las risas, los llantos, el amor, la tragedia, la espada,la maldad, la nobleza, el ocaso y la flor.
Junto a aquel local venerable, la tarde se hizo noche cuando las gentes de la Sierra comenzaron a pasear una alfombra roja jalonada de serones de pleita, rosas y matas de fragante yerbabuena. Una vez dentro, los políticos desplegaron su vacua cháchara, siempre inasequible al desaliento. Al menos esta vez fue corta y discreta, y luego, con la sala felizmente abarrotada, pasaron películas que hablaban de hambrunas de pan entre piedras, grano a grano, espiga a espiga, hasta poder cubrir una necesidad que se podría medir en milenios. Y surgían historias de tomates y huertos, de eneas y materiales y oficios perdidos. El campo venía a la ciudad subsumiendo en aquellas imágenes las temibles dificultades de la inhóspita tierra serrana, esa montaña áspera y difícil de Andrés Bernáldez, la tiranía de las pendientes, la extrema pobreza de los roquedales, el heroísmo de unos hombres por sacar jugo a esa tierra, y la sabia actitud de unas mujeres que criaban sus hijos al par que trabajaban hasta la extenuación, día tras día, sin descanso ni ayuda, hasta quedar ellas mismas, y sus hombres, ajados, envejecidos, encorvados y terrosos, como ese mismo material sobre el que se habían forjado sus vidas y sus sueños.
Hubo luego un discreto ágape para los que quisieron en el local de una Hermandad Penitencial cualquiera, que prestó digna hospitalidad a las gentes de la Serranía. Málaga se encasquetaba ya su enagua de noche, y las calles se iban vaciando de vida bajo las amarillentas luces de las farolas. El tráfico, incesante y vertiginoso, se diluía por las arterias de la gran ciudad, por las angostas callejas o las avenidas de palmeras y soberbios edificios, y luego por entre rondas, radiales, puentes y tréboles, ríos y afluentes de asfalto, unos hacia su casa, en los abigarrados arrabales de la periferia, otros buscando la salida de aquel hervidero para regresar a la paz de su pueblo tranquilo, blanco en jazmines, que ya dormía sosegado entre las densas arboledas de castaños, chaparros y encinas. Don Pablos Málaga, a 13 de abril, de 2013

CRÓNICA DE LA PROCESIÓN DE LOS “MANDAÍTOS” 2013

LA VOZ DE DIOS (CRÓNICA DE LA PROCESIÓN DE LOS “MANDAÍTOS”)
El cielo rompía aquella mañana fría y húmeda por los altos riscos de Levante. La Sierra de las Nieves, entre azul y grisácea, se alzaba en su pesada magnitud mineral de calizas socavadas, donde algunos puntos insignificantes venían a significar un poco de suelo, y a la vez un hálito de vida en aquella desolación, es decir, un arbusto, un árbol, zarandeados por el inclemente viento y las heladoras ráfagas de un invierno largo e inmisericorde. La luz, entre anaranjada y celeste, se abría paso por entre los celajes, una tregua en la lluviosa primavera, invitando a las buenas gentes del pueblo a acudir a la procesión, que, tras la llamada de la sacristana Isabel, ya trepaba por las empinadas calles buscando la plaza del Teniente Viñas. La Virgen, colocada en la puerta de Pedro Álvarez, espera a San Juan quien, atribulado y lleno de dudas y temores, advierte a la Madre que el Hijo ha sido apresado y condenado a muerte. El diálogo entre ambos y María de Magdala es estremecedor, las palabras de Cristo, solemnes, profundas, resignadas. La gente calla y escucha, acompañada por el sonido de la palabra, y el de los generosos chorros de agua, que salpican el alba con su salmodia en cristales, moléculas de frío esplendente, con su promesa de vida fecunda. La música pone a fin al diálogo con los recitativos solemnes de la Pasión de Mateo que compusiera el gran Johann Sebastian Bach, y acto seguido, la comitiva inicia el esforzado paseo hacia Las Parras, ahora acompañada por las notas emotivas de la Banda de Algatocín, sones que alcanzan la plenitud con los acordes de “Amargura”, que nos rememoran otros escenarios más ricos y ostentosos, pero sin duda de menor pureza, de menor intimidad. Desde el alto mirador, Benanaluría yace en su desparramado cubismo de cal y tejas, en su caótico y tal vez sabio trazado, en su aferrarse al barranco y a la piedra como si hubiera estado allí desde la noche de los tiempos, como si la llegada de los hombres a estas sierras no hubiera sido sino la consecuencia lógica de un paisaje ya prefijado por el azar de las orogenias, los vientos y las lluvias. Al fondo, la gran solana de Jemáez con sus mosaicos de olivos y alcornoques, los recios quejigos, y los minúsculos bancales, ínfimos jardines con sus palacios de azahar entre acequias y albercas virginales.
Por las intrincadas calles de El Fresnillo las imágenes pasan ahora, ya con un sol mortecino que parece no poder con la inercia del invierno. La fría mañana no entorpece la incomparable imagen del castañar aún dormido en sus indigentes ramas, con su pastizal verde esmeralda,salpicado los tonos sobrios de matorrales y quercíneas. Mientras, la brisa helada suspende en el aire la nostálgica quietud de los días que anuncian las lluvias interminables y las nubes sin fin. Tras el gran castañar, las lomas pesadas y neblinosas deBenajamón, el HiguerónyHoyones, y más lejos, Canalizo, Nicola, Panderón y Los Reales, con sus entrañas rojas y sus inmensidades de pinos y jarales, alzados desde las entrañas de la tierra como una gigantesca barrera entre la Sierra de Ronda y el Mar de Alborán. Cuando la procesión iniciaba el descenso hacia el templo, por entre aquella constelación de montañas y desdelas albas y rosadas nubes que se aposentaban en el horizonte, unos poderosos haces de luz rompieron la maraña de brumas y cayeron como descomunales cascadas de luminiscencia sobre los altos riscos y las honduras del Genal. En el silencio dolorido del cortejo, entre las sordas pisadas de los acompañantes y el rítmico son del tambor, aquella momentánea y hermosa visión no era sino un grito desgarrado, una estremecedora imprecación, una protesta enérgica y firme que en forma de de luz a raudales caía desde el cielo y fecundaba la tierra, como la sangre de la cruz posó en el polvo del Calvario: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen… y dando un fuerte grito, expiró”. Era la voz dolorida del Señor, que reclamaba desde lo más profundo del misterio de su sacrificio una razón de por qué la traición y el dolor, de por qué la humillación, de por qué Él, hombre al fin y parido de mujer, ahora en la cruz y ante la muerte, debía llevarse en su final todo el pecado, toda la injusticia, todos los padecimientos y horrores de la humanidad. Aquellos haces etéreos, silenciosos en voces pero atronadores en dolor, aquellas transparencias y resplandores que trazaban líneas purísimas y limpias de luz sobrenatural desde los cielos,acompañaron al cortejo hasta su entrada en la Iglesia de Santo Domingo. Escondido entre los rayos de aquel sol naciente, el halo luminosoproseguía su irrupciónsobre el magnífico y bello paisaje, como reflejo y metáfora de la voluntad del Creador, como explicación sin palabras del Misterio de la muerte y la redención, dispuesta y manifiesta para los que quisieran ver y entender, sin oír, los ancestrales latidos del universo creado, Dios mismo en el culmen de la belleza del mundo. Un amanecer que, culminada la inquietante y temerosa noche, la misma muerte, no significaba otra cosa que la llegada del día, cuyo dominio y presencia dibujaban ahora la viva imagen de la inminente e inevitable Resurrección. En Benalauría, finales de marzo de 2013.