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miércoles, 4 de septiembre de 2013

CRÓNICA DE LA PROCESIÓN DE LOS “MANDAÍTOS” 2013

LA VOZ DE DIOS (CRÓNICA DE LA PROCESIÓN DE LOS “MANDAÍTOS”)
El cielo rompía aquella mañana fría y húmeda por los altos riscos de Levante. La Sierra de las Nieves, entre azul y grisácea, se alzaba en su pesada magnitud mineral de calizas socavadas, donde algunos puntos insignificantes venían a significar un poco de suelo, y a la vez un hálito de vida en aquella desolación, es decir, un arbusto, un árbol, zarandeados por el inclemente viento y las heladoras ráfagas de un invierno largo e inmisericorde. La luz, entre anaranjada y celeste, se abría paso por entre los celajes, una tregua en la lluviosa primavera, invitando a las buenas gentes del pueblo a acudir a la procesión, que, tras la llamada de la sacristana Isabel, ya trepaba por las empinadas calles buscando la plaza del Teniente Viñas. La Virgen, colocada en la puerta de Pedro Álvarez, espera a San Juan quien, atribulado y lleno de dudas y temores, advierte a la Madre que el Hijo ha sido apresado y condenado a muerte. El diálogo entre ambos y María de Magdala es estremecedor, las palabras de Cristo, solemnes, profundas, resignadas. La gente calla y escucha, acompañada por el sonido de la palabra, y el de los generosos chorros de agua, que salpican el alba con su salmodia en cristales, moléculas de frío esplendente, con su promesa de vida fecunda. La música pone a fin al diálogo con los recitativos solemnes de la Pasión de Mateo que compusiera el gran Johann Sebastian Bach, y acto seguido, la comitiva inicia el esforzado paseo hacia Las Parras, ahora acompañada por las notas emotivas de la Banda de Algatocín, sones que alcanzan la plenitud con los acordes de “Amargura”, que nos rememoran otros escenarios más ricos y ostentosos, pero sin duda de menor pureza, de menor intimidad. Desde el alto mirador, Benanaluría yace en su desparramado cubismo de cal y tejas, en su caótico y tal vez sabio trazado, en su aferrarse al barranco y a la piedra como si hubiera estado allí desde la noche de los tiempos, como si la llegada de los hombres a estas sierras no hubiera sido sino la consecuencia lógica de un paisaje ya prefijado por el azar de las orogenias, los vientos y las lluvias. Al fondo, la gran solana de Jemáez con sus mosaicos de olivos y alcornoques, los recios quejigos, y los minúsculos bancales, ínfimos jardines con sus palacios de azahar entre acequias y albercas virginales.
Por las intrincadas calles de El Fresnillo las imágenes pasan ahora, ya con un sol mortecino que parece no poder con la inercia del invierno. La fría mañana no entorpece la incomparable imagen del castañar aún dormido en sus indigentes ramas, con su pastizal verde esmeralda,salpicado los tonos sobrios de matorrales y quercíneas. Mientras, la brisa helada suspende en el aire la nostálgica quietud de los días que anuncian las lluvias interminables y las nubes sin fin. Tras el gran castañar, las lomas pesadas y neblinosas deBenajamón, el HiguerónyHoyones, y más lejos, Canalizo, Nicola, Panderón y Los Reales, con sus entrañas rojas y sus inmensidades de pinos y jarales, alzados desde las entrañas de la tierra como una gigantesca barrera entre la Sierra de Ronda y el Mar de Alborán. Cuando la procesión iniciaba el descenso hacia el templo, por entre aquella constelación de montañas y desdelas albas y rosadas nubes que se aposentaban en el horizonte, unos poderosos haces de luz rompieron la maraña de brumas y cayeron como descomunales cascadas de luminiscencia sobre los altos riscos y las honduras del Genal. En el silencio dolorido del cortejo, entre las sordas pisadas de los acompañantes y el rítmico son del tambor, aquella momentánea y hermosa visión no era sino un grito desgarrado, una estremecedora imprecación, una protesta enérgica y firme que en forma de de luz a raudales caía desde el cielo y fecundaba la tierra, como la sangre de la cruz posó en el polvo del Calvario: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen… y dando un fuerte grito, expiró”. Era la voz dolorida del Señor, que reclamaba desde lo más profundo del misterio de su sacrificio una razón de por qué la traición y el dolor, de por qué la humillación, de por qué Él, hombre al fin y parido de mujer, ahora en la cruz y ante la muerte, debía llevarse en su final todo el pecado, toda la injusticia, todos los padecimientos y horrores de la humanidad. Aquellos haces etéreos, silenciosos en voces pero atronadores en dolor, aquellas transparencias y resplandores que trazaban líneas purísimas y limpias de luz sobrenatural desde los cielos,acompañaron al cortejo hasta su entrada en la Iglesia de Santo Domingo. Escondido entre los rayos de aquel sol naciente, el halo luminosoproseguía su irrupciónsobre el magnífico y bello paisaje, como reflejo y metáfora de la voluntad del Creador, como explicación sin palabras del Misterio de la muerte y la redención, dispuesta y manifiesta para los que quisieran ver y entender, sin oír, los ancestrales latidos del universo creado, Dios mismo en el culmen de la belleza del mundo. Un amanecer que, culminada la inquietante y temerosa noche, la misma muerte, no significaba otra cosa que la llegada del día, cuyo dominio y presencia dibujaban ahora la viva imagen de la inminente e inevitable Resurrección. En Benalauría, finales de marzo de 2013.

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