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miércoles, 7 de diciembre de 2022

 

CRONICA DE LA NAVIDAD

El Niño viene envuelto en las gasas de la lluvia

 La hermana lluvia se ha presentado tardía en este diciembre que acude de golpe con los fríos y las aguas que se negaron a volver tras la canícula. Es la antigua costumbre de la lluvia, que huele siempre a niñez, así que pisemos el camino del viejo castañar, cuando hollamos la tierra húmeda y la hojarasca en descomposición. Esas salidas hacia el campo, dejando atrás nuestro confort de sillón y chimenea, son como un bálsamo para los sentidos. El aroma del mundo es pura limpieza y la levedad del aire nos aclara los lejanos horizontes. El cielo es como más azul, las sierras se tornan oscuras en sus grises de piedras y barranqueras, la arboleda se despoja y claman a las alturas las desnudas manos de sus ramajes, o se apaga en los tenues verdes del chaparral, que agazapa su vida latente, solo despierta si los ábregos la sacuden con su abundancia en nubes y brumas. El pinar se estremece con su inolvidable son, y su olor es todo un mundo que se alimenta con las gotas que bajan desde sus acículas, siempre vivas y glaucas. Es la vuelta a ese caminar “entre pinos antiguos de perenne alegría” (Luis Cernuda).

 Por doquier se oyen los ecos de los arroyos traviesos que brincan bajando las raudas laderas, tal vez el chorro de una alberca o una fuente, y abajo, conforme el fondo de vaguada, estricto y curvo, se hace patente,  se anuncia el ronco rumor del río en plenitud, encajando sus caudales por entre las saqueadas choperas, saucedas y alisedas.

 En los pueblos huele a leña quemada y a un cocido que se diseña amorosamente tras el postigo semiabierto de una ventana. Silencioiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii y soledad. Hay un gato recostado sobre sí mismo bajo un soportal, mirando indiferente, tal vez molesto, una ceremonia que apenas recuerda. La lluvia repica sobre las techumbres y las calles, que acunan sus regueros, como si fueran mínimos arroyos que bajan con una voz casi infantil, mientras las canales surten como ilusorios manantiales que nacen en  cada tejado, en cada casa. En los cristales se dibujan las lágrimas que el viento transporta: son como un discreto homenaje a los que ya no viven allí, a los que se han ido para no volver. Brillan las losas de la Plaza, cuyos naranjos gotean sobre el alcorque en finas dádivas que irán a sus raíces sedientas, y el jardín muestra los verdes intensos de la yedra, del lentisco, de la cornicabra, del romero, sobre los que destacan arriba unas cuantas palmeras enhiestas y firmes. Hay un rosal milagroso que presenta una flor superviviente, aun no marchita, aunque inclinada por el peso de las joyas posadas sobre sus delicados pétalos, a partir de un último aguacero. Como nos dijo Rilke, ese poeta alemán que vivió en Ronda, esa rosa es la pura contradicción de un sueño de nadie bajo numerosos párpados. Un sueño invernal, solitario y triste, el sueño estremecido de una flor a punto de morir.

 La tarde también muere cuando suenan las primeras campanadas que llaman a la celebración del nacimiento del Niño Dios. Como si fuesen latidos del alma del pueblo, suenan firmes, claras, escuetas, en una música que no necesita de más sones, contrapuntos ni adornos. Tampoco los precisa esa escena entrañable del establo: solo unos padres que velan a su hijo, entre inocentes animales, entre rústicos pastores que han acudido a contemplar la luz, y un ser claro y alado que anuncia a todo el que quiera oírlo que el Niño ha venido este año envuelto en las gasas de la lluvia.

 

Feliz Navidad, Benalauría. Paz, generosidad y felicidad.

 

De vuestro cronista: José Antonio Castillo Rodríguez.

miércoles, 3 de agosto de 2022

 

CRÓNICA DEL VERANO

"LA HUERTA DEL BALATE"

Benalauría, julio de 2022

En estos aciagos tiempos de temibles incendios que calcinan los montes de España, y de repetidas desgracias, conflictos y enfermedades, bien nos valdría refugiarnos en uno de esos pequeños oasis que nos permiten atisbar algunos rayos de esperanza.

 
Aquí, en nuestro valle, bajo los bravíos peñones de la Dorsal calcárea que nos separa del hermano Guadiaro, se establecieron desde antiguo algunos espacios de huertos y sembradíos, aprovechando las fuentes y surgencias del acuífero Benadalid-Gaucín, responsable de los importantes
avenamientos de Fuensanta y Salitre, entre otros. En nuestra vertiente manan Azanaque y El Balate, de purísimas aguas y sugerentes nombres árabes que dan fe de su ancestral uso: “Los Cercados”, el primero, “Las Paredes”, el segundo. Y así es, Huerta del Balate, haciendo referencia a un extenso muro de piedra ceñido a un suave talud, y perimetral a una pequeña y fértil llanada de
aproximadamente una hectárea, a la que se suman los restos de otros muretes con bancales abandonados que escalan hacia el denso encinar instalado sobre las paredes del Monte Poyato. Por cierto, os recuerdo que la técnica del balate, o muro a piedra seca para el cultivo en terraza, es Patrimonio de la Humanidad.


El lugar no puede ser más ameno. El agua surte en la vieja alberca con su son infinito, cortejada por algunos frutales y chopos desperdigados. Allí se dieron hasta dos cosechas de cereal en tiempos de
penuria, así como buenas producciones de maíz, habichuelas, con huertos de verano e invierno. Una casa de piedra y cal con techumbre a teja preside aquel agrosistema, como hemos dicho un auténtico oasis entre los roquedales y el encinar, “una isla de ager (cultivos) sobre un mar de saltus
(bosque y matorral)”, como lo hubiera expresado mucho mejor el profesor Sánchez Blanco en su libro sobre los andalusíes del Bajo Genal. Quedan arriba las violentas cresterías de la Dorsal, ahora casi ocultas por la recuperación espectacular de las encinas, con su cohorte del aulagar y tomillar, y
las peonías y el espinar de maholetos, mientras que al frente se nos abre, inmensa y totalizadora, la gran barrera de Sierra Bermeja con sus nubecillas del Levante posadas sobre cerros y collados, hoy desolada imagen del inmenso pinar dos veces devorado este año por el fuego de la iniquidad y el abandono.
Pero aquí, las desgracias casi ni se contemplan al lado de una primorosa horticultura que Susana, Jacobo y su hijo se han empeñado en reverdecer. Venidos de la ciudad, se afanan en recuperar los usos de sus mayores, haciendo florecer con nuevas y estudiadas técnicas los viejos huertos que eran el preciado condumio de aquellos campesinos. Buena tierra, agua impoluta, clima envidiable, brisa que transporta los inimitables perfumes del monte, bosque y roquedal, además de afanes indesmayables, esfuerzos inauditos, e ideas claras, muy claras, para escapar de tiranías y vivir con y en libertad en este lugar de fertilidad, sosiego y hermosura.

 
Junto a esos variados cultivos de proximidad, en la más estricta disciplina de lo tradicional, que es la mejor de las ecologías, esta familia nos recibió menguando julio, a partir de las iniciativas y apoyos de "Montaña y Desarrollo", la Universidad Paulo Freire y otras instituciones, para presentarnos su ambicioso proyecto. De momento, un honorable suelo cernido, limpio y dispuesto para la siembra,
los pequeños pasillos de separación de los cultivos con sus tuberías para el goteo y la
microaspersión, los encañamientos para los productos del verano, como ese exquisito tomate rosa de la Indiana ahora en recuperación, del que dimos buena cuenta en el consecuente refrigerio. Todo parece dispuesto para el buen orden y la lógica de los aprovechamientos, en una distribución
racional y muy bien estudiada.

 
De momento, los primeros y satisfactorios resultados. De momento la fuerza vital de estos emprendedores que no merecen otra cosa que el éxito. Ellos nos abren el camino para lo que haya de venir, que algunos intuimos no augura nada bueno.


Y de momento, el agua casta de fondos turquesas, el austero encinar de trinos y vuelos, el inquieto mariposeo de las hojas del chopo, la fecundidad del manzano, el ciruelo y el nogal, la orla gozosa de la adelfa en sus floridos caminos del agua. Todo bajo el inconmensurable azul de un cielo potente y cercano, las fragancias del animoso viento, y el fantástico decorado de nuestra siempre Montaña Protectora.

De vuestro, cronista José Antonio Castillo.

domingo, 10 de abril de 2022

Lluvia de sangre

 LLUVIA DE SANGRE

(Crónica De La Primavera)

 

Llueve sangre del cielo sobre el mar y la montaña. Las aguas, de tan esperadas, han regresado con furia inusitada y teñidas del rojo polvo del desierto. Aguas son, al fin y al cabo, y han venido a paliar una sequía que amenazaba con llevarnos a otro de esos años en que los árboles y arbustos languidecen, se secan las fuentes y arroyos, y los ríos divagan escuálidos y hambrientos.

El pueblo se nos disfrazó de un color anaranjado en las fachadas que miran a Poniente. El barro, arcilla casi indeleble, cubrió tejados y balcones, ventanas y rejas, arriates, terrazas, calles, muros, plazas…era la señal convenida para que la naturaleza nos recordase que el desierto está ahí, amenazante e inmenso, a la vuelta de la esquina según se traspasan el Rif y las dilatadasllanuras del Magreb.

Pero ha llovido. Y bien, a tenor de los caudales de los veneros y las corrientes impetuosas de nuestros dos ríos. Revive la arboleda, resucitan las hierbas tardías, se tocan levemente de nieve las sierras al noreste, y el valle entero se viste ya con las galas de abril: sobre el pastizal sobrevuelan como copos tenues los pétalos del cerezo y del ciruelo, florecen jaras, majoletos y asfódelos,mientras amarillean aulagas, genistas y escobones. Se abren las asteráceas como infinitos soles sobre las laderas, pespuntan las yemas en las ramas de de los castaños, se renuevan los quejigos con ese verde brillante para su traje nuevo, comienzan a aletear las choperas, alisedas y saucedas. Es el jardín. El más prodigioso y perfecto que pueda verse en este mundo, cuando la brisa mediterránea acristala los aires y sol se posa con sus dedos de fuego sobre nuestra Serranía.

Pero los tiempos no son buenos. Parece ser que la epidemia que nos ha encerrado y desesperado ya no es tan dañina, que van a quitar las mascarillas que nos taparon la sonrisa, que ya estamos a salvo, o casi. Y justo cuando comenzaba la ceremonia de la reconciliación con todo lo que nos rodeaba, cuando por fin dábamos la paz y la palabra, cuando recibíamos la dádiva del trabajo y la convivencia, de nuevo en el horizonte una nueva amenaza, un fantasma casi olvidado que se abate de nuevo sobre las confiadas fronteras de Europa. La guerra. La guerra en su más cruel manifestación: una agresión premeditada sobre una nación soberana, a la que se intenta aplastar a sangre y a fuego. Mueren los más inocentes, los niños, los ancianos, y mueren los hombres y mujeres que esperan aterrados en silencio o que empuñan las armas en un ejercicio de resistencia tan heroico como desesperado. Huyen las familias a millones, dejando atrás todo su esfuerzo, todo su techo, todo su pan. ¿Quién podrá repararles tanto dolor y tanto daño?

Es tiempo, sin embargo, de recogimiento y reflexión. De la conmemoración de otra injusticia acaecida hace dos mil años, hecho que puebla las calles de toda España en forma de cortejos e imágenes dolientes, como espectros del sufrimiento y del sacrificio en los imprecisos tiempos del Dios-Hombre. El dolor de hoy y el de ayer, hermanados en esta primavera inquietante y trágica. Respétese el dolor de ahora, aunque algunos nieguen de manera miserable la tragedia que acontece en uno de los pórticosde la vieja EuropaY respétese también el sentimiento de un sacrificio infinito que se renueva cada primavera. Respeto y paz para los inocentes aplastados bajo la bota de los tiranos. Silencio y sosiego ante la tradición y la piedad.

Cedió la lluvia roja pero ahora nos envuelve por doquier una terrible humedad de sangre y de terror. Aquí mismo, tan cerca, tan inminente. En un tiempo que creíamos seguro y confortable. Es este un momento propicio para la reunión familiar, para los reencuentros, para el descanso. Pero al mismo tiempo hagamos cuanto esté en nuestra mano para recuperar la paz. Acojamos a esos millones de refugiados que huyen de la obscena tempestad de las bombas y los misiles. Tensemos nuestros corazones en un denodado esfuerzo por acabar con toda forma de tiranía y de opresión. Paz a los muertos. Castigo a los culpables (algún día en este mundo o en el otro). Desprecio a los indiferentes de la negación y la mentira, a quienes la Historia se encargará de arrojar a su ya superpoblado basurero.

Porque esta primavera cae sobre nuestras conciencias una terrible y cruel lluvia de sangre.

 

De vuestro cronista, José Antonio Castillo Rodríguez.

Benalauría, abril de 2022.

martes, 14 de diciembre de 2021

CRÓNICA DE LA NAVIDAD

CRÓNICA DE LA NAVIDAD

 

El aire de oro mueve las ociosas 

hojas de los pinares…

(Jorge Luis Borges. “A un soldado de Lee”)

 

Malos tiempos corren, vecinos y vecinas. El virus ha hecho mella en nuestra sociedad, dejando tras de sí miles de víctimas, enfermos, y secuelas físicas y psicológicas muy difíciles de curar. Eso sin hablar de la economía, o de la carestía, a pesar de las alegres campanas de la fanfarria gubernamental, que trata de tapar lo que es una realidad incuestionable: de esta salimos no más fuertes, sino más pobres.

 Afortunadamente parece que las vacunas palian los efectos y la gravedad de las sucesivas olas y cepas del COVID. En esto sí se ha acertado; ahora toca convencer a los irresponsables de que sin ellas los graves riesgos personales se acrecientan, por no decir del peligro en que nos ponen a todos los demás.

 Malos tiempos. En la isla de La Palma se ha abierto una ventana por donde la ira de la Tierra expele sin cesar fuego y cenizas, que están sepultando sueños y esperanzas. Y aquí, en nuestro valle, ese horrible incendio del final del verano, con Sierra Bermeja calcinada y las dos pinzas temibles que entraron al Genal por el norte y por el sur. Incendio de sexta generación, nos dijeron, incendio de sexto abandono, decimos algunos. La crisis de la agricultura de ladera, con su corolario de pérdida de rentabilidad, propició la llegada de los cuatro jinetes de nuestro particular apocalipsis: emigración, envejecimiento, despoblación y abandono. Y tras el abandono, el fuego. Ahora todo son plataformas, promesas y buenos deseos, pero cuando los suelos se enfríen y rebroten las semillas (tampoco ayuda esta persistente sequía que mantiene exhausto a nuestro sur), todo quedará en el olvido. En un sexto olvido.

 ¿Qué hacer? Es claro que aquella agricultura de casi subsistencia o intercambio de pequeño espectro territorial no va a volver. Que los viejos usos del bosque fueron sustituidos por un progreso que aniquiló oficios y manejos que mantenían el equilibrio en la montaña. Ni es posible por rentabilidad, ni es solución volver al pasado en un momento en que la moderna agricultura comercial ha engullido cualquier atisbo de volver a las actividades agropecuarias de proximidad, a no ser de manera anecdótica.

Pero hay soluciones muy posibilistas: mantengamos, con adaptación a los nuevos modelos productivos, alguno de aquellos usos, por ejemplo, el ganado, la mejor desbrozadora posible si se regula adecuadamente la carga animal. La limpieza, poda y aclarado para fabricar biocombustibles, cuyas plantas de tratamiento deberían instalarse aquí. La protección efectiva del fuego,de las laderas y sierras con labores de temporada mediante la contratación de efectivos del lugar, que son los que mejor pueden y saben interpretar los ciclos, los métodos y los trabajos en estas difíciles barrancas.

 Y ayudar al campesino, al que sólo se ofrecen hoy trabas excesivas, a veces absurdas, provenientes de despachos de caoba y moqueta tan fuera del mundo real, en vez de fijarse estas a partir de las verdaderas necesidades de nuestros campos. Ayudas, sí, mediante las políticas comunitarias europeas que subvencionan por doquier la producción agraria, mientras los sectores forestales quedan abandonados sin remedio. Como dijo un productor de corcho de Huelva, en un reciente encuentro forestal celebrado en la Universidad de Sevilla al que asistí, ¿por qué se subvenciona a un olivar, o al girasol, y no a un castañar o un alcornocal? Y, desde luego, la protección integral, y digo integral, de Sierra Bermeja, excluida de manera absurda, infame y acientífica del nuevo Parque Nacional de la Sierra de las Nieves. Ello nos ayudaría sobremanera a la orla periférica, en forma del establecimiento de actividades silvoforestales y pecuarias, además de hosteleras. Pero de esta compleja cuestión hablaremos otro día, pues sé que las presuntas leyes y limitaciones de este tipo de espacios no son bien recibidas por un campesinado que ya no puede resistir más.

Insto desde aquí a los alcaldes de este Valle a actuar, y a hacerlo ya. No queda tiempo: con las actuales políticas el territorio ha perdido más de dos tercios de su población en sesenta años. Toca cambiar el tratamiento para curar al enfermo, pues el diagnóstico es bien claro: el pequeño mundo del Genal y su paisaje, donde el hombre ha sido y es protagonista decisivo, está a punto de fenecer tal como lo conocemos. Hay que actuar ya, insisto, sin dilaciones, con unidad, sin egoísmos ni absurdos partidismos. No nos queda apenas tiempo. Ha llegado la hora de exigir, no de rogar ni de aceptar más limosnas. ¿Estarán nuestros 15 alcaldes a la altura de este gravísimo momento?

 Esta crónica se os ofrece con un pesimismo muy poco navideño, esa es la verdad. Pero yo no puedo, como cronista que soy de la realidad del momento, engañarme y engañaros. Sin embargo, quiero ver en el horizonte un rayo de luz. Tal vez, a través de los negros nubarrones de la indiferencia, la inacción y el olvido, se abran paso las ideas, los proyectos, las iniciativas de los más jóvenes, con paradigmas como esa asociación “Montaña y Desarrollo” que se ha instalado en algunos de nuestros pueblos. Que se desprecien esas vergonzantes limosnas y se obtengan los beneficios de nuevas políticas que pongan fin a tanto olvido, a tanta desesperanza. Que se sostenga población en una medida suficiente para que el paisaje y los pueblos no se nos mueran. Que retorne la lluvia con ese llanto viejo, pausado y persistente de los ábregos sobre nuestros bosques. Que corran los arroyos desatados hacia los padres Genal y Guadiaro. Y que de nuevo, al atardecer, el aire de oro vuelva a mover las ociosas hojas de los pinares rebrotados, en nuestra salvaje, singular y valiosa Sierra Bermeja.

 

 Feliz Navidad. Paz, salud, prosperidad y esperanza. Y consuelo a quienes han perdido a sus seres queridos.

 

De vuestro cronista, José Antonio Castillo Rodríguez. Diciembre, 2021.


lunes, 14 de junio de 2021

Crónica del Verano. De los balates, albarradas, bancales y majanos.

 

Crónica del Verano

 

De los balates, albarradas, bancales y majanos

 

 Desde el año 2018  los balates forman parte del Patrimonio Inmaterial de la Humanidad, que promueve la UNESCO. Pero, ¿qué entendemos por un balate? En general se hace referencia a un murete de piedra seca, realizado en una pendiente de una ladera, para poder sostener tierra en horizontal que nos permita un determinado cultivo. Es decir, una rectificación del terreno realizada por el campesino para aprovechar al máximo la tierra de la que dispone, que sin esta estructura no podría ser cultivada. En nuestro término municipal tenemos un ejemplo toponímico en la de todos conocida “Huerta del Albalate”, donde efectivamente existe una notable pared de estas características, que limita una explanada en la que siempre conocimos cultivos de regadío, mediante manantial y alberca. El término viene del árabe albalat, camino, lugar empedrado, aunque su primer origen parece griego, plateia, es decir, explanada, o del latín parietis, que significa pared, y de ahí nuestra parata.

 Extendidos a lo largo de nuestra montaña, los balates “esmaltan los paisajes (Guzmán Álvarez, 2010)” en todo lo que fue el Xharq al Andalus, es decir, la actual España a levante, y a lo largo de la montaña mediterránea, sean de riego, los que se escalonan con esta técnica, estos más altos y fuertes para soportar el mayor peso que proporciona el agua, sean en secano, creando nichos incluso en laderas muy pronunciadas, para sostener árboles, generalmente olivos, aunque también almendros, algarrobos, higueras, incluso cepas de vid. De los primeros tenéis un magnífico ejemplo en el Molino de Pedro Álvarez, o en los huertos de Almenta, y en algunas explotaciones de La Alberca, Jemáez o en los pagos del Guadiaro, de los segundos los más bellos y laboriosos los he hallado en Balastar (Faraján), sobre las faldas de Sierra Prieta, en Yunquera, Montes de Málaga, y sobre todo en la Axarquía, en Sedella, Salares, Árchez, Sayalonga, Cómpeta, Canillas de Albaida, Arenas, etc…, donde además de servir de soporte a complejos agrosistemas de riego, con un gran entramado de tomas y acequias, existen verdaderos escalonamientos de paredes que siguen fielmente las curvas de nivel:  además de su función de favorecer los cultivos, por sí solos constituyen un elemento humano esencial para paliar o incluso detener los graves procesos erosivos de aquellos valles.

 La diferencia entre balate y bancal es que el primero es una pared, un soporte, mientras que el segundo es la superficie de cultivo(mejor llamarlo tabla o tablar), por eso se confunden los términos, pues en zonas de roca consolidada a veces no es necesario construir con piedra seca, sino escalonar simplemente el talud, como podéis observar en el Huerto de los hermanos Conde (ignoro el porqué de “Huerto de Pujerra”), o en nuestros “Bancales”, bajo el pueblo. Otra acepción es la de Albarrada, también muro o pared de piedra. No hace falta insistir en este nombre, que hace referencia a una de nuestras calles más transitadas.

 Diversos nombres revisten los balates según la función que realizan, pues el de los cultivos es solo una de tantas (Yus Ramos, 2018): si se trata de limitar propiedades mediante muros se llaman pasillosi van paralelos, con un camino entre las explotaciones. De este tipo tenéis un muy bien conservado modelo en Benajamón. Si sostiene una senda o camino en una ladera con gran pendiente, se denomina poyata, poyato o poyo, (se me ocurre pensar si el nombre de nuestra más alta sierra no hace sino referencia al viejo camino hacia Siete Pilas y el valle del  Guadiaro). Si tiene forma semicircular y se construye en un fondo de valle, responde al nombre de  majano.

Pero majano tiene otras acepciones, que responden a sus diversas disposiciones, como el apilamiento después de un despiedre de un campo, un elemento de separación para ganado o explotación, y, según me cuenta Cristóbal Díaz, una especie de murete a piedra seca con orificio para el fuego que servía de cocina exterior a la casa, si lugar hubiera, para guisar en verano, con leña claro está, dado el excesivo calor que en el interior de la vivienda producía un hogar encendido. Os adjunto una imagen de uno que él mismo ha reconstruido en  un patio del Fresnillo.

 El caso es que, de una manera o de otra, perviven en el mundo campesino de nuestra montaña muchos de estos ejemplos citados, muestra de un pasado en que la vida en el campo era muy ardua y trabajada, en una tierra hermosa, aunque “áspera y difícil” como la definiera un cronista real en tiempos de los Reyes Católicos.

  Pero hay que advertir que en nuestra provincia están desapareciendo, sea a causa del abandono progresivo e imparable de los cultivos en las serranías tras la crisis de la agricultura tradicional, sea por la especulación brutal a que se ve sometida la tierra axárquica, hecho debido a la implantación masiva del aguacate en grandes bancales esculpidos a base de maquinaria pesada, con el consiguiente peligro de grave erosión, en lugar de proseguirla tradición del balate aunque sea con técnicas más modernas, como se ha hecho con acierto en algunos pagos de la Alta Axarquía.

 En definitiva, esta vieja sabiduría de la piedra pura que sostenía el pan o el maíz, la hortaliza, el aceite o el fruto de los campesinos, está, como otros tantos usos del campo, en trance de ser borrada de nuestras laderas, oscureciéndose para siempre lo que fue uno de los más bellos ejemplos de la comunión del hombre con su tierra, aún presente en aquellos viejos paisajes culturales  de las vertientes del Mediterráneo.

 

De vuestro cronista, José Antonio Castillo Rodríguez. Benalauría, Junio de 2021.

 

lunes, 29 de marzo de 2021

 

Una crónica (breve) y un soneto




 
Benalauría, abril. 2021. Queridos convecinos:
 
 Una nueva Semana Santa se nos viene con los azahares que surten desde las savias ocultas para perfumar huertos y bancales. Amarillean genistas y escobonales por cerros y laderas. Florecen vincas, maholetos y jaras, ciruelos y cerezos. Leves van los arroyos con sus aguas someras y puras, silba la brisa, se entonan las aves, pasean las nubes sus alburas por caminos de intensos azules. Ellos no entienden de pandemias ni encierros. No saben de prohibiciones ante el peligro tenaz y asesino que nos acecha. Y la sierra entera es como un gigantesco atanor donde se decantan miles de brillos y de aromas.
A sus sublimes y familiares olores, destellos y sones nos acogemos, hermosa paleta sensorial que sintetiza patios de fertilidad, lágrimas de la lluvia, férvidos soles y los pálidos oros de la luna. Un aura que nos eleva hacia esos otros recuerdos de las músicas sacras, de los tronos y los pasos entre claveles y cirios, donde Dios hecho hombre y sufrimiento es paseado bajo el aire de cristal cuando atardece, y las Vírgenes, acunadas bajo un toldo de estrellas, lloran por el Hijo perdido.
 No; este año tampoco podremos. Se nos abre una rendija pero las puertas siguen cerradas, aunque ese impulso que nos dirige hacia las calles, bajo músicas, bajo inciensos, bajo ese sol que ya recupera su fuerza y esa noche que sueña bajo el dulce sigilo de sus sombras, ese impulso, hibernado en meses de angustia e incertidumbre, vuelve de nuevo porque está prendido en la esencia misma de nuestro ser mediterráneo. Ese inmenso hogar de azuladas espumas que ahora regresa a la vida, acunado en su esplendor de diáfanos brillos, y en los vaivenes y ondas donde habitaron los mitos, los dioses y los héroes.
 Volveremos como el azahar tras su destierro de helados presagios. Saldremos a los trinos del alba, al sol poderoso que esculpe la Sierra y el bosque, a los rumores del agua bajo el crisol de la tarde y a las trémulas estrellas. Tornaremos a la emoción de las flores, de las músicas, de la cera. En todas partes, en cualquier ciudad, pueblo o aldea. Como cada año, como cada abril.
Os dejo este mi sencillo soneto para un tan sentido Descendimiento y Entierro que se nos ha hecho costumbre en nuestro pueblo cada primavera. Disfrutad de vuestro merecido descanso en estos días de transparencias y retoños, de espejos y aromas, de esplendentes cielos.
Compartid vuestra vida hasta donde sea posible con discreción, responsabilidad y prudencia.
 
A Cristo, en su descendimiento y entierro
 
Nadie entone la lágrima o el verso
al ver su cuerpo herido y lacerado
colgando de la cruz, mortificado,
la maltratada piel y el rostro terso.
 
Nadie llore su trágico y perverso
final, ni  su  postrer grito angustiado,     
pues muere por llevarse en su costado
todo el dolor que colma el universo.
 
Lo bajan de la cruz. La llama alumbra
la triste escena. El pueblo compadece
sus heridas de muerte y sus horrores.
 
En urna de cristal, cuando atardece,
lo transportan, y luego en la penumbra
descansa Cristo en paz sobre las flores.

martes, 9 de marzo de 2021

 

CRÓNICA DE LA MUJER

 

Benalauría, marzo, 2021

 

No seré ni estaré nunca cerca de ningún extremo de donde pueda caerme. El límite entre el ser y la nada me aterra por lo que tiene de vacío. Y como Antonio Machado, intento no dejarme atrapar por las voces de los tenores huecos. Tampoco de las que ahora van de vicetiples. 

 Viene esto a cuenta de este tan manejado Día de la Mujer. Tengo de ellas ancestros campesinos y demasiados genes de montañas, aguas y arboledas, de los que nunca renegaré. De modo que sé de sus muchas dificultades. De aquellos días siempre iguales al pie del fogón y la leña, de la panera de ropa y sabañones, de los animales, de la recolección, de la prole. Y de sus tardes y noches en soledad mientras el hombre se bebía su amargura en la taberna.

 De ahí venía mi madre, aunque su vida fuera otra por circunstancias, vida la que hubiera estado atada aunque hoy ese mundo campesino sea otro, afortunadamente también para la mujer. Sus hijas, mis hermanas, fueron y son médico y profesora (no me gusta médica como no me gusta violinisto). Mi mujer, oiga sí, mujer, del latín "mulier" nada menos, también docente, como mi hija. Tiempos nuevos propiciados por los grandes cambios en las mentalidades. Tiempos, sin duda, mejores, aunque aún tengamos que soportar demasiada violencia y muerte a manos de los desalmados. Hágase justicia y edúquese. Sobre todo edúquese.

 Me alegra saber que Helena fuese el leit motiv de una de las historias más sublimes de la Literatura Universal, que Dulcinea fuese el bálsamo de la locura de Quijano, que se reconociera el impagable trabajo de Madame Curie, doble premio nobel de Física y Química. Que en nuestros días, en las grandes corporaciones haya un creciente número de mujeres dirigiendo, que una tal Ángela Merkel haya liderado, prudente y brillante, la Unión Europea, que Ana sea directora de uno de los bancos más importantes del mundo, que Victoria y María fuesen las neumólogas que me devolvieron el aliento, que Cari la enfermera o la madre Teresa madruguen cada mañana alegrando el desayuno a sus enfermos, que María José enseñe a leer a cientos de infantes sin tregua ni cansancio. Que Julia Roberts nos haya enamorado tantas veces, como la Streisand o Enma Thompson, que Isenvayeva volara con el viento, que Diana Navarro sea prestidigitadora del aire, que Isadora Duncan fluyera como un torrente sobre las músicas inmortales. Que el mejor gobernante de la Historia de España se llamara Isabel...

 Y sobre todo que muchas de mis alumnas hayan conseguido casi todos sus sueños.

Espero que muy pronto no tengamos que celebrar el día de, porque todo el año sea el de... la mujer, libre, realizada, trabajadora, integradora e inteligente. Sin complejos, ni etiquetas. 

 Y lo dicho: las vicetiples y las divas, al teatro.

 De vuestro cronista, con admiración, respeto y fe en el futuro, queridas convecinas.

viernes, 18 de diciembre de 2020

CRÓNICA DE LA NAVIDAD. Diciembre de 2020, el año de la pandemia.

CRONICA DE LA NAVIDAD 

Diciembre de 2020, el año de la pandemia.

    Queridos vecinos y vecinas de Benalauría: Muy difícil se me hace este año pergeñar estas pocas líneas de crónica y felicitación. El mundo está pasando globalmente por una inmensa tragedia que se ha llevado y se va a llevar a millones de seres humanos, que ha casi destruido físicamente a otros muchos, y que ha provocado una gigantesca crisis económica, también global, que golpea sin piedad a decenas de actividades, y a un ejército de trabajadores que ven como, sin esperarlo siquiera hace un año, han perdido todas sus fuentes de ingreso. 

    No busquemos culpables, pues no los hay. Si acaso podríamos reflexionar en qué se ha fallado, en la falta de previsión, en improvisaciones inadecuadas que, en un principio, agravaron el problema por todas partes. En nuestra España la tragedia ha ido de la mano, por si fuera poco, de la más absoluta desunión de la clase política, teñida de palabrería, broncas e innecesarias radicalidades. Que cada cual se adhiera a la que más le convenga, yo, a ninguna. Aquí, quienes han estado siempre en su puesto aun a costa de su vida han sido los hombres y mujeres de sector sanitario. Ellos y los que no han parado en sus trabajos esenciales para que el país no se cayera con estrépito, y todos nosotros con él.

    Pero yo sólo soy un sencillo cronista de una pequeña comunidad de la Serranía de Ronda, así que vamos a ello. Afortunadamente, no hemos tenido que lamentar por el momento en nuestro pueblo ningún fallecido por la pandemia, aunque así algunos casos muy esporádicos, de modo que algo se habrá hecho bien, señal de que ha habido prudencia y mucho cuidado hacia los mayores que aquí son población esencial. Los que se han ido lo han hecho por causas naturales o larga enfermedad. En todo caso, descansen en paz. 

    Ha sido un año distinto, y nosotros, estad seguros, quedaremos señalados para siempre por esta tragedia. Calles vacías, bajo un silencio aterrador, imágenes que nos recordaban esas distopías de las películas que todos hemos visto: de pronto, la realidad superaba a la ficción. Luego llegó el verano con su tímida apertura, aunque sin fiestas, para de nuevo caer en esta segunda ola en la que estamos, temerosos de nuevos picos, aunque con la esperanza puesta en las vacunas que vienen. Quiera Dios que funcionen y podamos volver a nuestra vida de siempre.

    Benalauría se enfrenta a unos retos más que inquietantes. Si ya de por sí estábamos inmersos en una decadencia y desánimo generalizados, esta epidemia nos puede dar el tiro de gracia si no reaccionamos con presteza. El pueblo está más hermoso y cuidado que nunca, con rincones recuperados y un jardín restaurado y acondicionado, dedicado con justicia al gran naturalista Simón de Rojas Clemente, el verdadero descubridor del pinsapo, al tiempo que se han iniciado las obras del tan ansiado e imprescindible aparcamiento. Con errores también, como ese adefesio añadido sobre los muros de un edificio del siglo XVIII, el de nuestro Ayuntamiento, con la idea peregrina e innecesaria de adecuar unos baños a menos de dos metros de una casa habitada. Un parche absurdo que ha roto líneas y perspectivas en un espacio urbano consolidado, ahora recoveco infame. Supongo que hubo el preceptivo informe técnico, en todo caso ¡qué gran error! 

    Pero un pueblo tan bello y cuidado puede convertirse en una suerte de parque temático, frío, sin vida, sin pulso, que es donde estamos ahora. Toca reaccionar, pues hemos pasado de ser un lugar referencial en la Serranía a la mayor de las insignificancias. No busquemos, de nuevo, culpables. Os remito a la famosa frase de John F. Kennedy: “No te preguntes qué puede hacer por ti tu país. Pregunta lo que puedes tú hacer por él.” Esto es de todos, Corporación, asociaciones, pequeños empresarios, gente del campo, vecinos y vecinas. No quedará otra que apretar, que levantarse, que luchar, que aportar ideas, que renovar las ilusiones a partir de las iniciativas del actual Equipo de Gobierno, que ha de tomar el mando con energía e irradiar proyectos y facilitar las iniciativas.

    Esas han sido nuestras debilidades, ahora toca hablar de las fortalezas. Nuestro paisaje, puro, arbolado, de amplios horizontes, de las generosas aguas de dos ríos vertebradores de sendos grandes espacios contrapuestos, el radiante Guadiaro de las tierras adehesadas, de las huertas y el ferrocarril, y el sombrío Genal de castañares de oro y verdes opulentos, o de los pardos alcornoques, quejigos y encinas, entre los que aparecen el pegujal de añosos olivos y los ocultos tesoros del huerto tras su alberca. También disponemos de una buena red de alojamientos que suelen estar bastante solicitados, de unas rutas convenientemente señalizadas para los senderistas, de una magnífica vía ferrata, y, sobre todo de un capital humano, basamento de algunas asociaciones como Montaña y Desarrollo, que sabe y entiende que hay que salir de esta. Con tales argumentos, empuje, determinación, imaginación y buen gobierno nos reconvertirían hacia el punto de donde nunca debimos salir. 

    Queridos amigos. La foto que os propongo, de Andrés Mena, nos refleja una luz tamizada, casi etérea, propiciada por las brumas de los levantes sobre nuestra Sierra Bermeja. Pinsapos como símbolo de la fuerza y de la pervivencia. Imagen hecha naturaleza del Niño que se acerca en estos días felices que celebramos todos los hombres de buena voluntad, independientemente de nuestras creencias. Que os sirva de postal. Reuníos con mucha prudencia y seguid con disciplina las recomendaciones de los gobernantes. Y pensad esto: en numerosas casas de nuestro país, la familia no va a discutir sobre qué cenar o comer, sino qué se puede hacer con la alacena vacía y el monedero sin esperanza. Sed muy solidarios. Este año, más que nunca. 

    Feliz navidad de vuestro cronista José Antonio Castillo Rodríguez.

martes, 17 de diciembre de 2019

CRÓNICA DE NAVIDAD

De vuestro cronista José A. Castillo. Benalauría, diciembre de 2019

A pesar de los malos humos que nos rodean, y no hablo en sentido figurado. A pesar de la plaga silenciosa y asesina del plástico en los mares, de los catastróficos incendios en California y Australia, de las inundaciones, de la carbonización que no cesa a causa de los oscuros intereses y la egoísta insensatez. Del recelo a las energías limpias que no acaban de despegar.

A pesar de estos mediocres tiempos políticos donde se gobierna a base de ocurrencias, que no de ideas. A pesar de la parálisis de nuestra España, sólo en marcha gracias al tesón y la responsabilidad de la mayoría de sus ciudadanos: como se dijo en el Poema del Cid, Dios, qué buen vassallo si oviesse buen señor… A pesar de los falsos profetas que todo lo prometen, que todo lo dan, pero que nunca dan nada salvo a sí mismos y los suyos. A pesar de tanta mentira, de tanta impostura, de tanta injusticia, de tanta falsa supremacía de pensamiento y de pretendida e inmoral superioridad.

A pesar de los negros nubarrones que algunos anuncian para la economía y bienestar del mundo. A pesar de los padres y madres que ven sus monederos y sus frigoríficos semivacíos a causa de ese paro crónico que les acontece; a pesar de los miles de jóvenes que se levantan cada día con la desesperanza de no encontrar un hueco en esta sociedad que les niega el pan y la sal.

A pesar de tanto dolor y tanto miedo a causa de los maltratos a los y las más débiles, de los crímenes atroces, del innoble olvido de pasadas y sangrientas pesadillas no tan lejanas.

A pesar de los miles de inocentes que naufragan y mueren, envueltos en ese inmenso sudario de sal y espuma en que se ha convertido el padre Mediterráneo; a pesar de los que huyen de las infames guerras del fanatismo y la pobreza, cuando no de bastardos intereses económicos.

A pesar de los que padecen la enfermedad y el dolor inmisericorde, de los que ven como día a día el mal corroe sus cuerpos y su ánimo, de los que lloran una vida cercana que se fue, de los que viven en un pozo sin luz y sin fondo, vagando sin rumbo por los oscuros laberintos de la mente.

A pesar de todo ello, queridos vecinos, hay que levantar los corazones, mirar a lo más alto de las ásperas montañas, y a lo más profundo y lejano de los mares azules, para intentar hallar la luz, para establecernos en la paz, para seguir caminando con firmeza sin mirar demasiado hacia atrás.

Y es que es Navidad, nada menos. Una época que algunos, y con razón, denuestan por superficial y despilfarradora, por su hipocresía bien pensante, por su optimismo exacerbado. Sin embargo, esta fiesta de la civilización cristiana occidental parece venir a decirnos, seamos o no creyentes, que es el momento de la reflexión sobre uno mismo, de reconciliarnos con esa maltratada Tierra donde vivimos, de dar algo de lo que quizá nos sobra, y de sonreír, de sonreír siempre, si quiera unos días, una pausa entre tanto egoísmo, entre tanta indiferencia, entre tanto olvido. Ojalá fuera navidad todo el año, me digo a veces, en una reflexión que es sin duda utopía bien pensante y en cierto modo exculpatoria. Como sé que es imposible, me consuelo con ese rinconcito del calendario, entre diciembre y enero, donde se refugia buena parte delo mejor de nosotros mismos.

Lo de menos es el portal que ideara el Poverello de Asís, el árbol nórdico, o las luminarias grandilocuentes que embellecen nuestras ciudades. Tampoco importan el barbudo del traje rojo, o los tres Magos, quién sabe si Reyes, que caminaban en pos de su estrella. Eso se justifica ya de por sí con la sonrisa de un niño, una de las cosas más bellas que uno puede contemplar, como es la más desgarradora el oír su llanto.Pues procuremos lo primero y evitemos que se produzca lo segundo, en esas escenas terribles de hambruna que vemos desde nuestra insultante abundancia.

Noche de Paz, canta el villancico inmortal, Patrimonio de la Humanidad, que compusiera en 1818 un maestro austríaco llamado Franz Grüber, y al que puso letra el sacerdote Joseph Mohr.Pero yo os digo, mejor Año de Paz, por siempre, para siempre. Paz, trabajo, abrigo, hogar y pan para todos los seres humanos que poblamos el seno amable y acogedor de nuestra vieja y generosa patria, la Tierra.
YOU’LL NEVER WALK ALONE

Tú nunca caminarás solo, cantan los enfervorizados hinchas del Liverpool a su equipo. Tanto en la derrota como en la victoria, ningún otro grupo sabe arropar a los suyos como con este himno inmortal, cuyo encabezamiento es el lema de la institución, grabado en letras de gloria en las paredes del viejo campo de Anfield.

Nuestro amigo José Antonio cumple 50 años, que dicen son los años de la sabiduría, de la serenidad, de ver las cosas con perspectiva de pasado y de futuro. Menor de dos hermanos, vino al mundo bajo la Plazoleta, tan cerca de Antoñita y Francisquín como de la eterna María Mateos, frente al olor en la amanecida de ese honrado pan nuestro de cada día que Cristobalina, Antonio y sus hijos nos proporcionan, y vecino siempre de Pepe Luis y su gente, delas dos Anita Rodríguez, de Rafalín y Mary Carmen, y del inolvidable Guillermo, de cuya hija Belén es uña y carne. De estudios medios, supo hacerse un hueco como administrativo municipal cuando el gobierno de Begoña, cargo que desempeña desde entonces con eficiencia y honradez.

Un cargo que le hace estar siempre al pie del cañón, a las duras y a las maduras, que lo mismo vale para un roto que para un descosido, para una defunción y funeral, para un nacimiento, para una inscripción en el censo, para un impuesto que explicar, para una tasa que examinar, para un trabajo que ofrecer y controlar, para un presupuesto que calcular, para un pago que realizar, para un ingreso que incluir.

Siempre, tras su mesa, allí veréis a Joséantoñito, con su figura oronda y su amable sonrisa, atendiendo cuatro asuntos a la vez, tres oficios que han llegado, dos llamadas que han sonado, tres visitas que esperan ser atendidas, esperando que, de cuando en cuando, que es casi todos los días, llegue el alcalde Eugenio con ese papel urgente que necesita de su atención inmediata, sin que importen todos esos montones de carpetas y expedientes que necesitan ser resueltos. También, como manijero que es de todo lo que se cuece en el municipio, ha de viajar acompañando a la autoridad para ver qué se puede hacer en Ronda, en algún organismo comarcal, o en Málaga, navegando por las difíciles aguas de la Diputación, intentando que la habitual palmadita en la espalda del presidente o la diputada de área se haga realidad en forma de algún proyecto que venga a paliar las graves deficiencias que en estos pueblos acontecen.

Él sufrió la pérdida cruel y prematura de su madre, y supo paliar el drama familiar con un cuidado exquisito hacia su anciano padre, a quien asistió de manera ejemplar hasta su muerte. Quedose solo, entonces, pues su único hermano vivía y vive junto a la mar sampedreña, aunque nunca lo estuvo, a tenor tanto de las visitas en ambos sentidos de Paco e Inmaculada, como por la amistad que a tantos y a tantas le une; aquélla fue su inevitable desgracia, ésta su suerte, ganada a golpes de ser tan buena persona.

Él sufre como nadie, pues tiene un puesto donde todo se contempla, la situación de aquella familia a la que no le llega cuando acuden las crisis y los Ayuntamientos tienen que tirar de donde no se sabe dónde. Él ve desde su atalaya las faltas de su pueblo, las continuas averías y desperfectos a los que deben acudir siempre, de noche y de día, en la alegría y la enfermedad, con la calor y la escarcha, esos otros dos admirables factótum que son su primo Fran y su amigo Pepe. Él padece diariamente la falta de presupuesto casi para todo, tirando de la serreta suavemente a los munícipes de turno cuando estos ven el vaso medio lleno, cuando en realidad no es que esté medio vacío, es que a veces ni siquiera hay vaso. Él abre e inicia interminables expedientes para las promesas que no llegan o se eternizan: aquel muro, aquella calle, esa plaza, el saneamiento, los cableados, la fibra, el Wi-Fi, y por supuesto, esas dos obras que amenazan con resolverse cuando ya ni siquiera existan los coches: la carretera y el aparcamiento.

Y él observa como nadie el mayor de los dramas que atenaza a los pueblos del interior, y especialmente a los serranos: la creciente despoblación, el abandono de las actividades, del monte y de las tierras, los negocios que no funcionan, el envejecimiento irrefrenable, las casas cerradas que ya no se abren, las calles que se quedan medio vacías.

Esa es su vida diaria y esos sus aconteceres, a los que se añaden su continua colaboración en las fiestas del pueblo, sobre todo en lo que respecta a la Iglesia, donde guarda y expone, viste, adorna y organiza, bajo la atenta e implacable mirada de Isabelina, no vaya a ser que un clavel se haya salido del jarrón, esa vela se apague, la Dolorosa se vea descolocada o Padre Jesús tenga una mancha en la túnica.

También, y por fortuna, sus repetidas visitas a sus innumerables primos Villanueva, y a sus numerosos amigos de toda edad y condición, hogares donde concelebra merendonas de dulces y matanzas, o tal vez festines en los que participa con su acreditado buen hacer en la cocina, en esas interminables tardes del invierno, cuando la falta de luz abre las bombillas y la lluvia extiende su manto de niebla y nostalgia por los cerros y vaguadas del Valle.

Amigo de todos, buen conversador, nunca en él la malicia o la crítica desmedida o el comentario inapropiado. Observa, opina a veces, otras calla, y siempre propone aquella salida, un viaje inesperado, una reunión con pretexto o sin pretexto, con un vaso de vino cuando su salud se lo permite, y una buena comida a propósito de lo que sea, que lo que sea siempre viene bien para estar con la gente, con esa gran familia en que se ha convertido su pueblo entero.

No, amigo José Antonio. No estás solo en este mundo. Tus vínculos son demasiado fuertes, tus quehaceres demasiado imbricados en la sociedad en la que vives, tu dedicación a los demás en permanente actitud, tu sonrisa en generosa prestancia. Termino como comencé: por todo ese trabajo, por todo ese afán y por toda esa amistad, tú nunca caminarás solo.


De tu amigo, don Pablos, Benalauría, a 23 de noviembre de 2019.

martes, 17 de septiembre de 2019

DON JESÚS, EL MÉDICO

DON JESÚS, EL MÉDICO

De vuestro cronista, José Antonio Castillo. Septiembre, 2019.

Aunque sea su natural sencillo y nada proclive a los halagos, don Jesús merece, después de tantos años, casi treinta ya, unas palabras escritas en este foro, si quiera por su labor callada, por su celo, por su amor a la carrera y al juramento que se le requiriera, de atender al enfermo o herido en toda circunstancia y lugar, de curar hasta donde se pueda, de anunciar la vida que viene y certificar la muerte del que se va, de consolar al afligido por la pérdida o al desesperado que no puede más. Él lo consiguió con creces y en demasía, desde la profundidad de su saber, de sonreír siempre, y siempre es todos los días, y desde esa confianza que destilan sus manos, su actitud y su mirada.

Llegó desde su Málaga con Begoña, esa alcaldesa que supo y pudo concitar y encauzar las actitudes y afanes que vinieron a cambiar la fisonomía y las expectativas de este pueblo, y desde entonces no ha cesado de hacer su trabajo, día a día, guardia a guardia, visita a visita, con sus niños y sus niñas, con sus enfermos crónicos y ocasionales, con los que viven aquí y con los transeúntes, con sus viejitas, con sus embarazadas, con sus accidentados. Nunca le oí un reproche, ni una crítica dirigida ni siquiera a esa administración que tan mal los trata, nunca una queja por su excesivo trabajo y las dificultades, las distancias y la falta de medios para realizar su labor. Nunca. Por el contrario, la disponibilidad a diario, el consejo certero, la sabiduría expresada que emana de su dilatada experiencia en el mundo rural que él escogió, lejos de los grandes centros hospitalarios y las ciudades, de los oropeles de las clínicas privadas y sus fríos colores que anuncian un falso bienestar, porque su vocación le impelía a restar el dolor a los más indefensos, a los que están más aislados, a los que son más pobres.

Siempre dispuesto, suele acudir al lugar donde más se le necesita, porque él sabe dónde están los que sufren y padecen, y lejos de cumplir su estricto horario, se presta a paliar ese mal que ya no tiene cura, o ese sufrimiento familiar que no es posible aminorar si no es con esa visita que abre una puertecita a la esperanza, porque, insisto, él lo hace posible desde el corazón y no desde la profesión.

Amigo de todos, y desde luego de sus amigos, sabe también echar ese buen rato que, más que nadie, necesitan los profesionales de la salud pública, resignados a convivir cada día con la enfermedad que no cesa, con la desesperanza que aparece de golpe, como un guantazo inmisericorde, o con la muerte que se anuncia. Hombres y mujeres esforzados, siempre en la orilla de lo más doloroso de la condición humana. Y lo hace como uno más, casi escondido, sin pontificar nada que no haya demostrado en sus años de servicio a estas comunidades rurales a las que ya pertenece de pleno derecho.

Algunas calamidades alcanzaron hace poco a su familia, azotada por inclemencias inauditas, sobre todo la inesperada muerte de su hermana Ana, también profesional de la medicina, a quien se llevó en plenitud, cruel e inesperadamente, un viento extraño e implacable que asoló a su familia. Pude ver a Jesús en el funeral y comprobar que, aun desde la noble profundidad de sus ojos, tal vez se rebelaba contra tamaña injusticia, y sin embargo, sabedor de lo inexplicable de la vida y de la muerte, y atribuido de esa bondad que le caracteriza, en su cara triste y atribulada por aquella desgracia sin consuelo me pareció ver como esbozaba una tímida y resignada sonrisa.

lunes, 19 de agosto de 2019

HEMOS CONSEGUIDO ALGO MUY GRANDE

HEMOS CONSEGUIDO ALGO MUY GRANDE

-Traedme ese moro ahora.
-Así lo haré si me aguardas.

El día 4 pasado Benalauría se entregó a su fiesta en cuerpo y en alma. No había en esa mañana luminosa y alegre ni un centímetro cuadrado que no estuviese ocupado por una bella andalusí, por un belicoso campesino, por una cristiana o un mudéjar airado. Caballos bien arriados, gallardetes y estandartes, velos, espadas, horquetas, bieldos. Cascos relucientes, cotas, turbantes, banderas, pañerías, y la gente, niños, niñas, mayores con demasiadas canas y otros en trance, gentes de dentro y de fuera, estos ya vestidos y agregados a la celebración, como si fuera suya porque ese fue siempre nuestro deseo y nuestra recomendación: la Fiesta sin límites, para todos, con buena voluntad, con alegría, bajo la acogedora hospitalidad que siempre hemos procurado.

Estamos en la cima, queridos amigos, y eso es bueno, es hermoso y satisfactorio tras lo que ha significado un trabajo bien hecho. Demasiados años ya, y aquí seguimos hasta donde Dios nos dé fuerzas, y en su caso podamos y sepamos transmitirlas a los que vienen detrás. Estamos instalados en un éxito indiscutible, que nos ha llegado a través de un gran esfuerzo colectivo, de una organización que gana en efectivos año tras año, de una técnica que se perfecciona, de un exorno que nos embellece las calles y plazas, de un elenco de actores que nos hacen crecer la emoción, sin que se noten los relevos, porque los nuevos han aprendido, y mucho, de los que se fueron, que siguen ahí. De unos extras disciplinados y siempre dispuestos, siempre, celebración tras celebración, sin fallar nunca aunque las fuerzas faltena veces tras tanto jolgorio.

Hemos conseguido el colorido y la acción, las actitudes y las palabras, la puesta en escena más provechosa y ajustada que en el mundo hubiera, dada la multitud y dados nuestros escasos metros, para que todos puedan estar, sin que falten nadie ni nada, incluso la oración ritual a Dios o a Allah, sin que parezca extraño, pues aquí todo cabe dentro del respeto, de la tolerancia, de la concordia, de la diversión sana y alegre. Y tenemos nuestro nuevo libro, con notas brillantes de expertos estudiosos, incluso con la natural controversia historiográfica que aquí admitimos desde siempre; un libro bello con imágenes de magníficos fotógrafos y un texto limpio y cuidado, en una edición hermosa que nos va a dar más prestigio y nos va a conceder más rigor.

Y todo esto no puede ser casualidad, no. No lo es porque es imposible concitar tanto entusiasmo y tanto esfuerzo si no hay detrás algo muy potente. No lo es porque a buen seguro el trabajo se engarza y se traba en un imaginario colectivo que ha llevado a este pueblo a convertirse en un gran plató donde todos los hombres y las mujeres, sin importar edad o condición, han superado el límite de la realidad para vivir en una ficción que han hecho suya, porque supone la raíz de su propia historia: se han creído a pie juntillas que ellos son los campesinos y sus mujeres, las andalusíes, hermosas y alegres, y los aguerridos moros, en su pueblo, por su pueblo, en un grito que ha de resonar por toda la Serranía: tenemos derecho a sobrevivir, tenemos la necesidad de permanecer en nuestra tierra, tenemos la necesidad de un trabajo útil, digno y provechoso.

Una fiesta como símil de una aspiración vital en una tierra olvidada y escondida, que sin embargo se levanta cada día con la noble aspiración de habitar su hermosa serranía.

miércoles, 23 de enero de 2019

LA DIGNIDAD Y LA MEMORIA

El sábado 19 de enero se celebró en nuestro pueblo el II Foro de Pueblos en Movimiento. Más de cien participantes tomaron parte en las charlas y debates que se fueron desarrollando, en jornada completa, primero con las brillantes aportaciones de los ponentes, profesores Francisco Boya y Rufino Acosta, más tarde con los debates, reuniones y organización de comisiones. Más allá de las formalidades que este tipo de actos requiere, lo que se detectó allí fue el entusiasmo y el trabajo bien hecho por parte de la organización, incluyendo aquí el apartado gastronómico (cuánto se echa en falta un equipamiento eficaz, ahora perdido en la nada, para conceder hospitalidad al visitante), la mayoría aplastante de jóvenes, y la prestancia de todos y cada uno por aportar alguna idea o propuesta para conseguir que la voz de los pueblos pueda oírse, alta y clara, allá donde corresponda.
Los pueblos del interior, ese mundo aún rural, delicadamente campesino, se nos están quedando vacíos. Cualquier estadística que se precie nos indica el devastador efecto de la emigración hacia las periferias marítimas o las grandes ciudades del interior, con su corolario de abandono del campo, que tanto sufrieron los pequeños propietarios, la descapitalización, la pérdida o insuficiencia de equipamientos, el envejecimiento de la población que permanece, y un desánimo que actúa como un martillo pilón sobre las mentalidades y la conciencia colectiva. Cunde la idea de no hay solución, de que todo está perdido, de que no existen políticas que puedan solucionar este drama, y de aquí, la resignación, la desesperanza, la falta de objetivos ante un futuro que se atisba como inevitable fatalidad.
En nuestro Genal, el paradigma de la despoblación salta a la vista cuando contemplamos los pueblos semivacíos, ya casi aldeas, el abandono de los terrazgos, y la ocupación del antaño espacio productivo por el monte voraz que, implacablemente, va ensortijando un paisaje que fue singular, en que hombre y naturaleza convivían desde hace siglos en armonía y mutua dependencia. Aquí, como tuve el honor de advertir en el cierre de la jornada, la paradoja del progreso se hizo patente desde finales de los 50 del pasado siglo, esto es, la llegada de nuevos materiales, combustibles, carreteras y transporte, así como de las tecnologías de corte industrial, vinieron a mejorar la vida, sin duda, de estas pequeñas comunidades, pero al mismo tiempo destruyeron cientos de oficios y ocupaciones, al par que distorsionaron la rentabilidad de las explotaciones, incapaces de competir con los sistemas productivos que generaba la agricultura comercial. En absoluto se propugna desde aquí una vuelta a ese pasado, lo que constituye una quimera cuando no un idealismo romántico absolutamente estéril: la pregunta es, ¿qué se hizo tan mal en nuestras sociedades abonadas al progreso desmedido para no sustituir esos viejos oficios y ocupaciones que propiciaron el abandono y la migración, por otros que sujetaran a las cohortes más jóvenes en sus pueblos de origen? ¿Cómo no supimos ver un problema que a la larga provocaría una de las injusticias distributivas más crueles en el seno de las pretendidamente avanzadas sociedades occidentales?
La segunda paradoja, circunscrita concretamente a la montaña malagueña, es que la emigración masiva a la Costa del Sol supuso en un primer momento un vacío de población dramático en muchos casos, aunque hoy, los hijos de esa migración procuran un evidente retorno de capitales en lo que respecta a la recuperación de las viviendas familiares que se abandonaron entonces, contribuyendo a la conservación de los pueblos, y,tal vez, gracias a la pervivencia de un cierto atavismo, a modo de retiro o como segunda ocupación en los espacios temporales de ocio, se ocupan en cierta medida del cuidado y recuperación de algunos agrosistemas. También se observa una pequeña, por el momento, migración pendular, es decir, de ida y vuelta en el día, o en ciclos cortos, favorecida por la mejora de las comunicaciones, que puede paliar la falta de trabajo y oportunidades que en los pueblos se ofrece.
Ni que decir tiene que la calidad ambiental de esta montaña comienza a ser un valioso recurso para una población creciente en la conurbación costera y las ciudades relativamente próximas, y para un turismo foráneo que demanda hoy algo más que el sol y la playa. Así, esa Costa devoradora de recursos y de hombres, puede estar comenzando a devolverlos en base a su propia saturación de un lado, y de otro a demandar de manera creciente los valores ambientales que los valles interiores ofrecen: es mi idea, plasmada en una próxima publicación, de “La Montaña Protectora”, porque de ella emana gran parte del bienestar y la calidad de vida que se disfrutan en los microclimas costeros, y hablamos no sólo de esos valores climáticos, un recurso inigualable e imbatible, sinode la reserva y nacimiento de las aguas, de las arboledas y bosques, verdadero pulmón verde para la gran aglomeración costera, de los viejos usos como valor etnográfico, del disfrute de los caminos y de los pueblos, en una vuelta a los orígenes, siquiera sea como experiencia y alternativa al ajetreado mundo urbano. Concretamente, el Valle del Genal ocupa el quinto puesto en biodiversidad de entre todos los espacios naturales de Andalucía, y Sierra Bermeja el primero, sin que apenas se beneficien de protección: he aquí una injusticia flagrante, sobre todo en lo que respecta a Bermeja, por cuanto sus excepcionales valores geobotánicos y paisajísticos quedarán fuera del futuro y vecino Parque Nacional de la Sierra de las Nieves. Injusticia, ignorancia y no sé si maldad.
Es a partir de esta perspectiva desde donde hay que comenzar a recuperar nuestra dignidad. Nada de lamentos por una pobreza que no es estructural, sino sobrevenida. Nada de limosnas vergonzantes, ni de conmiseraciones o de búsqueda de algunos votos por parte de las administraciones. Todo de valoración de los propios recursos, de puesta en marcha de políticas sectoriales que constituyan desarrollos sostenidos y sostenibles, de comunicaciones mejoradas para vertebrar tanto al interior de la Serranía, como en lo que respecta a las salidas hacia la fachada marítima y las centralidades urbanas e industriales. Todo para los equipamientos, aunque éstos sean optimizados en colectivos eficientes, y todo para procurar el cuidado del monte y la arboleda, la prevención de incendios, el desbroce de caminos, las repoblaciones selectivas.
Es la hora de recuperar la dignidad, pero también es el momento de hacerlo con la memoria colectiva, la memoria hecha paisaje. Los pueblos que pierden esta memoria están condenados a desaparecer, pues al abandonar su esencia y fundamento pierden su razón de existir. Memoria y dignidad deben de ir unidas en el arduo camino que este Foro ha emprendido, el resto es responsabilidad de la sociedad, de la política con mayúsculas, si es que ésta deja de reflejarse en el espejo fatuo de la rentabilidad a toda costa, y apuesta por mirarse, sin bajar los ojos, en las personas que necesitan de su impulso y ayuda.

De vuestro cronista, José Antonio Castillo Rodríguez

miércoles, 8 de agosto de 2018

CRÓNICA DE UNA MAGNÍFICA FIESTA

CRÓNICA DE UNA MAGNÍFICA FIESTA


LOS MÚSICOS Y DANZARINES DE LA PAZ

Desde Tánger nos vino la paz en forma de dignidad, adornada por ritmos que se pierden en el fondo del alma africana. Crótalos que vieron libiofénices, griegos y romanos, atambores para significar el latido del corazón ardiente de los grandes desiertos, ese océano de fuego y arena surcado por las caravanas, alguna cuerda tensada por sabias y honradas manos, y amor por el propio pasado, en forma de danza y grito, entre festivo y angustiado, de percusiones inauditas, bellísimas, evocadoras. Dar Gnawa, nunca os olvidaremos, porque tal vez, Inch Allah, habéis vuelto, sin saberlo, a beber de la fuente de alguno de aquellos antepasados que fundaron este pueblo, los Banu-l Hawariyya, que luego marcharon a Tánger, ahora vuestra casa.Salam, y volved, amigos.

LA SAUNA

En el ilusorio intento de paliar la calor, alguien dispuso, con toda su buena voluntad, que un toldo de material plástico, diáfano, ensombreciera la Plaza. El caso es que sol no entra, no, pero sus rayos achicharran la tela, sus efectos la traspasan, y lo que debía ser espacio de sombra amable se ha tornado en invernadero donde, atrapado el calor del suelo por la falsa vela, rebota con toda su fuerza en calorías despiadadas, presas y recalentadas sin cesar, que producen al ingenuo inquilino del recinto terribles sofocos. Déjese en paz al aire, caliente ya de por sí, o colóquense puntualmente sombrillas donde se requiera (son más baratas y fáciles de instalar), y que la gente se refugie donde le plazca, al albur de la brisa cuando sople y de la calor propia del verano y de la fiesta.

DE TRIANA, SAHUMERIOS Y NEFERTITI

La última noche nos reservaba la sorpresa de un grupo musical, bueno, bueno, con una singularísima puesta en escena que pasaba por el humor, la improvisación y una suerte de escenografía que podía incluir tanto salmodias y coreografías en una especie de“gregoriano-pop”, como la presencia del dios Anubis en su forma de chacal, y la danza de una especie de Nefertiti, la bella egipcia que desposara el Akhenaton, el faraón hereje. Luegohomenajearon al mítico grupo Triana, con una fidelidad tal que hicieron llorar a los viejos corazones que conocieron a Jesús de la Rosa y su hueste, allá por los finales 70. Con Sentimiento de amor, Abre la puerta, niña, pues con Tu frialdad, Sé de un lugar, donde el Señor Troncoso habita con los Hijos del agobio. Estremecedor.

DESPEDIDA

La Fiesta de moros y Cristianos resultó bellísima en colorido, casi perfecta en su puesta en escena, convincente en la interpretación. El colofón fue la emotiva despedida de Beatriz y Cris, que dejan sus papeles. Bea nos enervaba siempre con su energía desbordante cuando impele al Alcalde a atacar a “esos moros insensatos”, Cris ha sido desde el comienzo el punto y final de la tragedia del desarraigo de los mudéjares de la Sierra. Nadie como él supo transmitirnos el dolor del abandono y del exilio, hasta el punto de que su nombre ficticio Al Xamais irá con él para siempre, como su alberca y sus bancales de mandarinos, allá en las laderas de Jemáez. Como dijo quien esto escribe, imitando al rey Faisal cuando despedía y daba las gracias al coronel Lawrence allá por 1918, “nuestro pueblo ha contraído con vosotros una deuda impagable”.

De vuestro cronista, José Antonio Castillo, agosto de 2018.

lunes, 11 de diciembre de 2017

EL VIOLINISTA EN EL LABERINTO

EL VIOLINISTA EN EL LABERINTO
(Una ingrávida y esperanzada música en la antesala de la Navidad)

 Desde la plaza del pueblo unos objetos extraños, decían que faroles de papel con una candela breve en la base, subían hacia el cielo oscuro como luciérnagas anaranjadas, iluminando brevemente el espacio, ascendiendo sin parar, hasta que agotado el combustible que los impulsaba desaparecían de la vista, cayendo tal como habían subido, en un discreto silencio sobre arboledas y pastizales. Entre esa enternecedora y misteriosa escenografía se abría paso la melodía de un músico cuya viola arrancaba también delicados destellos a la noche.

 En 1971, Norman Jewison nos sorprendía con el musical “El Violinista en el Tejado”, un relato de las vicisitudes de Ret Tevye y su familia judía en la Ucrania de finales de siglo. En realidad, la idea de modernidad contrapuesta a la tradición no fue más que el pretexto para que la bellísima música del gran John Williams, partiendo de un enigmático violinista que cuelga sus acordes divinos del alero de un tejado, significara una recurrente y amable sombra que respondiese a esa pregunta que Tevye se hace de manera permanente, mirando a ese cielo que nunca le responde (IfI were a richman / Sunrise, sunset / Tradition). ¿Qué hacer? ¿Qué camino he de tomar? El hecho fue que sus hijas Tzeizel, Model y Shava se casan con sendos jóvenes no impuestos por la casamentera, y el camino no fue otro que el exilio y la huida de la represión del Zar, abandonando su hogar y su granja junto con su gente, aunque conservara el misterioso sonido de ese violín cuya melodía se llevaba entre los pliegues de su alma.

Benalauría se halla hoy, como la mayoría de los pueblos de montaña, abocada a abandonar, como Tevye, una tradición de la que apenas conserva ya unos pocos retazos, y a emprender un camino de dudoso final. Rota y desvertebrada la vida campesina que constituyó aquella “cultura de las laderas”, común a toda la montaña del Mediterráneo, el progreso vino para destruir la esencia y los pilares de aquella vida, con el corolario del abandono de la actividad, por la caída de las rentas, la desaparición de los antiguos oficios, la emigración, el envejecimiento, la despoblación, y el lento pero inexorable avance del monte sobre los terrazgos donde aún se ven los restos de los bancales, de los frutales engullidos por el zarzal, de los venerables olivos casi asilvestrados.Entonces, ¿qué hacer?, ¿qué camino tomar?

 Las políticas europeas de incentivos en estas últimas décadas han paliado la sangría de la montaña, pero pasados los efectos del parche, la herida sigue abierta y el flujo vital de la Serranía se va derramando inexorablemente. La selva avanza victoriosa sobre el paisaje, el campo se abandona, los pueblos van cerrando sus puertas, con calles y plazas que han olvidado los alegres juegos infantiles.

El panorama se nos podría mostrar aterrador, pero unos cuantos resisten. Son los que saben qué hacer, los que aguantan el envite de este pretendido progreso del despilfarro y del triunfo de lo superficial. Son los que se aferran a su tierra, a su casa, a su pasado. Y desde esa fuerza casi telúrica que los impele a permanecer forjan nuevos y antiguos productos nacidos del campo que tanto aman; reconstruyen, transfieren o divulgan los valores de esta tierra (¡qué maravillosa experiencia la de estos días de aceite, moliendas y sabios olivos, propiciados por Paco Lorenzo! ¡Cuánta belleza y cuánto amor destilan esos molinos en miniatura que apareja Antonio Millán!). Ese es su arduo camino, ese es su esforzado afán, y ese es y será su triunfo, reflejado en esta heroica y digna fiesta de la artesanía que hemos compartido.

 En la noche de los faroles anaranjados que pugnaban contra la oscuridad con su llamita de esperanza, la música del violinista no descendía de ningún tejado, sino que se paseaba por las intrincadas calles de este pueblo (el “Laberinto en vertical” que sugiriera Felipe B. Reyes), conjugando con sutiles notas las esperanzas y los temores de las gentes que se agolpaban en la plaza. Bajo la serenidad de música tan bellamente interpretada y envuelto entre las leves luces de la iluminación navideña, ajeno al frío y otros sinsabores, me vinieron a la mente las imágenes de aquella película que un lejano día me recrearon el paso del tiempo y los cambios que éste comporta. Todo pasa, nada permanece, dijo Heráclito de Éfeso hace más de dos mil años, pero tal vez lo que pasa no sea necesariamente mejor que lo que permanece, aunque lo que permanece no deba quedar inmutable.

Que no os quepa duda; Benalauría sobrevivirá mientras haya hombres y mujeres que no se resignen. Vivirá si persiste el chorro de la alberca, el tablar con sus almácigas, el rastro del arado y el olor a pan recién horneado. Mientras los vientos canten sobre el chaparral y los castañares doren los ocasos, mientras acudan las nubes de los ponientes y se vistan de nieve las altas sierras, mientras regresen las flores, corran los arroyos y se oigan los cantos del grillo y la oropéndola. Mientras el río camine bajo la verde despedida de las hojas del chopo.

Al final, entre las dudas y los temores, pedía yo al cielo que no cesaran los acordes mágicos de aquel misterioso violinista que a buen seguro no habría de perderse aquella noche en nuestro laberinto.


De vuestro cronista José A. Castillo.
Paz y Feliz Navidad, austera y solidaria.