El sábado 19 de enero se celebró en nuestro pueblo el II Foro de Pueblos en Movimiento. Más de cien participantes tomaron parte en las charlas y debates que se fueron desarrollando, en jornada completa, primero con las brillantes aportaciones de los ponentes, profesores Francisco Boya y Rufino Acosta, más tarde con los debates, reuniones y organización de comisiones. Más allá de las formalidades que este tipo de actos requiere, lo que se detectó allí fue el entusiasmo y el trabajo bien hecho por parte de la organización, incluyendo aquí el apartado gastronómico (cuánto se echa en falta un equipamiento eficaz, ahora perdido en la nada, para conceder hospitalidad al visitante), la mayoría aplastante de jóvenes, y la prestancia de todos y cada uno por aportar alguna idea o propuesta para conseguir que la voz de los pueblos pueda oírse, alta y clara, allá donde corresponda.
Los pueblos del interior, ese mundo aún rural, delicadamente campesino, se nos están quedando vacíos. Cualquier estadística que se precie nos indica el devastador efecto de la emigración hacia las periferias marítimas o las grandes ciudades del interior, con su corolario de abandono del campo, que tanto sufrieron los pequeños propietarios, la descapitalización, la pérdida o insuficiencia de equipamientos, el envejecimiento de la población que permanece, y un desánimo que actúa como un martillo pilón sobre las mentalidades y la conciencia colectiva. Cunde la idea de no hay solución, de que todo está perdido, de que no existen políticas que puedan solucionar este drama, y de aquí, la resignación, la desesperanza, la falta de objetivos ante un futuro que se atisba como inevitable fatalidad.
En nuestro Genal, el paradigma de la despoblación salta a la vista cuando contemplamos los pueblos semivacíos, ya casi aldeas, el abandono de los terrazgos, y la ocupación del antaño espacio productivo por el monte voraz que, implacablemente, va ensortijando un paisaje que fue singular, en que hombre y naturaleza convivían desde hace siglos en armonía y mutua dependencia. Aquí, como tuve el honor de advertir en el cierre de la jornada, la paradoja del progreso se hizo patente desde finales de los 50 del pasado siglo, esto es, la llegada de nuevos materiales, combustibles, carreteras y transporte, así como de las tecnologías de corte industrial, vinieron a mejorar la vida, sin duda, de estas pequeñas comunidades, pero al mismo tiempo destruyeron cientos de oficios y ocupaciones, al par que distorsionaron la rentabilidad de las explotaciones, incapaces de competir con los sistemas productivos que generaba la agricultura comercial. En absoluto se propugna desde aquí una vuelta a ese pasado, lo que constituye una quimera cuando no un idealismo romántico absolutamente estéril: la pregunta es, ¿qué se hizo tan mal en nuestras sociedades abonadas al progreso desmedido para no sustituir esos viejos oficios y ocupaciones que propiciaron el abandono y la migración, por otros que sujetaran a las cohortes más jóvenes en sus pueblos de origen? ¿Cómo no supimos ver un problema que a la larga provocaría una de las injusticias distributivas más crueles en el seno de las pretendidamente avanzadas sociedades occidentales?
La segunda paradoja, circunscrita concretamente a la montaña malagueña, es que la emigración masiva a la Costa del Sol supuso en un primer momento un vacío de población dramático en muchos casos, aunque hoy, los hijos de esa migración procuran un evidente retorno de capitales en lo que respecta a la recuperación de las viviendas familiares que se abandonaron entonces, contribuyendo a la conservación de los pueblos, y,tal vez, gracias a la pervivencia de un cierto atavismo, a modo de retiro o como segunda ocupación en los espacios temporales de ocio, se ocupan en cierta medida del cuidado y recuperación de algunos agrosistemas. También se observa una pequeña, por el momento, migración pendular, es decir, de ida y vuelta en el día, o en ciclos cortos, favorecida por la mejora de las comunicaciones, que puede paliar la falta de trabajo y oportunidades que en los pueblos se ofrece.
Ni que decir tiene que la calidad ambiental de esta montaña comienza a ser un valioso recurso para una población creciente en la conurbación costera y las ciudades relativamente próximas, y para un turismo foráneo que demanda hoy algo más que el sol y la playa. Así, esa Costa devoradora de recursos y de hombres, puede estar comenzando a devolverlos en base a su propia saturación de un lado, y de otro a demandar de manera creciente los valores ambientales que los valles interiores ofrecen: es mi idea, plasmada en una próxima publicación, de “La Montaña Protectora”, porque de ella emana gran parte del bienestar y la calidad de vida que se disfrutan en los microclimas costeros, y hablamos no sólo de esos valores climáticos, un recurso inigualable e imbatible, sinode la reserva y nacimiento de las aguas, de las arboledas y bosques, verdadero pulmón verde para la gran aglomeración costera, de los viejos usos como valor etnográfico, del disfrute de los caminos y de los pueblos, en una vuelta a los orígenes, siquiera sea como experiencia y alternativa al ajetreado mundo urbano. Concretamente, el Valle del Genal ocupa el quinto puesto en biodiversidad de entre todos los espacios naturales de Andalucía, y Sierra Bermeja el primero, sin que apenas se beneficien de protección: he aquí una injusticia flagrante, sobre todo en lo que respecta a Bermeja, por cuanto sus excepcionales valores geobotánicos y paisajísticos quedarán fuera del futuro y vecino Parque Nacional de la Sierra de las Nieves. Injusticia, ignorancia y no sé si maldad.
Es a partir de esta perspectiva desde donde hay que comenzar a recuperar nuestra dignidad. Nada de lamentos por una pobreza que no es estructural, sino sobrevenida. Nada de limosnas vergonzantes, ni de conmiseraciones o de búsqueda de algunos votos por parte de las administraciones. Todo de valoración de los propios recursos, de puesta en marcha de políticas sectoriales que constituyan desarrollos sostenidos y sostenibles, de comunicaciones mejoradas para vertebrar tanto al interior de la Serranía, como en lo que respecta a las salidas hacia la fachada marítima y las centralidades urbanas e industriales. Todo para los equipamientos, aunque éstos sean optimizados en colectivos eficientes, y todo para procurar el cuidado del monte y la arboleda, la prevención de incendios, el desbroce de caminos, las repoblaciones selectivas.
Es la hora de recuperar la dignidad, pero también es el momento de hacerlo con la memoria colectiva, la memoria hecha paisaje. Los pueblos que pierden esta memoria están condenados a desaparecer, pues al abandonar su esencia y fundamento pierden su razón de existir. Memoria y dignidad deben de ir unidas en el arduo camino que este Foro ha emprendido, el resto es responsabilidad de la sociedad, de la política con mayúsculas, si es que ésta deja de reflejarse en el espejo fatuo de la rentabilidad a toda costa, y apuesta por mirarse, sin bajar los ojos, en las personas que necesitan de su impulso y ayuda.
De vuestro cronista, José Antonio Castillo Rodríguez
Este blog pretende ser un escaparate para mostrar las crónicas de Benalauría. Redactadas por el Cronista Oficial de la Villa, Don José Antonio Castillo Rodríguez, nombrado Cronista Oficial por acuerdo de Pleno de 23 de marzo de 2013.
Vistas de página en total
miércoles, 23 de enero de 2019
miércoles, 8 de agosto de 2018
CRÓNICA DE UNA MAGNÍFICA FIESTA
CRÓNICA DE UNA MAGNÍFICA FIESTA
LOS MÚSICOS Y DANZARINES DE LA PAZ
Desde Tánger nos vino la paz en forma de dignidad, adornada por ritmos que se pierden en el fondo del alma africana. Crótalos que vieron libiofénices, griegos y romanos, atambores para significar el latido del corazón ardiente de los grandes desiertos, ese océano de fuego y arena surcado por las caravanas, alguna cuerda tensada por sabias y honradas manos, y amor por el propio pasado, en forma de danza y grito, entre festivo y angustiado, de percusiones inauditas, bellísimas, evocadoras. Dar Gnawa, nunca os olvidaremos, porque tal vez, Inch Allah, habéis vuelto, sin saberlo, a beber de la fuente de alguno de aquellos antepasados que fundaron este pueblo, los Banu-l Hawariyya, que luego marcharon a Tánger, ahora vuestra casa.Salam, y volved, amigos.
LA SAUNA
En el ilusorio intento de paliar la calor, alguien dispuso, con toda su buena voluntad, que un toldo de material plástico, diáfano, ensombreciera la Plaza. El caso es que sol no entra, no, pero sus rayos achicharran la tela, sus efectos la traspasan, y lo que debía ser espacio de sombra amable se ha tornado en invernadero donde, atrapado el calor del suelo por la falsa vela, rebota con toda su fuerza en calorías despiadadas, presas y recalentadas sin cesar, que producen al ingenuo inquilino del recinto terribles sofocos. Déjese en paz al aire, caliente ya de por sí, o colóquense puntualmente sombrillas donde se requiera (son más baratas y fáciles de instalar), y que la gente se refugie donde le plazca, al albur de la brisa cuando sople y de la calor propia del verano y de la fiesta.
DE TRIANA, SAHUMERIOS Y NEFERTITI
La última noche nos reservaba la sorpresa de un grupo musical, bueno, bueno, con una singularísima puesta en escena que pasaba por el humor, la improvisación y una suerte de escenografía que podía incluir tanto salmodias y coreografías en una especie de“gregoriano-pop”, como la presencia del dios Anubis en su forma de chacal, y la danza de una especie de Nefertiti, la bella egipcia que desposara el Akhenaton, el faraón hereje. Luegohomenajearon al mítico grupo Triana, con una fidelidad tal que hicieron llorar a los viejos corazones que conocieron a Jesús de la Rosa y su hueste, allá por los finales 70. Con Sentimiento de amor, Abre la puerta, niña, pues con Tu frialdad, Sé de un lugar, donde el Señor Troncoso habita con los Hijos del agobio. Estremecedor.
DESPEDIDA
La Fiesta de moros y Cristianos resultó bellísima en colorido, casi perfecta en su puesta en escena, convincente en la interpretación. El colofón fue la emotiva despedida de Beatriz y Cris, que dejan sus papeles. Bea nos enervaba siempre con su energía desbordante cuando impele al Alcalde a atacar a “esos moros insensatos”, Cris ha sido desde el comienzo el punto y final de la tragedia del desarraigo de los mudéjares de la Sierra. Nadie como él supo transmitirnos el dolor del abandono y del exilio, hasta el punto de que su nombre ficticio Al Xamais irá con él para siempre, como su alberca y sus bancales de mandarinos, allá en las laderas de Jemáez. Como dijo quien esto escribe, imitando al rey Faisal cuando despedía y daba las gracias al coronel Lawrence allá por 1918, “nuestro pueblo ha contraído con vosotros una deuda impagable”.
De vuestro cronista, José Antonio Castillo, agosto de 2018.
LOS MÚSICOS Y DANZARINES DE LA PAZ
Desde Tánger nos vino la paz en forma de dignidad, adornada por ritmos que se pierden en el fondo del alma africana. Crótalos que vieron libiofénices, griegos y romanos, atambores para significar el latido del corazón ardiente de los grandes desiertos, ese océano de fuego y arena surcado por las caravanas, alguna cuerda tensada por sabias y honradas manos, y amor por el propio pasado, en forma de danza y grito, entre festivo y angustiado, de percusiones inauditas, bellísimas, evocadoras. Dar Gnawa, nunca os olvidaremos, porque tal vez, Inch Allah, habéis vuelto, sin saberlo, a beber de la fuente de alguno de aquellos antepasados que fundaron este pueblo, los Banu-l Hawariyya, que luego marcharon a Tánger, ahora vuestra casa.Salam, y volved, amigos.
LA SAUNA
En el ilusorio intento de paliar la calor, alguien dispuso, con toda su buena voluntad, que un toldo de material plástico, diáfano, ensombreciera la Plaza. El caso es que sol no entra, no, pero sus rayos achicharran la tela, sus efectos la traspasan, y lo que debía ser espacio de sombra amable se ha tornado en invernadero donde, atrapado el calor del suelo por la falsa vela, rebota con toda su fuerza en calorías despiadadas, presas y recalentadas sin cesar, que producen al ingenuo inquilino del recinto terribles sofocos. Déjese en paz al aire, caliente ya de por sí, o colóquense puntualmente sombrillas donde se requiera (son más baratas y fáciles de instalar), y que la gente se refugie donde le plazca, al albur de la brisa cuando sople y de la calor propia del verano y de la fiesta.
DE TRIANA, SAHUMERIOS Y NEFERTITI
La última noche nos reservaba la sorpresa de un grupo musical, bueno, bueno, con una singularísima puesta en escena que pasaba por el humor, la improvisación y una suerte de escenografía que podía incluir tanto salmodias y coreografías en una especie de“gregoriano-pop”, como la presencia del dios Anubis en su forma de chacal, y la danza de una especie de Nefertiti, la bella egipcia que desposara el Akhenaton, el faraón hereje. Luegohomenajearon al mítico grupo Triana, con una fidelidad tal que hicieron llorar a los viejos corazones que conocieron a Jesús de la Rosa y su hueste, allá por los finales 70. Con Sentimiento de amor, Abre la puerta, niña, pues con Tu frialdad, Sé de un lugar, donde el Señor Troncoso habita con los Hijos del agobio. Estremecedor.
DESPEDIDA
La Fiesta de moros y Cristianos resultó bellísima en colorido, casi perfecta en su puesta en escena, convincente en la interpretación. El colofón fue la emotiva despedida de Beatriz y Cris, que dejan sus papeles. Bea nos enervaba siempre con su energía desbordante cuando impele al Alcalde a atacar a “esos moros insensatos”, Cris ha sido desde el comienzo el punto y final de la tragedia del desarraigo de los mudéjares de la Sierra. Nadie como él supo transmitirnos el dolor del abandono y del exilio, hasta el punto de que su nombre ficticio Al Xamais irá con él para siempre, como su alberca y sus bancales de mandarinos, allá en las laderas de Jemáez. Como dijo quien esto escribe, imitando al rey Faisal cuando despedía y daba las gracias al coronel Lawrence allá por 1918, “nuestro pueblo ha contraído con vosotros una deuda impagable”.
De vuestro cronista, José Antonio Castillo, agosto de 2018.
lunes, 11 de diciembre de 2017
EL VIOLINISTA EN EL LABERINTO
EL VIOLINISTA EN EL
LABERINTO
(Una ingrávida y
esperanzada música en la antesala de la Navidad)
Desde la plaza del pueblo unos
objetos extraños, decían que faroles de papel con una candela breve en la base,
subían hacia el cielo oscuro como luciérnagas anaranjadas, iluminando
brevemente el espacio, ascendiendo sin parar, hasta que agotado el combustible
que los impulsaba desaparecían de la vista, cayendo tal como habían subido, en un
discreto silencio sobre arboledas y pastizales. Entre esa enternecedora y misteriosa
escenografía se abría paso la melodía de un músico cuya viola arrancaba también
delicados destellos a la noche.
En 1971, Norman Jewison nos
sorprendía con el musical “El Violinista en el Tejado”, un relato de las
vicisitudes de Ret Tevye y su familia judía en la Ucrania de finales de siglo.
En realidad, la idea de modernidad contrapuesta a la tradición no fue más que
el pretexto para que la bellísima música del gran John Williams, partiendo de
un enigmático violinista que cuelga sus acordes divinos del alero de un tejado,
significara una recurrente y amable sombra que respondiese a esa pregunta que
Tevye se hace de manera permanente, mirando a ese cielo que nunca le responde (IfI were a richman / Sunrise, sunset /
Tradition). ¿Qué hacer? ¿Qué camino he de tomar? El hecho fue que sus hijas
Tzeizel, Model y Shava se casan con sendos jóvenes no impuestos por la
casamentera, y el camino no fue otro que el exilio y la huida de la represión
del Zar, abandonando su hogar y su granja junto con su gente, aunque conservara
el misterioso sonido de ese violín cuya melodía se llevaba entre los pliegues
de su alma.
Benalauría se halla hoy, como la mayoría de los pueblos de montaña,
abocada a abandonar, como Tevye, una tradición de la que apenas conserva ya
unos pocos retazos, y a emprender un camino de dudoso final. Rota y
desvertebrada la vida campesina que constituyó aquella “cultura de las laderas”,
común a toda la montaña del Mediterráneo, el progreso vino para destruir la
esencia y los pilares de aquella vida, con el corolario del abandono de la
actividad, por la caída de las rentas, la desaparición de los antiguos oficios,
la emigración, el envejecimiento, la despoblación, y el lento pero inexorable avance
del monte sobre los terrazgos donde aún se ven los restos de los bancales, de
los frutales engullidos por el zarzal, de los venerables olivos casi
asilvestrados.Entonces, ¿qué hacer?, ¿qué camino tomar?
Las políticas europeas de
incentivos en estas últimas décadas han paliado la sangría de la montaña, pero
pasados los efectos del parche, la herida sigue abierta y el flujo vital de la
Serranía se va derramando inexorablemente. La selva avanza victoriosa sobre el
paisaje, el campo se abandona, los pueblos van cerrando sus puertas, con calles
y plazas que han olvidado los alegres juegos infantiles.
El panorama se nos podría mostrar aterrador, pero unos cuantos
resisten. Son los que saben qué hacer, los que aguantan el envite de este
pretendido progreso del despilfarro y del triunfo de lo superficial. Son los
que se aferran a su tierra, a su casa, a su pasado. Y desde esa fuerza casi
telúrica que los impele a permanecer forjan nuevos y antiguos productos nacidos
del campo que tanto aman; reconstruyen, transfieren o divulgan los valores de esta tierra (¡qué maravillosa experiencia la de
estos días de aceite, moliendas y sabios olivos, propiciados por Paco Lorenzo!
¡Cuánta belleza y cuánto amor destilan esos molinos en miniatura que apareja
Antonio Millán!). Ese es su arduo camino, ese es su esforzado afán, y ese es y
será su triunfo, reflejado en esta heroica y digna fiesta de la artesanía que
hemos compartido.
En la noche de los faroles anaranjados
que pugnaban contra la oscuridad con su llamita de esperanza, la música del
violinista no descendía de ningún tejado, sino que se paseaba por las intrincadas
calles de este pueblo (el “Laberinto en vertical” que sugiriera Felipe B. Reyes),
conjugando con sutiles notas las esperanzas y los temores de las gentes que se
agolpaban en la plaza. Bajo la serenidad de música tan bellamente interpretada
y envuelto entre las leves luces de la iluminación navideña, ajeno al frío y
otros sinsabores, me vinieron a la mente las imágenes de aquella película que
un lejano día me recrearon el paso del tiempo y los cambios que éste comporta.
Todo pasa, nada permanece, dijo Heráclito de Éfeso hace más de dos mil años,
pero tal vez lo que pasa no sea necesariamente mejor que lo que permanece,
aunque lo que permanece no deba quedar inmutable.
Que no os quepa duda; Benalauría sobrevivirá mientras haya hombres y
mujeres que no se resignen. Vivirá si persiste el chorro de la alberca, el
tablar con sus almácigas, el rastro del arado y el olor a pan recién horneado.
Mientras los vientos canten sobre el chaparral y los castañares doren los
ocasos, mientras acudan las nubes de los ponientes y se vistan de nieve las
altas sierras, mientras regresen las flores, corran los arroyos y se oigan los cantos
del grillo y la oropéndola. Mientras el río camine bajo la verde despedida de
las hojas del chopo.
Al final, entre las dudas y los temores, pedía yo al cielo que no cesaran
los acordes mágicos de aquel misterioso violinista que a buen seguro no habría
de perderse aquella noche en nuestro laberinto.
De vuestro cronista José A. Castillo.
Paz y Feliz Navidad, austera y solidaria.
miércoles, 8 de noviembre de 2017
A los emigrantes de Benalauría en Cataluña
Sabido de
todos es que Andalucía es tierra proclive a la salida de sus hijos. Muchos de
ellos lo hicieron, algunos para no volver, al País Vasco, a Cataluña, a Madrid,
incluso a ciertos países europeos. Benalauría no fue ajena a esas migraciones y,
aun cuando la mayoría se dirigieran hacia la cercana Costa del Sol, algunos de
nuestros vecinos se instalaron en esos lugares antes citados, especialmente en
Cataluña. Allí encontraron su nuevo hogar dos hijos de Francisco Almagro, Los
Almenta y los Romero, los Mena, la familia de Pepe Caporro, Joaquín “El Santo”
y su gente, los Guerrero Román, y los apodados “Calcetas” (perdonad si me dejo
alguno; atribuidlo a la ignorancia, nunca al olvido).
Abandonaron por necesidad su paisaje, su
pequeño campo si lo hubiera, su casa, su pueblo, su familia, sus amigos. En el sitio
de acogida se dejaron la piel y, soslayando dificultades y añoranzas,
contribuyeron con su trabajo a la prosperidad de esos lugares, mientras veían
crecer a sus hijos frente a un horizonte bastante más despejado que el que
ellos conocieron en sus pueblos de origen. Este cronista y su amigo Antonio
Delgado pudieron comprobarlo y disfrutar de la generosa hospitalidad de Pepe
Almagro y su esposa, pues con ocasión de una visita desde Tremp, donde
realizábamos las Milicias Universitarias, fuimos recibidos con gran afecto en
su bar, en Balaguer, degustando más tarde lo mejor de su carta, y disfrutando a
continuación de un paseo por la ciudad y alrededores. Corría el verano de 1971. Pepe
y su familia, como el resto, habían prosperado gracias al tesón, al esfuerzo y
la perseverancia en el trabajo, y, perfectamente integrados, regentaban un
establecimiento modélico en la ciudad leridana.
Hoy Cataluña pasa por momentos muy difíciles,
pero también España.Y ello a pesar de ser una de las autonomías con más renta
por habitante, no sólo de nuestro país, sino de Europa.Es sede de grandes
empresas, de miles de PYMES, de grandes bancos. Es líder en turismo, y
Barcelona se ha convertido en una de las ciudades más importantes del
Mediterráneo. Nunca disfrutó de mayor autonomía política, económica y cultural,
y sin embargo,tras más de 500 años de unión, pretende la separación de España, paradójicamente
el mayor de sus mercados, en un momento en que la globalización, los sistemas
de comunicación y la uniformidad cultural se adueñan del planeta, y cuando la
vieja Europa derriba las fronteras y los odios que le costaron dos sangrientas
guerras que se extendieron por casi todo el mundo.
Basado en una
idea exclusivista e insolidaria (de Andalucía son nueve de los diez pueblos más
pobres de España), este nacionalismo radical se empeña en el desprecio de lo
ajeno y en la superioridad de lo propio, por ello es, en el fondo y en la superficie,
profundamente reaccionario. Y en eso estamos; en un conflicto que separa a los
catalanes de un signo de otros muchos que se les oponen: Cataluña se ha partido
peligrosamente en dos, y así las cosas,el Estado ha tenido que actuar para
preservar el orden constitucional. Nadie gana con esta situación, y a la vista
están la fuga de empresas y turistas, la caída de las inversiones, y en el
plano humano, la quiebra de la convivencia, incluso entre amigos y familiares.
Siento una
inmensa tristeza por esa querida tierra catalana donde habitó parte de mi
familia, y que me acogió con sus aires de libertad, de esplendor cultural, de
progreso, cuando me desplazaba desde el campamento de Talarn hacia aquella
espléndida Barcelona, o a los grandiosos Pirineos de Aigües Tortes y del valle
de Bohí (¡qué sencilla belleza del románico de la iglesia Tahüly sus pinturas!),
de la tierra de Aránode las bravías montañas del Cadí. Hacia los campos amables
ylas ruinas romanas de Tarragona, al paraíso mediterráneo del Montseny, a las
calas de la Costa Brava…¿Quién se atrevería a decir que la inmensa mayoría de
los españoles no amamos Cataluña?¿Por qué nos la quieren arrebatar?
A vosotros,
queridos emigrantes de Benalauría, quiero dedicar esta crónica, porque entiendo
que necesitáis de nuestro apoyo en estos tiempos de tribulación. No os hemos
olvidado. Perseverad en vuestra catalanidad, tan hispana, y pensad que, después
de la tormenta, las aguas turbias se tornarán en un remanso que devuelva a esa
tierra la convivencia, la justicia y el progreso de todas
sus gentes.
De
vuestro cronista, José Antonio Castillo Rodríguez. Noviembre, 2017.
martes, 13 de junio de 2017
LA TRAMA
LA TRAMA
(Crónica de una primavera tardía. José A. Castillo Rodríguez, Cronista Oficial)
Con la llegada del cálido aire de junio, cuando taludes y vertientes conforman un entretejido de flores silvestres, y en el sotobosque verdean helechos, candiles, zarzaparrillas y brezos, invade las calles del pueblo un olor inconfundible a pura infancia, a puro tiempo perdido que, a fuerza de nostalgias, nos rememora irrepetibles momentos de inocentes juegos, de intensas luces recobradas, de paseos y emociones compartidas entre pétalos que intentaban ser palabras de amor.
Era la trama, la flor del castaño, que se arracima en guedejas de oro a partir de los ramajes, bajo los que se escenifica la húmeda y fresca umbría del castañar. Los árboles, adornados ahora con esa trenza dorada, suavizan sus perfiles oscuros en el paisaje que diseña cumbres y barrancas, que baja hasta los valles inquietos, que se manifiesta entre la severidad del alcornocal y la rotundidad de los recios quejigos. Es una imagen de ameno silencio de brisas, de solemnidad lumínica dictada desde los intensos azules en los que el sol, señor de la tierra, ordena que el bosque brille, que las aguas se hagan cristal, que las choperas y alisedas estrenen su renovada escenografía de vuelos de plata, que la digna cal de las aldeas reverbere en sus limpios y breves átomos, como si fuesen desperdigados jazmines sobre el pastizal, y que la Sierra toda sonría y se haga patente en las miríadas de los aulagares, escobones, genistas y majuelos, de las dedaleras, vezas y margaritas, del almoradux y el cantueso, de las alegres adelfas que marcan los quebrados caminos de arroyos y fuentes.
Es la trama, ese olor a dulce preludio de la luz, de las mágicas noches de altos barandales de lunas, de los cantos incesantes de las chicharras, esa cálida orquesta que posa sus percusiones en las ramas del chaparro, de los primeros baños en las aguas puras del río, con las también primeras pisadas sobre la casta arena y las chinas que tapizan las orillas, colocadas en un maravilloso azar que quiere ser una organización estricta de colores y texturas junto a la corriente. Por ellas y entre ellas, no será extraño ver el enhiesto tallo de las junceas, y los verdores del culantrillo, del aromático mastranto, y de ese extraño helecho, la cola de caballo, que parece sobrevenido desde los albores del mundo. Es también el tiempo del sagrado aroma a la tierra recién regada de un bancal, a costa de una humilde alberca que forjó su caudal a partir del llanto de las estrellas.
Al tiempo que la trama, los parvos pegujales de cerezos disponen su universo: es como si sangrasen su savia de inauditos azúcares en gotas encarnadas, rojas, a veces con toques cobrizos, posadas en los apéndices de los ramajes, casi siempre de dos en dos, como si quisieran doblar su néctar y hermosura. Cada fruto fue pura nieve meses antes, y de esa castidad, de esos copos en flor, nada podría resultar tan sugerente como la pequeña, perlada y exquisita cereza, toda la perfección de la madre tierra comprimida en su textura y su sabor, y compendio de la copiosa generosidad del campo a finales de la primavera.
La trama es también, junto al helecho, el aroma que acompaña la Custodia el día del Corpus, en esa procesión que va de altar en altar, visitando cada rincón del Pueblo que, ahíto de flores, repite ahora todos los colores de la montaña. Después de esta fiesta, el verano se abatirá con sus alas doradas sobre el Genal y su tierra, cada día con su alba en frescos resplandores, con la flama caliginosa de sus mañanas, y con esos atardeceres de malva y celeste, en los que la permanente sinfonía de los pájaros se interpretará a partir de un inmenso pentagrama de armonía y plenitud.
miércoles, 22 de marzo de 2017
RUFINA, EL ÚLTIMO CAMPESINO
RUFINA, EL ÚLTIMO CAMPESINO
Crónica de la primavera. José A. Castillo Rodríguez. Marzo, 2017.
Apenas despunta el día y las sierras a levante se tiñen de rosa y azul, Antonio sube raudo la cuesta de la panadería, saluda con su voz sabia y antigua a algún viandante en la Plazoleta, y con paso firme se encamina a tomar el café a casa de su hermana, apenas unos minutos, pues hay mucho trabajo por hacer: quemar las últimas podas del castañar, vigilar si los cerezos están en flor, proteger las almácigas, echar de comer a los bichos, y más tarde bajar a por las últimas naranjas que subirá en su mula, en una perfecta carga en cajas o serones, acunadas con mimo, frescas, limpísimas y contagiadas de azahar. Atrás quedaron los afanes de cuando el otoño e invierno, la difícil recogida de la castaña y el transporte hasta la Cooperativa de Pujerra, las cortas de leña y de los chopos de la huerta de La Estación, el acopio de las aceitunas que habrían de molerse en las almazaras de Ronda.
Sobre ese horizonte de trabajo sin fin, Antonio apura los últimos retazos de su vigor campesino, ahora necesariamente redoblado desde que se fuera Francisco, su alma gemela en las penosas tareas del campo. Nunca se queja del trabajo, antes bien, lo desarrolla con actitud apacible, casi sonriente, como queriendo significar que aquello es ley de vida, la necesaria identidad del hombre con la tierra, porque como él mismo gusta decir “todo, todito sale del campo…y si el campo se acaba, veremos a ver lo que va a pasar, porque si Dios no lo remedia ya te digo que el campo se termina y entonces…”
Tal vez se lamente del clima, de ese “tiempo tan contrario que tenemos, hombre”, pero que “en eso sí que no podemos intervenir”, como gusta afirmar mirando dubitativo al cielo, cuando éste convierte el azul en costumbre y nos niega las lluvias. Cuando éstas regresan, su rostro, ajado y esculpido a cincel por vientos, nieblas y sofocos, se torna en sonrisa, y sus manos de sarmiento y su alma honorable se abren al maná que precipita de las nubes y colma los veneros que surtirán sus manantiales y albercas.
Otras veces, cuando se le dice que se recupera el encinar de La Dehesa de Siete Pilas o del Cerro, y que en la tierra que fue baldío renace la arboleda, dictamina con sapiencia: “Sí, pero tengo dicho que hay que ir a cortar los renuevos, que así la encina se agranda y se hace útil, si no se convierte en una chaparra y termina todo por quemarse.”
Alguna vez tuve la suerte acompañarle fuera del valle. Admiraba tanto el tesón de los que como él miman la tierra, como los bosques que tapizan las serranías malagueñas, y lo vi rendido ante los viejos pinsapos de la Sierra de las Nieves, o bajo las descomunales arboledas que montan la guardia del Castaño Santo, en los montes de Istán. En el mágico entorno del Hoyo del Bote, ¡qué emoción contenida ante el milagro de aquella desmesura, hermanándose él mismo hasta la sublimación con aquellos soberbios ejemplares! Y cuando contempló la belleza y el orden estricto de los huertos de Balastar (Faraján), con su inquieto chorro precipitándose desde la alta roca entre bancales de naranjos, cerezos, nogales y ciruelos, Antonio enmudeció, y entonces pude intuir en sus ojos cansados el brillo de alguna lágrima escondida, bajo el silencio sonoro del agua, el suspiro de la brisa, y el aura en perfumes que se concitaba sobre aquel escondido paraíso en la tierra.
lunes, 2 de enero de 2017
CARTA A LOS REYES MAGOS
CARTA A LOS REYES MAGOS
Queridos Reyes:
Hace décadas que nos os escribo. Desde la
distancia brumosa que me separa de la niñez, apenas puedo recordar la última
vez que cogí pluma y papel para pediros ese juguete deseado, un libro de
cuentos, y quizá aquel jersey, camisa o zapatillas de deporte. Ahora, ante esa
otra bruma que va creciendo en el ánimo de los que vamos en busca de la vejez,
quisiera, aunque fuese por una sola vez, acudir de nuevo ante vosotros, no ya
con la tinta honorable de la vieja escritura, sino con este milagro que se
anuncia con el sugerente, y global, nombre
de redes sociales.
Y como ya no me ilusionan juguetes, libros
tengo los que no puedo leer y estoy sobrado de ropa, mis peticiones caminan en
otra dirección, por si fuese posible alcanzarlas, aunque no las llevéis en las
grandes alforjas virtuales que soporta vuestra inmensa y generosa caravana, en
esa noche hermosa de mágica luna y trémulas estrellas que mece en duermevela a los
millones de niños de nuestro país:
Os pido por el fin definitivo de la guerra
que asola el Medio Oriente; que deis cobijo a los millares de refugiados que lo
han perdido todo, a los niños que gritan espantados ante el fragor de los
bombardeos asesinos, a los ancianos desvalidos, a las madres que lloran la
pérdida de su familia, su casa y sus bienes.
Os ruego que pongáis algo de razón en los
jóvenes llenos de odio que atentan contra sus semejantes, que consigáis el fin
de tanta crueldad indiscriminada, de tanto terror gratuito en nombre, oh terrible
paradoja, de la religión.
Que consigáis trabajo y pan para los que no
tienen ni Navidad, ni Año Nuevo, ni Reyes, pues en lo único que pueden pensar
es cómo dar de comer a su familia el próximo día, cómo pagar la luz y cómo
abrigarse del frío.
Que ofrezcáis albergue y calor a los pobres
de la tierra, a los marginados de las ciudades, a los inocentes expulsados de
este nuestro pretendido e injusto progreso. Y también que donéis a los inmigrantes que
vienen huyendo del hambre y la desesperación un futuro acorde con la dignidad
que poseen como seres humanos.
Que aliviéis los padecimientos de los que
padecen dolor, sea físico, sea espiritual, o a los que han perdido un ser
querido, con la esperanza de alcanzar paliativo a tan gran sufrimiento, a tan profunda
nostalgia. Y, muy en especial, alivio a los niños enfermos, en cuyos ojos
grandes y hermosos uno se mira en el espejo de una mirada asustada que
interroga al mundo con esa pregunta sin respuesta, -“¿por qué?, ¿por qué a mí?”
Que
pongáis cordura y sentido de estado a los que nos gobiernan, alejando de ellos
tanto la corrupción, como aquellos intentos de construir sobre la división, el
egoísmo y el rencor. Poned en sus mentes la necesidad urgente de velar por la Madre
Tierra y sus criaturas, por limpiar los ríos y mares, por conservar los bosques, por purificar el aire.
No os pido bienes, no azares de sorteos y
loterías, no mejores casas, ropas o vehículos. Lo que os solicito, asunto que
firmarían los casi quinientos habitantes de este pueblecito perdido en la
áspera y hermosa Serranía, no es para los que tenemos de casi todo, sino para
los que carecen de todo. Y aunque no
ignoro que os he pedido demasiado para vuestros medios, al menos tocad en la
puerta que sea menester, rogad donde se os oiga, insistid ante Quien os guía,
que al cabo fue el objeto de ese vuestro largo e interminable viaje, que
comenzara hace ya más de dos mil años.
José
Antonio Castillo Rodríguez. Cronista de Benalauría. Enero, 2017.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)