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lunes, 14 de junio de 2021

Crónica del Verano. De los balates, albarradas, bancales y majanos.

 

Crónica del Verano

 

De los balates, albarradas, bancales y majanos

 

 Desde el año 2018  los balates forman parte del Patrimonio Inmaterial de la Humanidad, que promueve la UNESCO. Pero, ¿qué entendemos por un balate? En general se hace referencia a un murete de piedra seca, realizado en una pendiente de una ladera, para poder sostener tierra en horizontal que nos permita un determinado cultivo. Es decir, una rectificación del terreno realizada por el campesino para aprovechar al máximo la tierra de la que dispone, que sin esta estructura no podría ser cultivada. En nuestro término municipal tenemos un ejemplo toponímico en la de todos conocida “Huerta del Albalate”, donde efectivamente existe una notable pared de estas características, que limita una explanada en la que siempre conocimos cultivos de regadío, mediante manantial y alberca. El término viene del árabe albalat, camino, lugar empedrado, aunque su primer origen parece griego, plateia, es decir, explanada, o del latín parietis, que significa pared, y de ahí nuestra parata.

 Extendidos a lo largo de nuestra montaña, los balates “esmaltan los paisajes (Guzmán Álvarez, 2010)” en todo lo que fue el Xharq al Andalus, es decir, la actual España a levante, y a lo largo de la montaña mediterránea, sean de riego, los que se escalonan con esta técnica, estos más altos y fuertes para soportar el mayor peso que proporciona el agua, sean en secano, creando nichos incluso en laderas muy pronunciadas, para sostener árboles, generalmente olivos, aunque también almendros, algarrobos, higueras, incluso cepas de vid. De los primeros tenéis un magnífico ejemplo en el Molino de Pedro Álvarez, o en los huertos de Almenta, y en algunas explotaciones de La Alberca, Jemáez o en los pagos del Guadiaro, de los segundos los más bellos y laboriosos los he hallado en Balastar (Faraján), sobre las faldas de Sierra Prieta, en Yunquera, Montes de Málaga, y sobre todo en la Axarquía, en Sedella, Salares, Árchez, Sayalonga, Cómpeta, Canillas de Albaida, Arenas, etc…, donde además de servir de soporte a complejos agrosistemas de riego, con un gran entramado de tomas y acequias, existen verdaderos escalonamientos de paredes que siguen fielmente las curvas de nivel:  además de su función de favorecer los cultivos, por sí solos constituyen un elemento humano esencial para paliar o incluso detener los graves procesos erosivos de aquellos valles.

 La diferencia entre balate y bancal es que el primero es una pared, un soporte, mientras que el segundo es la superficie de cultivo(mejor llamarlo tabla o tablar), por eso se confunden los términos, pues en zonas de roca consolidada a veces no es necesario construir con piedra seca, sino escalonar simplemente el talud, como podéis observar en el Huerto de los hermanos Conde (ignoro el porqué de “Huerto de Pujerra”), o en nuestros “Bancales”, bajo el pueblo. Otra acepción es la de Albarrada, también muro o pared de piedra. No hace falta insistir en este nombre, que hace referencia a una de nuestras calles más transitadas.

 Diversos nombres revisten los balates según la función que realizan, pues el de los cultivos es solo una de tantas (Yus Ramos, 2018): si se trata de limitar propiedades mediante muros se llaman pasillosi van paralelos, con un camino entre las explotaciones. De este tipo tenéis un muy bien conservado modelo en Benajamón. Si sostiene una senda o camino en una ladera con gran pendiente, se denomina poyata, poyato o poyo, (se me ocurre pensar si el nombre de nuestra más alta sierra no hace sino referencia al viejo camino hacia Siete Pilas y el valle del  Guadiaro). Si tiene forma semicircular y se construye en un fondo de valle, responde al nombre de  majano.

Pero majano tiene otras acepciones, que responden a sus diversas disposiciones, como el apilamiento después de un despiedre de un campo, un elemento de separación para ganado o explotación, y, según me cuenta Cristóbal Díaz, una especie de murete a piedra seca con orificio para el fuego que servía de cocina exterior a la casa, si lugar hubiera, para guisar en verano, con leña claro está, dado el excesivo calor que en el interior de la vivienda producía un hogar encendido. Os adjunto una imagen de uno que él mismo ha reconstruido en  un patio del Fresnillo.

 El caso es que, de una manera o de otra, perviven en el mundo campesino de nuestra montaña muchos de estos ejemplos citados, muestra de un pasado en que la vida en el campo era muy ardua y trabajada, en una tierra hermosa, aunque “áspera y difícil” como la definiera un cronista real en tiempos de los Reyes Católicos.

  Pero hay que advertir que en nuestra provincia están desapareciendo, sea a causa del abandono progresivo e imparable de los cultivos en las serranías tras la crisis de la agricultura tradicional, sea por la especulación brutal a que se ve sometida la tierra axárquica, hecho debido a la implantación masiva del aguacate en grandes bancales esculpidos a base de maquinaria pesada, con el consiguiente peligro de grave erosión, en lugar de proseguirla tradición del balate aunque sea con técnicas más modernas, como se ha hecho con acierto en algunos pagos de la Alta Axarquía.

 En definitiva, esta vieja sabiduría de la piedra pura que sostenía el pan o el maíz, la hortaliza, el aceite o el fruto de los campesinos, está, como otros tantos usos del campo, en trance de ser borrada de nuestras laderas, oscureciéndose para siempre lo que fue uno de los más bellos ejemplos de la comunión del hombre con su tierra, aún presente en aquellos viejos paisajes culturales  de las vertientes del Mediterráneo.

 

De vuestro cronista, José Antonio Castillo Rodríguez. Benalauría, Junio de 2021.

 

lunes, 29 de marzo de 2021

 

Una crónica (breve) y un soneto




 
Benalauría, abril. 2021. Queridos convecinos:
 
 Una nueva Semana Santa se nos viene con los azahares que surten desde las savias ocultas para perfumar huertos y bancales. Amarillean genistas y escobonales por cerros y laderas. Florecen vincas, maholetos y jaras, ciruelos y cerezos. Leves van los arroyos con sus aguas someras y puras, silba la brisa, se entonan las aves, pasean las nubes sus alburas por caminos de intensos azules. Ellos no entienden de pandemias ni encierros. No saben de prohibiciones ante el peligro tenaz y asesino que nos acecha. Y la sierra entera es como un gigantesco atanor donde se decantan miles de brillos y de aromas.
A sus sublimes y familiares olores, destellos y sones nos acogemos, hermosa paleta sensorial que sintetiza patios de fertilidad, lágrimas de la lluvia, férvidos soles y los pálidos oros de la luna. Un aura que nos eleva hacia esos otros recuerdos de las músicas sacras, de los tronos y los pasos entre claveles y cirios, donde Dios hecho hombre y sufrimiento es paseado bajo el aire de cristal cuando atardece, y las Vírgenes, acunadas bajo un toldo de estrellas, lloran por el Hijo perdido.
 No; este año tampoco podremos. Se nos abre una rendija pero las puertas siguen cerradas, aunque ese impulso que nos dirige hacia las calles, bajo músicas, bajo inciensos, bajo ese sol que ya recupera su fuerza y esa noche que sueña bajo el dulce sigilo de sus sombras, ese impulso, hibernado en meses de angustia e incertidumbre, vuelve de nuevo porque está prendido en la esencia misma de nuestro ser mediterráneo. Ese inmenso hogar de azuladas espumas que ahora regresa a la vida, acunado en su esplendor de diáfanos brillos, y en los vaivenes y ondas donde habitaron los mitos, los dioses y los héroes.
 Volveremos como el azahar tras su destierro de helados presagios. Saldremos a los trinos del alba, al sol poderoso que esculpe la Sierra y el bosque, a los rumores del agua bajo el crisol de la tarde y a las trémulas estrellas. Tornaremos a la emoción de las flores, de las músicas, de la cera. En todas partes, en cualquier ciudad, pueblo o aldea. Como cada año, como cada abril.
Os dejo este mi sencillo soneto para un tan sentido Descendimiento y Entierro que se nos ha hecho costumbre en nuestro pueblo cada primavera. Disfrutad de vuestro merecido descanso en estos días de transparencias y retoños, de espejos y aromas, de esplendentes cielos.
Compartid vuestra vida hasta donde sea posible con discreción, responsabilidad y prudencia.
 
A Cristo, en su descendimiento y entierro
 
Nadie entone la lágrima o el verso
al ver su cuerpo herido y lacerado
colgando de la cruz, mortificado,
la maltratada piel y el rostro terso.
 
Nadie llore su trágico y perverso
final, ni  su  postrer grito angustiado,     
pues muere por llevarse en su costado
todo el dolor que colma el universo.
 
Lo bajan de la cruz. La llama alumbra
la triste escena. El pueblo compadece
sus heridas de muerte y sus horrores.
 
En urna de cristal, cuando atardece,
lo transportan, y luego en la penumbra
descansa Cristo en paz sobre las flores.

martes, 9 de marzo de 2021

 

CRÓNICA DE LA MUJER

 

Benalauría, marzo, 2021

 

No seré ni estaré nunca cerca de ningún extremo de donde pueda caerme. El límite entre el ser y la nada me aterra por lo que tiene de vacío. Y como Antonio Machado, intento no dejarme atrapar por las voces de los tenores huecos. Tampoco de las que ahora van de vicetiples. 

 Viene esto a cuenta de este tan manejado Día de la Mujer. Tengo de ellas ancestros campesinos y demasiados genes de montañas, aguas y arboledas, de los que nunca renegaré. De modo que sé de sus muchas dificultades. De aquellos días siempre iguales al pie del fogón y la leña, de la panera de ropa y sabañones, de los animales, de la recolección, de la prole. Y de sus tardes y noches en soledad mientras el hombre se bebía su amargura en la taberna.

 De ahí venía mi madre, aunque su vida fuera otra por circunstancias, vida la que hubiera estado atada aunque hoy ese mundo campesino sea otro, afortunadamente también para la mujer. Sus hijas, mis hermanas, fueron y son médico y profesora (no me gusta médica como no me gusta violinisto). Mi mujer, oiga sí, mujer, del latín "mulier" nada menos, también docente, como mi hija. Tiempos nuevos propiciados por los grandes cambios en las mentalidades. Tiempos, sin duda, mejores, aunque aún tengamos que soportar demasiada violencia y muerte a manos de los desalmados. Hágase justicia y edúquese. Sobre todo edúquese.

 Me alegra saber que Helena fuese el leit motiv de una de las historias más sublimes de la Literatura Universal, que Dulcinea fuese el bálsamo de la locura de Quijano, que se reconociera el impagable trabajo de Madame Curie, doble premio nobel de Física y Química. Que en nuestros días, en las grandes corporaciones haya un creciente número de mujeres dirigiendo, que una tal Ángela Merkel haya liderado, prudente y brillante, la Unión Europea, que Ana sea directora de uno de los bancos más importantes del mundo, que Victoria y María fuesen las neumólogas que me devolvieron el aliento, que Cari la enfermera o la madre Teresa madruguen cada mañana alegrando el desayuno a sus enfermos, que María José enseñe a leer a cientos de infantes sin tregua ni cansancio. Que Julia Roberts nos haya enamorado tantas veces, como la Streisand o Enma Thompson, que Isenvayeva volara con el viento, que Diana Navarro sea prestidigitadora del aire, que Isadora Duncan fluyera como un torrente sobre las músicas inmortales. Que el mejor gobernante de la Historia de España se llamara Isabel...

 Y sobre todo que muchas de mis alumnas hayan conseguido casi todos sus sueños.

Espero que muy pronto no tengamos que celebrar el día de, porque todo el año sea el de... la mujer, libre, realizada, trabajadora, integradora e inteligente. Sin complejos, ni etiquetas. 

 Y lo dicho: las vicetiples y las divas, al teatro.

 De vuestro cronista, con admiración, respeto y fe en el futuro, queridas convecinas.

viernes, 18 de diciembre de 2020

CRÓNICA DE LA NAVIDAD. Diciembre de 2020, el año de la pandemia.

CRONICA DE LA NAVIDAD 

Diciembre de 2020, el año de la pandemia.

    Queridos vecinos y vecinas de Benalauría: Muy difícil se me hace este año pergeñar estas pocas líneas de crónica y felicitación. El mundo está pasando globalmente por una inmensa tragedia que se ha llevado y se va a llevar a millones de seres humanos, que ha casi destruido físicamente a otros muchos, y que ha provocado una gigantesca crisis económica, también global, que golpea sin piedad a decenas de actividades, y a un ejército de trabajadores que ven como, sin esperarlo siquiera hace un año, han perdido todas sus fuentes de ingreso. 

    No busquemos culpables, pues no los hay. Si acaso podríamos reflexionar en qué se ha fallado, en la falta de previsión, en improvisaciones inadecuadas que, en un principio, agravaron el problema por todas partes. En nuestra España la tragedia ha ido de la mano, por si fuera poco, de la más absoluta desunión de la clase política, teñida de palabrería, broncas e innecesarias radicalidades. Que cada cual se adhiera a la que más le convenga, yo, a ninguna. Aquí, quienes han estado siempre en su puesto aun a costa de su vida han sido los hombres y mujeres de sector sanitario. Ellos y los que no han parado en sus trabajos esenciales para que el país no se cayera con estrépito, y todos nosotros con él.

    Pero yo sólo soy un sencillo cronista de una pequeña comunidad de la Serranía de Ronda, así que vamos a ello. Afortunadamente, no hemos tenido que lamentar por el momento en nuestro pueblo ningún fallecido por la pandemia, aunque así algunos casos muy esporádicos, de modo que algo se habrá hecho bien, señal de que ha habido prudencia y mucho cuidado hacia los mayores que aquí son población esencial. Los que se han ido lo han hecho por causas naturales o larga enfermedad. En todo caso, descansen en paz. 

    Ha sido un año distinto, y nosotros, estad seguros, quedaremos señalados para siempre por esta tragedia. Calles vacías, bajo un silencio aterrador, imágenes que nos recordaban esas distopías de las películas que todos hemos visto: de pronto, la realidad superaba a la ficción. Luego llegó el verano con su tímida apertura, aunque sin fiestas, para de nuevo caer en esta segunda ola en la que estamos, temerosos de nuevos picos, aunque con la esperanza puesta en las vacunas que vienen. Quiera Dios que funcionen y podamos volver a nuestra vida de siempre.

    Benalauría se enfrenta a unos retos más que inquietantes. Si ya de por sí estábamos inmersos en una decadencia y desánimo generalizados, esta epidemia nos puede dar el tiro de gracia si no reaccionamos con presteza. El pueblo está más hermoso y cuidado que nunca, con rincones recuperados y un jardín restaurado y acondicionado, dedicado con justicia al gran naturalista Simón de Rojas Clemente, el verdadero descubridor del pinsapo, al tiempo que se han iniciado las obras del tan ansiado e imprescindible aparcamiento. Con errores también, como ese adefesio añadido sobre los muros de un edificio del siglo XVIII, el de nuestro Ayuntamiento, con la idea peregrina e innecesaria de adecuar unos baños a menos de dos metros de una casa habitada. Un parche absurdo que ha roto líneas y perspectivas en un espacio urbano consolidado, ahora recoveco infame. Supongo que hubo el preceptivo informe técnico, en todo caso ¡qué gran error! 

    Pero un pueblo tan bello y cuidado puede convertirse en una suerte de parque temático, frío, sin vida, sin pulso, que es donde estamos ahora. Toca reaccionar, pues hemos pasado de ser un lugar referencial en la Serranía a la mayor de las insignificancias. No busquemos, de nuevo, culpables. Os remito a la famosa frase de John F. Kennedy: “No te preguntes qué puede hacer por ti tu país. Pregunta lo que puedes tú hacer por él.” Esto es de todos, Corporación, asociaciones, pequeños empresarios, gente del campo, vecinos y vecinas. No quedará otra que apretar, que levantarse, que luchar, que aportar ideas, que renovar las ilusiones a partir de las iniciativas del actual Equipo de Gobierno, que ha de tomar el mando con energía e irradiar proyectos y facilitar las iniciativas.

    Esas han sido nuestras debilidades, ahora toca hablar de las fortalezas. Nuestro paisaje, puro, arbolado, de amplios horizontes, de las generosas aguas de dos ríos vertebradores de sendos grandes espacios contrapuestos, el radiante Guadiaro de las tierras adehesadas, de las huertas y el ferrocarril, y el sombrío Genal de castañares de oro y verdes opulentos, o de los pardos alcornoques, quejigos y encinas, entre los que aparecen el pegujal de añosos olivos y los ocultos tesoros del huerto tras su alberca. También disponemos de una buena red de alojamientos que suelen estar bastante solicitados, de unas rutas convenientemente señalizadas para los senderistas, de una magnífica vía ferrata, y, sobre todo de un capital humano, basamento de algunas asociaciones como Montaña y Desarrollo, que sabe y entiende que hay que salir de esta. Con tales argumentos, empuje, determinación, imaginación y buen gobierno nos reconvertirían hacia el punto de donde nunca debimos salir. 

    Queridos amigos. La foto que os propongo, de Andrés Mena, nos refleja una luz tamizada, casi etérea, propiciada por las brumas de los levantes sobre nuestra Sierra Bermeja. Pinsapos como símbolo de la fuerza y de la pervivencia. Imagen hecha naturaleza del Niño que se acerca en estos días felices que celebramos todos los hombres de buena voluntad, independientemente de nuestras creencias. Que os sirva de postal. Reuníos con mucha prudencia y seguid con disciplina las recomendaciones de los gobernantes. Y pensad esto: en numerosas casas de nuestro país, la familia no va a discutir sobre qué cenar o comer, sino qué se puede hacer con la alacena vacía y el monedero sin esperanza. Sed muy solidarios. Este año, más que nunca. 

    Feliz navidad de vuestro cronista José Antonio Castillo Rodríguez.

martes, 17 de diciembre de 2019

CRÓNICA DE NAVIDAD

De vuestro cronista José A. Castillo. Benalauría, diciembre de 2019

A pesar de los malos humos que nos rodean, y no hablo en sentido figurado. A pesar de la plaga silenciosa y asesina del plástico en los mares, de los catastróficos incendios en California y Australia, de las inundaciones, de la carbonización que no cesa a causa de los oscuros intereses y la egoísta insensatez. Del recelo a las energías limpias que no acaban de despegar.

A pesar de estos mediocres tiempos políticos donde se gobierna a base de ocurrencias, que no de ideas. A pesar de la parálisis de nuestra España, sólo en marcha gracias al tesón y la responsabilidad de la mayoría de sus ciudadanos: como se dijo en el Poema del Cid, Dios, qué buen vassallo si oviesse buen señor… A pesar de los falsos profetas que todo lo prometen, que todo lo dan, pero que nunca dan nada salvo a sí mismos y los suyos. A pesar de tanta mentira, de tanta impostura, de tanta injusticia, de tanta falsa supremacía de pensamiento y de pretendida e inmoral superioridad.

A pesar de los negros nubarrones que algunos anuncian para la economía y bienestar del mundo. A pesar de los padres y madres que ven sus monederos y sus frigoríficos semivacíos a causa de ese paro crónico que les acontece; a pesar de los miles de jóvenes que se levantan cada día con la desesperanza de no encontrar un hueco en esta sociedad que les niega el pan y la sal.

A pesar de tanto dolor y tanto miedo a causa de los maltratos a los y las más débiles, de los crímenes atroces, del innoble olvido de pasadas y sangrientas pesadillas no tan lejanas.

A pesar de los miles de inocentes que naufragan y mueren, envueltos en ese inmenso sudario de sal y espuma en que se ha convertido el padre Mediterráneo; a pesar de los que huyen de las infames guerras del fanatismo y la pobreza, cuando no de bastardos intereses económicos.

A pesar de los que padecen la enfermedad y el dolor inmisericorde, de los que ven como día a día el mal corroe sus cuerpos y su ánimo, de los que lloran una vida cercana que se fue, de los que viven en un pozo sin luz y sin fondo, vagando sin rumbo por los oscuros laberintos de la mente.

A pesar de todo ello, queridos vecinos, hay que levantar los corazones, mirar a lo más alto de las ásperas montañas, y a lo más profundo y lejano de los mares azules, para intentar hallar la luz, para establecernos en la paz, para seguir caminando con firmeza sin mirar demasiado hacia atrás.

Y es que es Navidad, nada menos. Una época que algunos, y con razón, denuestan por superficial y despilfarradora, por su hipocresía bien pensante, por su optimismo exacerbado. Sin embargo, esta fiesta de la civilización cristiana occidental parece venir a decirnos, seamos o no creyentes, que es el momento de la reflexión sobre uno mismo, de reconciliarnos con esa maltratada Tierra donde vivimos, de dar algo de lo que quizá nos sobra, y de sonreír, de sonreír siempre, si quiera unos días, una pausa entre tanto egoísmo, entre tanta indiferencia, entre tanto olvido. Ojalá fuera navidad todo el año, me digo a veces, en una reflexión que es sin duda utopía bien pensante y en cierto modo exculpatoria. Como sé que es imposible, me consuelo con ese rinconcito del calendario, entre diciembre y enero, donde se refugia buena parte delo mejor de nosotros mismos.

Lo de menos es el portal que ideara el Poverello de Asís, el árbol nórdico, o las luminarias grandilocuentes que embellecen nuestras ciudades. Tampoco importan el barbudo del traje rojo, o los tres Magos, quién sabe si Reyes, que caminaban en pos de su estrella. Eso se justifica ya de por sí con la sonrisa de un niño, una de las cosas más bellas que uno puede contemplar, como es la más desgarradora el oír su llanto.Pues procuremos lo primero y evitemos que se produzca lo segundo, en esas escenas terribles de hambruna que vemos desde nuestra insultante abundancia.

Noche de Paz, canta el villancico inmortal, Patrimonio de la Humanidad, que compusiera en 1818 un maestro austríaco llamado Franz Grüber, y al que puso letra el sacerdote Joseph Mohr.Pero yo os digo, mejor Año de Paz, por siempre, para siempre. Paz, trabajo, abrigo, hogar y pan para todos los seres humanos que poblamos el seno amable y acogedor de nuestra vieja y generosa patria, la Tierra.
YOU’LL NEVER WALK ALONE

Tú nunca caminarás solo, cantan los enfervorizados hinchas del Liverpool a su equipo. Tanto en la derrota como en la victoria, ningún otro grupo sabe arropar a los suyos como con este himno inmortal, cuyo encabezamiento es el lema de la institución, grabado en letras de gloria en las paredes del viejo campo de Anfield.

Nuestro amigo José Antonio cumple 50 años, que dicen son los años de la sabiduría, de la serenidad, de ver las cosas con perspectiva de pasado y de futuro. Menor de dos hermanos, vino al mundo bajo la Plazoleta, tan cerca de Antoñita y Francisquín como de la eterna María Mateos, frente al olor en la amanecida de ese honrado pan nuestro de cada día que Cristobalina, Antonio y sus hijos nos proporcionan, y vecino siempre de Pepe Luis y su gente, delas dos Anita Rodríguez, de Rafalín y Mary Carmen, y del inolvidable Guillermo, de cuya hija Belén es uña y carne. De estudios medios, supo hacerse un hueco como administrativo municipal cuando el gobierno de Begoña, cargo que desempeña desde entonces con eficiencia y honradez.

Un cargo que le hace estar siempre al pie del cañón, a las duras y a las maduras, que lo mismo vale para un roto que para un descosido, para una defunción y funeral, para un nacimiento, para una inscripción en el censo, para un impuesto que explicar, para una tasa que examinar, para un trabajo que ofrecer y controlar, para un presupuesto que calcular, para un pago que realizar, para un ingreso que incluir.

Siempre, tras su mesa, allí veréis a Joséantoñito, con su figura oronda y su amable sonrisa, atendiendo cuatro asuntos a la vez, tres oficios que han llegado, dos llamadas que han sonado, tres visitas que esperan ser atendidas, esperando que, de cuando en cuando, que es casi todos los días, llegue el alcalde Eugenio con ese papel urgente que necesita de su atención inmediata, sin que importen todos esos montones de carpetas y expedientes que necesitan ser resueltos. También, como manijero que es de todo lo que se cuece en el municipio, ha de viajar acompañando a la autoridad para ver qué se puede hacer en Ronda, en algún organismo comarcal, o en Málaga, navegando por las difíciles aguas de la Diputación, intentando que la habitual palmadita en la espalda del presidente o la diputada de área se haga realidad en forma de algún proyecto que venga a paliar las graves deficiencias que en estos pueblos acontecen.

Él sufrió la pérdida cruel y prematura de su madre, y supo paliar el drama familiar con un cuidado exquisito hacia su anciano padre, a quien asistió de manera ejemplar hasta su muerte. Quedose solo, entonces, pues su único hermano vivía y vive junto a la mar sampedreña, aunque nunca lo estuvo, a tenor tanto de las visitas en ambos sentidos de Paco e Inmaculada, como por la amistad que a tantos y a tantas le une; aquélla fue su inevitable desgracia, ésta su suerte, ganada a golpes de ser tan buena persona.

Él sufre como nadie, pues tiene un puesto donde todo se contempla, la situación de aquella familia a la que no le llega cuando acuden las crisis y los Ayuntamientos tienen que tirar de donde no se sabe dónde. Él ve desde su atalaya las faltas de su pueblo, las continuas averías y desperfectos a los que deben acudir siempre, de noche y de día, en la alegría y la enfermedad, con la calor y la escarcha, esos otros dos admirables factótum que son su primo Fran y su amigo Pepe. Él padece diariamente la falta de presupuesto casi para todo, tirando de la serreta suavemente a los munícipes de turno cuando estos ven el vaso medio lleno, cuando en realidad no es que esté medio vacío, es que a veces ni siquiera hay vaso. Él abre e inicia interminables expedientes para las promesas que no llegan o se eternizan: aquel muro, aquella calle, esa plaza, el saneamiento, los cableados, la fibra, el Wi-Fi, y por supuesto, esas dos obras que amenazan con resolverse cuando ya ni siquiera existan los coches: la carretera y el aparcamiento.

Y él observa como nadie el mayor de los dramas que atenaza a los pueblos del interior, y especialmente a los serranos: la creciente despoblación, el abandono de las actividades, del monte y de las tierras, los negocios que no funcionan, el envejecimiento irrefrenable, las casas cerradas que ya no se abren, las calles que se quedan medio vacías.

Esa es su vida diaria y esos sus aconteceres, a los que se añaden su continua colaboración en las fiestas del pueblo, sobre todo en lo que respecta a la Iglesia, donde guarda y expone, viste, adorna y organiza, bajo la atenta e implacable mirada de Isabelina, no vaya a ser que un clavel se haya salido del jarrón, esa vela se apague, la Dolorosa se vea descolocada o Padre Jesús tenga una mancha en la túnica.

También, y por fortuna, sus repetidas visitas a sus innumerables primos Villanueva, y a sus numerosos amigos de toda edad y condición, hogares donde concelebra merendonas de dulces y matanzas, o tal vez festines en los que participa con su acreditado buen hacer en la cocina, en esas interminables tardes del invierno, cuando la falta de luz abre las bombillas y la lluvia extiende su manto de niebla y nostalgia por los cerros y vaguadas del Valle.

Amigo de todos, buen conversador, nunca en él la malicia o la crítica desmedida o el comentario inapropiado. Observa, opina a veces, otras calla, y siempre propone aquella salida, un viaje inesperado, una reunión con pretexto o sin pretexto, con un vaso de vino cuando su salud se lo permite, y una buena comida a propósito de lo que sea, que lo que sea siempre viene bien para estar con la gente, con esa gran familia en que se ha convertido su pueblo entero.

No, amigo José Antonio. No estás solo en este mundo. Tus vínculos son demasiado fuertes, tus quehaceres demasiado imbricados en la sociedad en la que vives, tu dedicación a los demás en permanente actitud, tu sonrisa en generosa prestancia. Termino como comencé: por todo ese trabajo, por todo ese afán y por toda esa amistad, tú nunca caminarás solo.


De tu amigo, don Pablos, Benalauría, a 23 de noviembre de 2019.

martes, 17 de septiembre de 2019

DON JESÚS, EL MÉDICO

DON JESÚS, EL MÉDICO

De vuestro cronista, José Antonio Castillo. Septiembre, 2019.

Aunque sea su natural sencillo y nada proclive a los halagos, don Jesús merece, después de tantos años, casi treinta ya, unas palabras escritas en este foro, si quiera por su labor callada, por su celo, por su amor a la carrera y al juramento que se le requiriera, de atender al enfermo o herido en toda circunstancia y lugar, de curar hasta donde se pueda, de anunciar la vida que viene y certificar la muerte del que se va, de consolar al afligido por la pérdida o al desesperado que no puede más. Él lo consiguió con creces y en demasía, desde la profundidad de su saber, de sonreír siempre, y siempre es todos los días, y desde esa confianza que destilan sus manos, su actitud y su mirada.

Llegó desde su Málaga con Begoña, esa alcaldesa que supo y pudo concitar y encauzar las actitudes y afanes que vinieron a cambiar la fisonomía y las expectativas de este pueblo, y desde entonces no ha cesado de hacer su trabajo, día a día, guardia a guardia, visita a visita, con sus niños y sus niñas, con sus enfermos crónicos y ocasionales, con los que viven aquí y con los transeúntes, con sus viejitas, con sus embarazadas, con sus accidentados. Nunca le oí un reproche, ni una crítica dirigida ni siquiera a esa administración que tan mal los trata, nunca una queja por su excesivo trabajo y las dificultades, las distancias y la falta de medios para realizar su labor. Nunca. Por el contrario, la disponibilidad a diario, el consejo certero, la sabiduría expresada que emana de su dilatada experiencia en el mundo rural que él escogió, lejos de los grandes centros hospitalarios y las ciudades, de los oropeles de las clínicas privadas y sus fríos colores que anuncian un falso bienestar, porque su vocación le impelía a restar el dolor a los más indefensos, a los que están más aislados, a los que son más pobres.

Siempre dispuesto, suele acudir al lugar donde más se le necesita, porque él sabe dónde están los que sufren y padecen, y lejos de cumplir su estricto horario, se presta a paliar ese mal que ya no tiene cura, o ese sufrimiento familiar que no es posible aminorar si no es con esa visita que abre una puertecita a la esperanza, porque, insisto, él lo hace posible desde el corazón y no desde la profesión.

Amigo de todos, y desde luego de sus amigos, sabe también echar ese buen rato que, más que nadie, necesitan los profesionales de la salud pública, resignados a convivir cada día con la enfermedad que no cesa, con la desesperanza que aparece de golpe, como un guantazo inmisericorde, o con la muerte que se anuncia. Hombres y mujeres esforzados, siempre en la orilla de lo más doloroso de la condición humana. Y lo hace como uno más, casi escondido, sin pontificar nada que no haya demostrado en sus años de servicio a estas comunidades rurales a las que ya pertenece de pleno derecho.

Algunas calamidades alcanzaron hace poco a su familia, azotada por inclemencias inauditas, sobre todo la inesperada muerte de su hermana Ana, también profesional de la medicina, a quien se llevó en plenitud, cruel e inesperadamente, un viento extraño e implacable que asoló a su familia. Pude ver a Jesús en el funeral y comprobar que, aun desde la noble profundidad de sus ojos, tal vez se rebelaba contra tamaña injusticia, y sin embargo, sabedor de lo inexplicable de la vida y de la muerte, y atribuido de esa bondad que le caracteriza, en su cara triste y atribulada por aquella desgracia sin consuelo me pareció ver como esbozaba una tímida y resignada sonrisa.