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martes, 3 de diciembre de 2013

EL FIN DE LA INOCENCIA (HISTORIA DE DOS NAVIDADES)

EL FIN DE LA INOCENCIA

(HISTORIA DE DOS NAVIDADES)

Recuerdo que al final de aquel otoño de 1957 las intensas lluvias habían causado estragos en la carretera de Algeciras. Se hablaba en Ronda que tal vez la Empresa Comes no pudiera pasar en unos pocos días, aunque finalmente escampó, y el mismo 24 de diciembre, casi de noche ya, nos bajábamos en la venta, donde mi tío Ramón Almagro nos esperaba con el mulo dispuesto para transportar los bultos.
Era aquella una tarde rasa y fría como un estanque de la estepa. En la plaza del pueblo, bajo unas acacias que tiritaban su desnudez, un grupo de mozalbetes embutidos en sus largas pellizas, demasiado grandes y raídas, y unos pocos zagales jugando a la reja:

Uno, dos y tres;
al que pille, pillé.

Vestían chalecos de lana gastada, rota por los codos, camisas que alguna vez fueron blancas y alpargates de esparto. Tenían los ojos grandes y profundos, mejillas de carmín, y al más pequeño le pendían dos velas de mocos de la helada nariz. Una mujer de edad indeterminada y rigurosamente enlutada llenaba su cántaro en la fuente, mientras unas recuas bebían del pilar grande, bajo la distraída mirada de su amo.
Olía el aire a leña y a humedad del bosque, el olor del invierno, cuando se encendieron las luces del alumbrado de las calles. Eran aquellas unas pocas bombillas de bajo voltaje, una en cada esquina,cuyo resplandor se reflejaba gracias a unos desportillados platillos de porcelana. Se encendían igualmente las de las casas, tras el cotidiano anuncio de ya ha llegado la luz, como un renovado milagro vespertino en aquellos tiempos de penuria. Quedaba entonces el pueblo sumido en una semipenumbra que, con la niebla y el humo, producía sentimientos encontrados de inquietud y recogimiento.
En las casas se cenaba aquella noche con lo que se podía. Nada de pavo, salvo excepciones, tal vez carne de cerdo o cabrito, y, en general, la olla, como casi siempre. Lo único que distinguía aquella noche de las del resto del invierno era una bandeja con unos cuantos polvorones, alfajores, dulces caseros y tal vez turrón. Una copa de aguardiente o anís venía a remojar aquella digna pobreza. Eso era todo.
Tras la cena, la gente acudía a la Misa del Gallo. Recuerdo el suelo húmedo de las calles, las piedras resbaladizas y los charcos putrefactos. Veo las ventanas entornadas, y tras ellas algo me decía que allí había algunos niños, con los que yo jugaría los días siguientes, que habrían de comer peor que yo, pasarían más frío, y seguramente tendrían después peores, incluso nulos, Reyes: jamás pude entender el porqué de aquellas diferencias.
La iglesia, fría e inhóspita, se llenaba lentamente: las mujeres se situaban delante, atrás los hombres, los niños y niñas, a izquierda y derecha, en las primeras filas. Salió don Isidro con su casulla verde y dorada, escoltado por unos monaguillos con hábito rojo y blancos capillos, Introito ad altare Dei. Ad Deumquilaetificatiuventutemmeam (Me acerco al altar de Dios. Al Diosque alegra mi juventud) Entonces comenzaban los cantos de las muchachas, entonados por la citarina de don Francisco, el maestro:

Pastorcillos id trepando las veredas de Belén,
id trepando, id trepando, que ha nacido nuestro Bien…

Aunque yo sólo tenía ojos para el gran portal que estaba frente a mí, con sus montañas de corcho, su río de verdad y sus cepellones de musgo, los campitos arados, las casas iluminadas y el Misterio, enorme en su gran cueva, como indicando que constituía el principio de todo, además de los pastores, y aquellos Reyes majestuosos que parecían sacados del famoso cuadro de BenozzoGozzoli. ¡Qué tendría aquel rústico y bellísimo portal para llenar nuestra imaginación y dar contenido al misterio del nacimiento de Cristo! Hoy, desde la distancia que me impone el inmisericorde tiempo, me doy cuenta que aquella significación no era otra cosa que el deseo y plasmación de traer un trocito de campo a la iglesia: las altas montañas con nieve, las laderas arboladas y los campos recién arados, el río, las veredas…todo era como una maqueta del paisaje que circunscribía a nuestro pueblo.
Cantaban también en la adoración del Niño, con el almirez, los panderos y hasta con una zambomba, otros villancicos que hablaban de burras que iban a Belén cargadas de chocolate, viejas con aguinaldos, de peces que cantaban en el río, pampanitos y hojas de limón, y de ropas tendidas al romero. Luego salía la gente de la iglesia, y como no había donde ir, se organizaban reuniones, por afinidad o parentesco, donde se hablaba, se cantaba y se hacían buñuelos. Yo me acostaba pronto, y bajo aquellas sábanas endiabladamente frías y el peso acogedor de las mantas de lana de Grazalema de mi bisabuela Rita, escuchaba, en duermevela, la sorda y bienhechora lluvia (¡por qué recordaremos siempre su apacible sonido!), el quejido del viento helador y los cantos de los zagales que daban serenatas:

A tu puerta hemos llegado
cuatrocientos en cuadrilla,
si quieres que te cantemos
saca cuatrocientas sillas.

Transcurrieron diez años. Muchas cosas habían cambiado en el pueblo, pero casi todo seguía igual. Las luces eran más potentes, y no se iban con la tormenta, tras las ventanas se intuían cenas más abundantes, con más dulces y bebidas, y si uno se ponía a escuchar, se podían oír los ecos de alguna televisión, muy pocas aún en aquellos días. Aquella tarde, desde el altavoz de la iglesia, nos habían inundado los sones de un nuevo villancico que cantaba un joven de voz potente y poses algo amaneradas:

El camino que lleva a Belén
baja hasta el llano que la nieve cubrió,
los pastorcillos quieren ver a su Rey:
le traen regalos en su viejo zurrón,
ronponponpon, ronponponpon…

En la cena de la casa de don Diego y la Maestrase discutió aquella noche si era pertinente que los jóvenes organizaran un baile en la antigua escuela de niñas, nada menos que con el tocadiscos de la iglesia. ¡Vaya un atrevimiento! Y doña Carmen que aquello era pecado, y don Diego, que era sordo como una tapia, ¿qué dice que no viene ahora pescado? El Maestro que no ponía reparos porque prefería, como solía repetir, una España faldicorta, y otra vez don Diego, pues a mí me gusta más el turrón que la torta, y Anita la de abajo que hay que dejar a la juventud que se divierta, que no hacen mal a nadie, y Dominga, con su habitual sabiduría, e Isabelina, deje, usted, Maestra, que se reúnan, que en algún sitio tienen que estar, que así están los padres más tranquilos, que los tiempos han cambiado, etc…Lo cierto es que, como siempre, a mí me tocaba actuar de intermediario, esta vez con el cura, y, ¡oh, prodigio!, éste accedió: el concilio Vaticano II había llegado por fin a Benalauría.
Organizóse rápidamente el salón. Los muchachos trajeron un pino que se decoró con espumillón, bolas y luces intermitentes. Las muchachas limpiaron a fondo, encalaron los bajos y dejaron como un sol aquella venerable aula que aún olía a tiza y a monotonía de tablas y dictados. Por fin, en la tarde del día 25 comenzó el baile. Iban algunos jóvenes ataviados con traje y corbata, otros conjerseys y camisas de rayón. Todos llevaban zapatos. Las chicas vestían trajes de chaqueta de lana, o vestido y rebeca, y en sus caras se notaban las huellas el carmín y del rimmel, y todas olían a colonia más o menos barata. ¡Dios Santo, qué cambio! España, dejando atrás su miseria de siglos, pasaba del esparto al tergal, del borrico al seiscientos.
Y el baile, ¡ah, el baile! Habían abierto con Cartagenera, presidiendo Guillermo la mesa donde estaba el tocadiscos y se agolpaban los singles. Murmuraba aquel son latino que traía efluvios de playas de luna y frutas exóticas, bailaban las parejas consolidadas y también parejas de chicas, que sólo se separaban cuando dos muchachos iniciaban el cortejo con el consabido ¿queréis partir? Y nos deslizábamos por aquel tobogán de ilusiones recién estrenadas, con los himnos de aquella juventud que bebía sorbitos del champán del primer amor, antes de lamentarse cuando tú me dijiste adiós, porque mejor era cuando tú me querías, y ahora, que estás sola, y no sé por qué, yo ya estoy borracho otra vez…Ah, Francisquín, Los Brincos, nuestros amados Brincos…
Y algunos se estremecían con las Melodías encadenadas y el inquietante Strangers in thenightde “la voz”, qué voz la de Sinatra, a la que acompañaban los chapoteos de las botas para caminar por el fango, la sangre y el napalm de aquella lejana guerra, de aquella maldita guerra del Vietnam. Llegaban con retraso, pero llegaban, los ritmos frenéticos que surgieron de la pradera profunda y la selva africana, Elvis, Jerry Lee Lewis, Roy Orbison y su Prettywoman, que era, sin duda, nuestra preciosa muchacha de aquel momento. Y oíamos con recogimiento como aquellas voces de ébano de Missouri o Georgia, se sentaban en un viejo muelle de la bahía, para ver pasar una cadena de locos. Todo era un zodíaco de sones, de ritmos, pero todo se detenía cuando comenzaban aquellas canciones que parecían estar pegadas a nuestra piel, Itwon’t be long, Yesterday de aquellos cuatro rebeldes de Liverpool, de aquellos hombres de ninguna parte (Nowhereman) que cantaban a su chica en un bosque noruego (Norwegian Wood), y que juraban amores de ocho días a la semana (Eigthdays a week), en días agotadores (Day tripper), cuando bailábamos todos en aquella noche, qué noche de aquel día (A hardday’snight). Se colaba entonces algún Suspiro de España, pero Guillermo volvía de nuevo aCartagenera, y entonces alguno pedía, ¡poned a la extranjera! ¡poned a la extranjera!, que no era otra que aquella Mamá Cash de voz robusta y clara, que nos sumergía, California Dreamin, yMonday, Monday, bajo los días invernales de hojas caídasen los campus lejanos de San Diego y Berkeley.
Al día siguiente, cuando nos disponíamos a preparar de nuevo la escuela para el baile, alguien notó que el tocadiscos no funcionaba. Nadie pudo arreglarlo, ni siquiera Manolo el de Plazoleta lo consiguió. ¡Qué enorme tragedia! ¿Qué íbamos a hacer? Entonces sobrevino uno de esos milagros que sólo pueden ocurrir en Navidad: Paco Ruíz llegaba a visitar a su hermano Guillermo y, ¿qué traía?, pues un flamante tocadiscos que acababa de adquirir en Ronda. Aquel buen hombre, sabedor de nuestra tragedia y desconsuelo, prestó el tocadiscos a su hermano y gracias a este gesto, del que él mismo disfrutó aquella noche, pudo reanudarse la fiesta. Y volvimos a aquellos viejos himnos, y a deslizarnos por aquel extraño tobogán de emociones compartidas, también por Año Nuevo, y el sábado, y el domingo, y así hasta el mismo día de Reyes.

Aquel siete de enero de 1968, el seiscientos de mi padre enfilaba las temibles cuestas de la carretera de Ronda a San Pedro, oliendo a pringue de matanza y a mandarinas recién cogidas, pero yo estaba absorto, sentado entre mis dos hermanas, con una nostalgia evocadora que me hacía llorar lágrimas ocultas, las mismas por donde resbalaban los rostros y las risas de los amigos que habían quedado atrás, y el recuerdo agridulce de la hermosa e inocente muchacha con la que yo había compartido aquellos días tan felices.
Cuando el coche enfiló por fin la última curva, antes de llegar al Puerto del Madroño, yo veía desde la ventana empañada como mi pueblo, tendido en la montaña como un puñado de jazmines, sacaba su pañuelo blanco en una despedida lejana y silenciosa.

No sé lo que te pasa,
pero estás triste y no sé qué hacer…

No; yo ni sabía ni podía hacer nada para detener el tiempo. En aquella hora, ni siquiera la luz prodigiosa del ya cercano Mediterráneo era capaz de consolar aquel extraño desgarro que me embargaba. Tal vez porque en el fondo yo desconocía entonces, al igual que mis amigos, Antonio el Civil, mi hermano Paco, Domingo el Pirujo, Tomás, Blas el de Luis, Domingo el del Patio, y tantos otros, que después de aquellas noches, después de aquellas noches las de aquellos días, habían quedado atrás, para no volver jamás, los felices e inocentes años de nuestra niñez.


De vuestro cronista. Diciembre de 2013

Feliz Navidad para todos.

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