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martes, 13 de junio de 2017

LA TRAMA

LA TRAMA

(Crónica de una primavera tardía. José A. Castillo Rodríguez, Cronista Oficial)

Con la llegada del cálido aire de junio, cuando taludes y vertientes conforman un entretejido de flores silvestres, y en el sotobosque verdean helechos, candiles, zarzaparrillas y brezos, invade las calles del pueblo un olor inconfundible a pura infancia, a puro tiempo perdido que, a fuerza de nostalgias, nos rememora irrepetibles momentos de inocentes juegos, de intensas luces recobradas, de paseos y emociones compartidas entre pétalos que intentaban ser palabras de amor.

Era la trama, la flor del castaño, que se arracima en guedejas de oro a partir de los ramajes, bajo los que se escenifica la húmeda y fresca umbría del castañar. Los árboles, adornados ahora con esa trenza dorada, suavizan sus perfiles oscuros en el paisaje que diseña cumbres y barrancas, que baja hasta los valles inquietos, que se manifiesta entre la severidad del alcornocal y la rotundidad de los recios quejigos. Es una imagen de ameno silencio de brisas, de solemnidad lumínica dictada desde los intensos azules en los que el sol, señor de la tierra, ordena que el bosque brille, que las aguas se hagan cristal, que las choperas y alisedas estrenen su renovada escenografía de vuelos de plata, que la digna cal de las aldeas reverbere en sus limpios y breves átomos, como si fuesen desperdigados jazmines sobre el pastizal, y que la Sierra toda sonría y se haga patente en las miríadas de los aulagares, escobones, genistas y majuelos, de las dedaleras, vezas y margaritas, del almoradux y el cantueso, de las alegres adelfas que marcan los quebrados caminos de arroyos y fuentes.

Es la trama, ese olor a dulce preludio de la luz, de las mágicas noches de altos barandales de lunas, de los cantos incesantes de las chicharras, esa cálida orquesta que posa sus percusiones en las ramas del chaparro, de los primeros baños en las aguas puras del río, con las también primeras pisadas sobre la casta arena y las chinas que tapizan las orillas, colocadas en un maravilloso azar que quiere ser una organización estricta de colores y texturas junto a la corriente. Por ellas y entre ellas, no será extraño ver el enhiesto tallo de las junceas, y los verdores del culantrillo, del aromático mastranto, y de ese extraño helecho, la cola de caballo, que parece sobrevenido desde los albores del mundo. Es también el tiempo del sagrado aroma a la tierra recién regada de un bancal, a costa de una humilde alberca que forjó su caudal a partir del llanto de las estrellas.

Al tiempo que la trama, los parvos pegujales de cerezos disponen su universo: es como si sangrasen su savia de inauditos azúcares en gotas encarnadas, rojas, a veces con toques cobrizos, posadas en los apéndices de los ramajes, casi siempre de dos en dos, como si quisieran doblar su néctar y hermosura. Cada fruto fue pura nieve meses antes, y de esa castidad, de esos copos en flor, nada podría resultar tan sugerente como la pequeña, perlada y exquisita cereza, toda la perfección de la madre tierra comprimida en su textura y su sabor, y compendio de la copiosa generosidad del campo a finales de la primavera.


La trama es también, junto al helecho, el aroma que acompaña la Custodia el día del Corpus, en esa procesión que va de altar en altar, visitando cada rincón del Pueblo que, ahíto de flores, repite ahora todos los colores de la montaña. Después de esta fiesta, el verano se abatirá con sus alas doradas sobre el Genal y su tierra, cada día con su alba en frescos resplandores, con la flama caliginosa de sus mañanas, y con esos atardeceres de malva y celeste, en los que la permanente sinfonía de los pájaros se interpretará a partir de un inmenso pentagrama de armonía y plenitud.

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