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miércoles, 23 de enero de 2019

LA DIGNIDAD Y LA MEMORIA

El sábado 19 de enero se celebró en nuestro pueblo el II Foro de Pueblos en Movimiento. Más de cien participantes tomaron parte en las charlas y debates que se fueron desarrollando, en jornada completa, primero con las brillantes aportaciones de los ponentes, profesores Francisco Boya y Rufino Acosta, más tarde con los debates, reuniones y organización de comisiones. Más allá de las formalidades que este tipo de actos requiere, lo que se detectó allí fue el entusiasmo y el trabajo bien hecho por parte de la organización, incluyendo aquí el apartado gastronómico (cuánto se echa en falta un equipamiento eficaz, ahora perdido en la nada, para conceder hospitalidad al visitante), la mayoría aplastante de jóvenes, y la prestancia de todos y cada uno por aportar alguna idea o propuesta para conseguir que la voz de los pueblos pueda oírse, alta y clara, allá donde corresponda.
Los pueblos del interior, ese mundo aún rural, delicadamente campesino, se nos están quedando vacíos. Cualquier estadística que se precie nos indica el devastador efecto de la emigración hacia las periferias marítimas o las grandes ciudades del interior, con su corolario de abandono del campo, que tanto sufrieron los pequeños propietarios, la descapitalización, la pérdida o insuficiencia de equipamientos, el envejecimiento de la población que permanece, y un desánimo que actúa como un martillo pilón sobre las mentalidades y la conciencia colectiva. Cunde la idea de no hay solución, de que todo está perdido, de que no existen políticas que puedan solucionar este drama, y de aquí, la resignación, la desesperanza, la falta de objetivos ante un futuro que se atisba como inevitable fatalidad.
En nuestro Genal, el paradigma de la despoblación salta a la vista cuando contemplamos los pueblos semivacíos, ya casi aldeas, el abandono de los terrazgos, y la ocupación del antaño espacio productivo por el monte voraz que, implacablemente, va ensortijando un paisaje que fue singular, en que hombre y naturaleza convivían desde hace siglos en armonía y mutua dependencia. Aquí, como tuve el honor de advertir en el cierre de la jornada, la paradoja del progreso se hizo patente desde finales de los 50 del pasado siglo, esto es, la llegada de nuevos materiales, combustibles, carreteras y transporte, así como de las tecnologías de corte industrial, vinieron a mejorar la vida, sin duda, de estas pequeñas comunidades, pero al mismo tiempo destruyeron cientos de oficios y ocupaciones, al par que distorsionaron la rentabilidad de las explotaciones, incapaces de competir con los sistemas productivos que generaba la agricultura comercial. En absoluto se propugna desde aquí una vuelta a ese pasado, lo que constituye una quimera cuando no un idealismo romántico absolutamente estéril: la pregunta es, ¿qué se hizo tan mal en nuestras sociedades abonadas al progreso desmedido para no sustituir esos viejos oficios y ocupaciones que propiciaron el abandono y la migración, por otros que sujetaran a las cohortes más jóvenes en sus pueblos de origen? ¿Cómo no supimos ver un problema que a la larga provocaría una de las injusticias distributivas más crueles en el seno de las pretendidamente avanzadas sociedades occidentales?
La segunda paradoja, circunscrita concretamente a la montaña malagueña, es que la emigración masiva a la Costa del Sol supuso en un primer momento un vacío de población dramático en muchos casos, aunque hoy, los hijos de esa migración procuran un evidente retorno de capitales en lo que respecta a la recuperación de las viviendas familiares que se abandonaron entonces, contribuyendo a la conservación de los pueblos, y,tal vez, gracias a la pervivencia de un cierto atavismo, a modo de retiro o como segunda ocupación en los espacios temporales de ocio, se ocupan en cierta medida del cuidado y recuperación de algunos agrosistemas. También se observa una pequeña, por el momento, migración pendular, es decir, de ida y vuelta en el día, o en ciclos cortos, favorecida por la mejora de las comunicaciones, que puede paliar la falta de trabajo y oportunidades que en los pueblos se ofrece.
Ni que decir tiene que la calidad ambiental de esta montaña comienza a ser un valioso recurso para una población creciente en la conurbación costera y las ciudades relativamente próximas, y para un turismo foráneo que demanda hoy algo más que el sol y la playa. Así, esa Costa devoradora de recursos y de hombres, puede estar comenzando a devolverlos en base a su propia saturación de un lado, y de otro a demandar de manera creciente los valores ambientales que los valles interiores ofrecen: es mi idea, plasmada en una próxima publicación, de “La Montaña Protectora”, porque de ella emana gran parte del bienestar y la calidad de vida que se disfrutan en los microclimas costeros, y hablamos no sólo de esos valores climáticos, un recurso inigualable e imbatible, sinode la reserva y nacimiento de las aguas, de las arboledas y bosques, verdadero pulmón verde para la gran aglomeración costera, de los viejos usos como valor etnográfico, del disfrute de los caminos y de los pueblos, en una vuelta a los orígenes, siquiera sea como experiencia y alternativa al ajetreado mundo urbano. Concretamente, el Valle del Genal ocupa el quinto puesto en biodiversidad de entre todos los espacios naturales de Andalucía, y Sierra Bermeja el primero, sin que apenas se beneficien de protección: he aquí una injusticia flagrante, sobre todo en lo que respecta a Bermeja, por cuanto sus excepcionales valores geobotánicos y paisajísticos quedarán fuera del futuro y vecino Parque Nacional de la Sierra de las Nieves. Injusticia, ignorancia y no sé si maldad.
Es a partir de esta perspectiva desde donde hay que comenzar a recuperar nuestra dignidad. Nada de lamentos por una pobreza que no es estructural, sino sobrevenida. Nada de limosnas vergonzantes, ni de conmiseraciones o de búsqueda de algunos votos por parte de las administraciones. Todo de valoración de los propios recursos, de puesta en marcha de políticas sectoriales que constituyan desarrollos sostenidos y sostenibles, de comunicaciones mejoradas para vertebrar tanto al interior de la Serranía, como en lo que respecta a las salidas hacia la fachada marítima y las centralidades urbanas e industriales. Todo para los equipamientos, aunque éstos sean optimizados en colectivos eficientes, y todo para procurar el cuidado del monte y la arboleda, la prevención de incendios, el desbroce de caminos, las repoblaciones selectivas.
Es la hora de recuperar la dignidad, pero también es el momento de hacerlo con la memoria colectiva, la memoria hecha paisaje. Los pueblos que pierden esta memoria están condenados a desaparecer, pues al abandonar su esencia y fundamento pierden su razón de existir. Memoria y dignidad deben de ir unidas en el arduo camino que este Foro ha emprendido, el resto es responsabilidad de la sociedad, de la política con mayúsculas, si es que ésta deja de reflejarse en el espejo fatuo de la rentabilidad a toda costa, y apuesta por mirarse, sin bajar los ojos, en las personas que necesitan de su impulso y ayuda.

De vuestro cronista, José Antonio Castillo Rodríguez

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