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miércoles, 4 de septiembre de 2013

CRÓNICA DE LOS MOROS Y CRISTIANOS EN RONDA, JUNIO 2013

(En agradecimiento a la acogida y hospitalidad de esa ciudad) Ronda se había preparado para recibir una turbamulta de gentes de la sierra, ataviadas con vestimentas del siglo XIX. Veíanse por doquier los trajes de majo, con calzón, medias y zapatos de hebilla o polainas de cuero, camisa y chaleco o marsellés de solapas y manga abierta, faja de color en la cintura. Cabello recogido en cofia o pañuelo, patillas copiosas, montera o tres picos, y catite, eran el tocado más visto. Otros vestían con la adusta levita y el sombrero de la incipiente burguesía o de las clases altas. Las bellas mujeres iban de polisón, con guardapié de color vivo, media, zapato de hebilla, jubón para el torso con aletas, mangas estrechas, con pegaduras bordadas y abotonadas en plata. Algunas llevan delantal de adorno, y como complemento, basquiñas y mantilla. Los tocados con madroñera, o pañuelo y catite: ¡No hay un traje más bello ni de mayor elegancia en los reinos de España que éste de las mujeres de Ronda! A caballo alguno, con trabuco o pistolón y navaja cabritera en la faja, que no estaban los caminos para ir desprovisto, ni los tiempos eran de paz. Abundaban los uniformes gabachos, con el color azul, blanco y rojo del Imperio, los fusiles con bayoneta, cañones y morteros de bronce. Orgullosos, displicentes, como amos del mundo, mirando de reojo no fuera que un patriota deviniera en guerrillero o bandido, que lo mismo da, y destripara en un pispas al descuidado soldadito en alguna esquina que éste frecuentase en busca de alguna joven rondeña de ojos garzos y corazón caliente. La mañana estallaba en azules. Un cielo furioso expelía resplandores sin cesar, casi violentamente, como si la luz hubiera estado guardada por este largo invierno, a presión en los depósitos celestes, y ahora, con junio abierto de par en par, saliera impetuosa, como el agua de una presa o azuda desventrada, por el río de la mañana que el sol hacía hervir en brillos, golpeando la cal de las casas, y destilando miríadas de verdes sobre las hojas de las arboledas. Cabalgaban las sierras de Ronda hacia sus incógnitos destinos, Libar, Guadiaro abajo, El Pinar en Grazalema, o hacia Jarastepar, en los límites del Genal y Sierra Bermeja, también hasta las altas Nieves, Blanquilla, Hidalga y Los Merinos, o al oeste en los peñones de Mures, y las tablas de Salinas y Las Aguas, antecedentes de la mítica Acinipo. El Tajo, hendido de someras aguas verdes, con la roca incandescente y altiva, el corazón de la ciudad, latiendo belleza, nobleza e historia. El Guadalevín privilegiando el valle, ajedrezado de pegujales de trigos y olivos, entre casitas blancas y los entramados de las modernas plantaciones de uvas tintas. Hervía Ronda en gentes de toda clase, origen y condición. Atraídos por el hálito romántico de esta magnífica fiesta, acudían desde todos los rincones de las serranías de las tres provincias que la ciudad concita desde Gibraltar hasta las campiñas béticas y las llanadas del norte, desde la cercana Costa, y las ciudades andaluzas más próximas, sin olvidar las cohortes de extranjeros que, comandados por guías y cámara en ristre, abrían sus asombrados ojos ante tal despliegue del pasado, y constataban felices que cuánto habían leído sobre la ciudad y su sierra se hacía realidad ante sus ojos: majos, rondeñas, bandoleros, franchutes, contrabandistas, arrieros, caballos, enganches, toreros…Ni Ford, Roberts, Merimèe o Hemingway lo hubieran narrado mejor.
La escalinata de la iglesia conventual de La Merced fue el escenario escogido para interpretar aquella gran representación de la historia. Pasaron por allí batallas, proclamas, emboscadas, atrocidades y tragedias tan propias de aquella guerra cruel contra Napoleón. Se oyeron los estallidos de los cañones y las cargas de fusilería, el entrechocar de bayonetas y sables, los gritos airados de la soldadesca, los lamentos de los heridos, en una contienda sin cuartel. Se rememoraron los infames fusilamientos de Torrijos y sus conjurados por la felonía del rey Fernando VII, se representaron amores imposibles, justas literarias, constituciones fallidas. La piedra escalonada, dos viejas palmeras y la limpia fachada del templo se ennoblecieron con tal despliegue, al tiempo que en la vecina Alameda, tenderetes y tenduchos, chamizos,entoldados, locales tabernarios y bazares, esparcían a modo de estancias mil productos, alimentos y condumios, vinos, aceites, chacinas, quesos, telas y artesanías, humos, colores, sabores y olores; un mercado redivivo y traído a este segundo milenio por artesanos, taberneros y tenderos que parecían haber salido de un grabado de época. La última representación, en un domingo atribulado de sol, fue la que narraba la rebelión y exilio de los mudéjares del Valle del Genal, en 1501. El pueblo de Benalauría llegaba con su harka de moros, ellos con chilaba y turbante, ellas con vestido largo, velo y diademas de cobre, que no eran sino modestos labriegos y pastores, perdidos en el intrincado mundo de las laderas de Wadi Sanar y WadiArus. Trajeron éstos sus banderas multicolores, los cristianos sus pendones, de Santo Domingo de Guzmán y de Castilla y Aragón. Cabalgaron briosos caballos arriados de borlas, sargas y enjalmas de tela de Burgos, con ataharres y jáquimas talabarteados con profusión, monturas de cuero y estribos de bronce. Vestían los moros principales yelmo picudo con cota y turbante, sobrepelliz y zaragüelles, botas altas de cuero y espadas nazaríes. Iba el alcalde cristiano de negro en terciopelo y encaje, llameaba el capitán con su capa roja, ambos tocados con gorra de ala estrecha ladeada, se aprestaban los hombres de la milicia del pueblo con sus pardos calzones, camisas blancas, alpargatas de esparto y chalecos de color, con espadas, horcas y bieldos, circunspectos el oidor, con gorro chaperón de turbante, y el conde de Cifuentes, altivos los caballeros, discretas las mujeres con estameña y velo, rudo el pastor de la sierra, envuelto en lanas y zafiedad, inocentes los hijos del qa’id… Iniciaron sus diálogos, a caballo IbnQusmán, el emisario, con su báculo el santón Al Kurtisí, y así, la heroica resistencia, la lucha airada entre los traquidos y los humos de la pólvora, y después la imposible asimilación, el fin de Al Andalus y el inicio de la nación moderna encarnada en los dos reinos ya unidos por Fernando e Isabel. Sonaba una delicada música de tonalidad oriental, cuando el qa’id Ahmed Ibn Muhammad Al Xamais bajó la escalinata y se dirigió al público narrando con sentimiento y pasión las bellezas de su valle, las arboledas en los nortes y los minúsculos bancales de riego con sus huertos y naranjales, los pastizales y cercados, los molinos y caleras, las alcarias y caminos, los azudes, albercones y acequias, el paraíso en la tierra que sus padres construyeron en tierras pobres, boscosas y ásperas, y su adiós entre lágrimas a la que había sido su tierra, que ya no sería la de sus hijos. Entonces se hizo un respetuoso silencio, y las últimas y doloridas palabras del caudillo mudéjar pusieron un nudo en la garganta entre los espectadores que se agolpaban entre los verdores de la Alameda del Tajo y el adusto paramento del Convento de la Merced. José Antonio Castillo Rodríguez. Cronista oficial de Benalauría.

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